El horror nuestro de cada día (344)

LA TRAGEDIA DE MINA VIEJA EN AQUILES SERDÁN


El horror nuestro de cada día (344)

La Crónica de Chihuahua
11 de agosto, 16:53 pm

Por Froilán Meza Rivera

Aquiles Serdán.- Estos cráneos y diversos huesos que se amontonan en una caja de madera, en un rincón de estas profundidades oscuras, son testigos y evidencia del legendario derrumbe de la Mina Vieja.

En el área de la Mina Vieja que los mineros conocen como el primer nivel, la bóveda tiene la altura como de dos catedrales y el ancho de seis, y de acuerdo a los numerosos derrumbes que se ven por doquier, el tamaño de esta caverna aumenta año con año.

A cada paso, los peligros menudean, ya sea bajo la forma de sorpresivos agujeros que reclaman las vidas de quienes viajan descuidados, o bajo la forma de antiguas estructuras de metal y madera que no aguantan la mínima presión y que pueden llevarse a las profundidades a quienes confíen en su engañosa solidez.

El derrumbe de Mina Vieja ha sido la peor desgracia de que tengan memoria los habitantes de estos poblados mineros en 302 años de historia.

Cuando en el año de 1896 los dueños de la mina ordenaron una serie de obras para expandir la extracción de metales, desequilibraron con ello, sin saberlo, la bóveda del llamado Primer Nivel de Mina Vieja. Con el peso de las masas de roca, se hundieron otros túneles inferiores, mientras que el derrumbe de los escombros obstruía las salidas y tapaba el paso a los mineros que aún quedaban con vida.

Este accidente ocurrió el día 23 de abril de 1896, a las 11:30 de la mañana.

Trabajaban en la mina 160 hombres, de los cuales parte se hallaban afuera tomando sus alimentos, otros adentro, en puntos apartados del lugar de la catástrofe, pero el resto trabajaba en las labores que se hundieron, denominadas: Rosita, San Francisco, Virginia, Betina, Berta y María.

Trece de los mineros que quedaron bajo los escombros, en la labor Virginia, lograron salvarse después de desesperados esfuerzos, al salir por huecos que ellos mismos practicaron. Cuatro de la labor Berta y uno de la María fueron rescatados al día siguiente por rescatistas voluntarios.

Perecieron 30 operarios, que trabajaban en las labores de Rosita y San Francisco, y 12 más en las otras labores mencionadas. Total: 42 muertos. De éstos se extrajeron 8, y el resto, en número de 34, quedaron sepultados.

“Nomás pasando la puerta se siente diferente, como que los cabellos se paran de punta”, dice muy serio el guía de esta exploración, Octavio Rangel, quien con ello expresa el respeto, que raya en el miedo, que sienten los lugareños por estos agujeros tallados en la roca desde siglos atrás.

Y en efecto, en cuanto se desciende por los peldaños pétreos, el ambiente deja de ser fresco y venteado, y se torna húmedo y cálido, con aire estancado. Los olores y las sensaciones cambian dentro de Mina Vieja.

El primer sendero se marca por lo que fue una estrecha vía férrea de la que ahora sólo se notan los huecos donde estaban los pequeños durmientes de madera. En un tramo de esta vía, un derrumbe reciente interrumpe el paso con una masa de lodo que todavía continúa cayendo del techo.

Aquí, en la parte más estrecha del acceso, la armazón de madera está deteniendo muy apenas el lodo que todavía no cae al suelo, y lo peor -y que llenó de terror a los viajeros- es que los barrotes se encuentran tan húmedos y en el último estado de putrefacción, que es posible traerse pedazos con las uñas.

Al llegar a la parte central del Primer Nivel, es evidente que esta oquedad bien puede tener una altura de sesenta metros, y la parte más ancha tal vez unos doscientos cincuenta metros.

Los gambusinos, que son los únicos seres humanos que se aventuran de cuando en cuando por estos lugares en busca de unos pocos de fragmentos minerales, tienen un gran respeto por Mina Vieja. Y dicen que no es sólo por su antigüedad, ni sólo por los cientos de vidas que ha cobrado a lo largo de la historia, sino porque aquí hay “algo” que se impone sobre los ánimos.

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