El horror nuestro de cada día (338)

EL NAHUAL DE LABOR DE TRÍAS Y NOMBRE DE DIOS


El horror nuestro de cada día (338)

La Crónica de Chihuahua
25 de julio, 18:30 pm

Por Froilán Meza Rivera

Había un nahual que, según dicen, se aparecía en la muy antigua Labor de Trías, desde antes de que estas propiedades se convirtieran en la Hacienda Quinta Carolina. Los viejos lugareños del pueblo de Nombre de Dios cuentan que todavía hace cincuenta años, eran muy escasos quienes se atrevían a vencer el miedo de caminar de noche por la calzada que iba de este lugar a la hacienda. Mucho antes de que se fundaran tantas colonias en ese tramo, los cazadores solían ir a las orillas del río Sacramento porque más allá de los campos de cultivo había varios lugares muy buenos para acechar conejos, cotuchas, codornices y hasta venados que bajaban de la Sierra de Nombre de Dios.

Se dice que el nahual espanta de noche a los hombres y chupa a los niños. Que su apariencia puede ser muy atractiva, pero que en realidad es, casi siempre, un hechicero varón, astuto y traicionero. Que gusta de cambiar a una forma animal y escabullirse fácilmente para robarse a las muchachas en la noche, para dañar a alguien en particular, o sólo para darse el gusto de espantar a las personas.

En una ocasión, tres muchachos del ejido iban de noche buscando una presa, cuando vieron a lo lejos un enorme perro negro, muy hermoso el animal.

Como vieron que no había casas cercanas, dudaron de que el can tuviera un dueño. Decidieron entonces atraparlo y apropiárselo, porque pensaron que, habiéndose criado en el campo, les iba a ser de mucha utilidad para cazar.

Pero cuando se acercaron, el perro negro les gruñó y por poco no mordió a uno de ellos, y salió corriendo. Fue entonces que los cazadores pensaron que un animal tan salvaje podría atacar a otros cazadores, por lo que le dispararon varias veces hasta que lo hirieron en una pata.

Siguieron las huellas de sangre, decididos a rematarlo, porque un animal herido es más peligroso; de repente, al llegar a un claro del monte se encontraron con una choza que no sabían que estaba ahí. Se acercaron los muchachos a preguntar al dueño si no había visto al perro, pero se sorprendieron al ver que en el jacal, el hombre había hecho acopio de muchos lingotes de oro y plata apilados en un rincón, y que en la parte de atrás tenía muchos animales en varios corralitos y jaulas: perros, gatos, pericos, varias vacas y caballos. Así mismo, se extrañaron al ver que el campesino se estaba curando una herida en la pierna, en el mismo lugar donde ellos le habían disparado al perro negro.

Se despidieron a toda prisa del hombre, y lo dejaron con su pierna sangrante. Llegaron casi a la media noche a la cantina del pueblo, y ahí contaron su aventura.

El cantinero se santiguó y les hizo ver que se habían topado con un nahual, que el individuo del jacal era un servidor del diablo y que era fama que se aparecía a los transeúntes en la calzada que iba a la Quinta Carolina.

“Corrieron ustedes con suerte de haber salido con vida, ya que los brujos nahuales son muy peligrosos”, dijo. Les explicó el cantinero que los nahuales, cuando quieren convertirse en animales, deben rezar un Padre Nuestro al revés, pero tienen que dejar la cobija que usan para dormir, tendida al revés, para poder revertir el hechizo y volver a ser personas. “Pero si alguien levanta la cobija, o la voltea al derecho, puede dejarlos para siempre convertidos en animales”.

Les recomendó el viejo que, cuando anduvieran por el monte, trajeran siempre un crucifijo en el cuello, que trataran de usar un cinturón de piel de serpiente de cascabel, y que cuando se encontraran a un animal sospechoso, le pegaran con la hebilla del cinturón y rezaran el Padre Nuestro. Que en el momento del conjuro sagrado, los nahuales se convertirían en hombres y, gracias al cinturón y al rezo, estarían a merced de quien los atrapara así.

Los dos muchachos, dicen, salieron riéndose de la cantina, aparentemente envalentonados y descreídos, pero de todas formas, desde esa fecha, ambos traían siempre colgado un crucifijo entre sus ropas y se ponían cinturones de víbora cuando iban a cazar por el rumbo de las Quintas Carolinas. Uno de ellos es ahora un viejito de 83 años, don Romualdo Pacheco, quien todavía tiene unas tierritas en la colonia México.


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