El horror nuestro de cada día (339)

EL RITUAL DEL DÍA SIN NOMBRE EN CHIHUAHUA


El horror nuestro de cada día (339)

La Crónica de Chihuahua
27 de julio, 18:28 pm

Por Froilán Meza Rivera

Hay una tradición en esta ciudad que permanece oculta al grueso de la población, pero que sigue vigente entre algunas familias en las que se ha pasado de padres a hijos.

Se trata del “día sin nombre”, celebración a la que los ajenos siempre le han adjudicado un significado demoníaco. Pero hay también quienes aseguran que son reminiscencias de los ritos paganos de los que se contagiaron los israelitas cuando vagaban por el desierto bajo la dirección de Moisés, y particularmente en tiempos en que esta gente veía muy lejana la posibilidad de arribar a la tierra prometida que rebosaba leche y miel. Dicen que la fecha cumbre del culto de Baal era su nacimiento, el 27 de diciembre.

Pero otros han establecido que el 27 de diciembre no es otra fecha que la del nacimiento del más bello de todos los príncipes del cielo, el ángel rebelde Luzbel, convertido en antagonista del mismo Dios, y quien cuenta con una cauda de servidores.

Nada se sabe de seguro, aunque uno de los seguidores de esta ceremonia, un anciano profesor que falleció en 1985, dijo una vez que los rituales secretos no tenían otro fin que el de purificar a las familias para el nacimiento del niño Dios, y que la fecha del 25 de diciembre no era la correcta, sino el 28 o el 29 de diciembre.

Trazas de estas costumbres misteriosas se han encontrado en las colonias Santa Rosa y Dale, en cada vez más reducidos núcleos familiares, en virtud de que los términos de la tradición obligan a que se guarde el secreto más riguroso.

Se trata de todo un ritual en el que ciertos individuos escogidos deben permanecer sin hacer nada, desnudos y aislados en un cuarto de la casa, veladas todas las ventanas con gruesos cortinajes, desde la salida del sol y hasta una hora después de que éste se ha puesto, cada 27 de diciembre.

A Fernando Hinojos, de la calle Ponce de León, el asunto siempre le llamó mucho la atención, y ha podido enterarse de algunos detalles, pero sólo porque se casó con una muchacha perteneciente a una de esas familias. “A mí, todo esto me pareció siempre muy sospechoso, ya que mi en mi casa éramos vecinos de una familia de los del ritual”. La esposa de Fernando ya falleció, y sólo por eso se decidió a dar el testimonio, ahora que ya no tiene impedimento de guardar silencio.

“Siempre estábamos muy pendientes de cuando llegaba el ritual, y entre la chavalada del barrio, lo conocíamos como ‘el culto del diablo’, y tratábamos de espiar todo lo que pasaba en la casa de la puerta ovalada. Con la emoción metida en la sangre, y con la convicción de que estábamos presenciando cosas diabólicas, metidos en el tejado de la casa de enseguida, nos sorprendía la oscuridad, y el miedo nos hacía ver cosas. A la silueta del hombre solitario en aquella recámara, le veíamos cuernos y patas de cabra, aunque fuera a través de una sombra muy imprecisa. Era más imaginación que otra cosa, pero lo que después platicábamos en las reuniones al calor de una hoguera, aumentado con nuestras palabras, sólo contribuía a hacer más misterioso aquel ritual”.

De todas maneras, mientras no sepamos de cierto qué origen tenían aquellas costumbres, sólo estaremos bordando en la frontera de lo fantástico, dijo Fernando, quien no se quiere morir sin haber desentrañado el misterio.

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