El horror nuestro de cada día (335)

FANTASMA DE LA ANCIANA TRISTE EN AVENIDA COLÓN Y ALDAMA


El horror nuestro de cada día (335)

La Crónica de Chihuahua
16 de julio, 17:33 pm

Por Froilán Meza Rivera

Ella sintió la fuerza de una mirada lanzada desde arriba, que es algo que nadie puede describir, ni siquiera explicar, pero que todos lo hemos sentido alguna vez. Como si te hablaran, pero sin palabras. Levantó la vista hacia el paredón blanqueado con cal, donde en lo alto sobresale la estructura de madera de un balcón que se asoma hacia este patio.

Martha cruzó su mirada con la otra, cuya dueña era una anciana de ojos tristes, vestida con ropas viejas y calados los hombros con un chal de color oscuro. Con el cruce de aquellos ojos con los suyos, entró en ella un frío que le recorrió la espalda y las piernas.

Como pudo, se libró ella de la fuerza que había invadido, y dijo: “¿Oye, Javier, ¿quién es la señora que vive allá arriba?”

El muchacho sintió como si el golpe de un látigo le hubiera pegado en el corazón. “¡Órale, Marthita, no asustes, que soy cardíaco!”, fue la respuesta que le salió así de repente a Javier, quien no perdió tampoco el tiempo y miró hacia arriba, al viejo balcón de barrotes de madera, en el que él sabía perfectamente que no debería haber nadie.

“¿De qué te sorprendes? ¿No conoces a tus inquilinos?”

“No, Marthita, no tenemos inquilinos viviendo allá... lo que tú viste fue un fantasma”.

“No, no me cotorrees, ya me estás poniendo la carne chinita, mira...” Y Martha se enteró, por el relato de Javier, que en esta propiedad, que se compone de un taller grande de torno y fundición a la vuelta de la esquina, más el local desocupado de un sindicato obrero en la esquina, y el patio desde donde Martha presenció la aparición, más lo que era la cochera de la vieja casona, convertido en la actualidad en un depósito de cosas que son entre inservibles y no indispensables, los fantasmas no son cosa rara.

La esquina está en calle Aldama y avenida Colón, en la capital del estado.

La aparición que inquietó a los jóvenes, apenas la semana antepasada, no había sido la primera.

Una anciana que se asoma por una de las ventanas que dan al patio, ya había atemorizado a la secretaria de la federación sindical que tenía sus oficinas en el inmenso local del frente. A media mañana en invierno, la muchacha gustaba de tomar el sol en la puerta trasera que da al patio. Con bastante frecuencia, ella percibió la presencia de la señora que, con cara de enferma, miraba hacia abajo. Pero un día, la secretaria, curiosa, preguntó a Jaime Sánchez, su jefe, quien era secretario general de la CROC: “Oiga, ¿y la viejita que vive allá arriba, está sola?”

“No, Estela, ¿cuál viejita? Si allá está desocupado, allá no vive nadie, el dueño usa esa parte como bodega”.

En el taller de torno que se abre hacia la calle Aldama, Toño, uno de los maquinistas, tuvo una experiencia aterradora, una de esas veces que se quedó a trabajar hasta tarde por la noche, contrario al horario del taller, que cierra a las cuatro de la tarde. “Fue muy curioso: estaba yo arreglando una moto, y la había subido a una tarima para que me quedara más cómoda, sentado yo en un banquito para echarle mecánica”. Concentrado como estaba en el trabajo, nunca vio llegar a nadie, pero escuchó muy claramente que una voz lo llamó por su apellido: “¡García!”

Y volteó él, “y no vi ni madre”. Lo que hizo en seguida fue guardar la herramienta, cerró el taller y se fue de ahí. Desde entonces, procura él no quedarse después de las cuatro, y menos solo.

A la viejita la han visto muchos. La vio un niño que acompañaba a su padre, un albañil quien enjarraba los muros del patio y el viejo portón que da a la avenida Colón. El pequeño, de unos cinco años, levantó la mano para responder a un saludo que le llegaba de arriba. “Papi, ¿quién es la señora que está allá?” El maestro albañil, quien sí conocía las viejas historias de aparecidos de estos tres locales, sólo agarró sus cosas y ya nunca regresó, ni para cobrar por lo que ya había hecho.

Dicen que en esta inmensa propiedad, que ahora está dividida en tres, existió, a principios del siglo Veinte, una casa señorial, un taller de fundición que se llamaba “La Cúpula” y que todavía funcionaba en la década de los cincuenta de ese mismo siglo. Dicen que la dueña de la casa, una señora de avanzada edad, murió al parecer enferma de tisis, que ahora le nombran tuberculosis, pero que en aquellos tiempos era mortal. ¿Es ella el fantasma que todos ven?

Al día siguiente de la aparición que asustó a Martha, Javier le propuso que fueran a ver la parte del balcón y, abriendo el pesado portón de madera que se abre en dos hojas, entraron a la edificación que en el pasado fue una enorme cochera. El polvo cubría todos los trebejos, los fierros y el cascarón de una vieja camioneta pick-up. Subieron por los escalones al altísimo nivel de arriba, y arriba se encontraron con que, encima de una gruesa capa de polvo esparcida por todo el lugar, no había ninguna huella. La puerta que da al vetusto balcón está cerrada con candado, y en todo ello, las telas de araña les dieron la seguridad de que no ha habido actividad humana aquí en muchos, muchos años.

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