El horror nuestro de cada día (342)

MI CASA MALDITA DE LA CALLE CUARTA


El horror nuestro de cada día (342)

La Crónica de Chihuahua
8 de agosto, 16:43 pm

Por Froilán Meza Rivera

Fue por los años 60, que yo vi la luz por primera vez en esa casa de mi infancia, y de repente me recuerdo jugando en esos cuartos de adobe, pero de aquellas paredes gruesas casi de medio metro, del adobe que se coloca atravesado, según ha de saber el lector. Ya entonces la casa era vieja, porque la habían construido hacia los años 40 mi abuelo y mi bisabuelo (¿me equivoco quizás, y la edificaron antes, tal vez a principios del siglo Veinte?)

El caso es que la casona de la Calle Cuarta alberga un sinnúmero de historias de vida y muerte dentro de sus paredes de acuerdo a la historia remitida por Samuel Madrid Arriaga, Sam Caminero.

Ahí vivieron mis ancestros, y ahí mismo murieron muchos, algunos ya más cercanos a mi generación. Yo mismo pasé ahí, entre esas paredes, mi mi niñez, mi juventud y mi época de adulto. Ahí viví alternadamente temporadas de soledad, tristeza, melancolía y dolor. Desafortunadamente, yo me acuerdo más de lo negativo, por esa tendencia que tenemos los seres humanos a valorar menos la felicidad, que por cierto sí la viví también.

En la casa se tejieron historias crueles de riñas entre los propios familiares, siempre por envidias causadas por las avaricias del dinero, de las posesiones de propiedades que propiciaron fuertes peleas y maldiciones entre sus moradores. Al pasar los años. esas almas maldecidas de los difuntos se han quedado suspendidas entre esos muros, en el umbral entre el cielo y el infierno. Son almas que, gracias al rencor y al odio entre familia por avaricias, quedaron atrapadas en esa casa.

Yo en lo personal, continuamente veía a mis abuelos efectuar ritos por la noche, dizque para espantar a los malos espíritus: llantos, lamentos, ruidos, apariciones fantasmales, era lo que a diario se me presentaba.

Esas paredes y los pisos de mosaico quedaron manchados por las salpicaduras de la sangre derramada por el odio y la envidia. Tres generaciones de mi familia se despedazaron por la posesión de un puñado de billetes, de un pedazo de adobe viejo. Los corazones de sus moradores, cortados en pedacitos, se regaron por toda la casa. La maldición paso de una generación a otra y siempre se repitió la historia de la envidia, el rencor y la muerte.

En la actualidad, esa vieja casona, es propiedad de otras personas, y sépase que hace esquina con la calle Tamborel. Ahí hay ahora algún movimiento comercial que le da vida, pero no por ello se han librado de la maldición, porque esa maldición existirá hasta que no quede piedra sobre piedra de esa propiedad.

Así debe ser.

Ahí se manifiestan entidades fantasmales, ruidos, gritos de odio que se entrecruzan y se contestan entre los espectros, y esa es la maldición que legaron mis antepasados a las presentes generaciones y a los nuevos moradores. Hay aquí lamentos de dolor, llantos, gemidos y sobre todo mi odio y resentimiento heredado, que continuarán vagando por esa casona, como vagan y moran en mi propia alma que, muy seguramente, quedará cuando muera, atrapada también en esa vieja casa maldita de la Calle Cuarta.

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