El horror nuestro de cada día (335)

EL FANTASMA DE LA GRINGA EN EL BARRIO DE LONDRES


El horror nuestro de cada día (335)

La Crónica de Chihuahua
18 de junio, 17:55 pm

Por Froilán Meza Rivera

Atento como iba Andrés en no tropezar con las piedras del cerro en aquella noche cerrada, llevaba la vista clavada en el camino, cuando algo muy poderoso e intangible le golpeó el cuerpo. Fue algo que él no dudó en describir como una fuerza de atracción magnética.

Con los cabellos de la nuca erizados y con un sudor frío que empezó a manar de sus poros, no pudo menos que dirigir sus ojos hacia arriba. Alguien lo estaba mirando fijamente desde uno de los dos ventanucos de madera que había en lo alto de la casa por la que iba pasando.

“Es la casa de la gringa”, pensó.

Esa mole de piedra y ladrillos era la última de las construcciones en el cerro, no había otras, como ahora, y la calle Méndez, como la propia calle Veinticinco, eran más unas veredas que verdaderas calles abiertas al tránsito, como tampoco lo es hoy en día la primera, que topa con el cerro.

Y de inmediato, reconoció Andrés López aquella mirada y la cara de la mujer: “¡Es la gringa!”, exclamó entonces y, tropezando pero sin importarle que se le rasparan las rodillas, huyó a toda la velocidad que la oscuridad y el terreno accidentado del cerro se lo permitieron.

A Andrés López, desde entonces, desde hace ya treinta años, no le hacen pasar por ahí de noche, ni pagándole por ello. “Nunca voy a olvidar la mirada de la gringa, porque eran unos ojos negros profundos, profundos como un pozo, en medio de una cara flaca y carcomida como dicen que es la misma muerte”.

Hace poco más de treinta años, aquí en el domicilio del número 2505 de la calle Juan José Méndez, vivía una mujer de origen estadounidense, quien compró barato un terreno en lo más alto del Barrio de Londres y mandó hacer una casa a su gusto: alta, de dos plantas, con terraza y jardinera que se asomaban al espectáculo de la ciudad que quedaba a sus pies.

La gringa amaneció muerta una mañana, y el cadáver lo descubrió un chamaco que le hacía los mandados y quien tenía llave de la puerta del cuarto de abajo, que era utilizado como cochera. A la mujer rubia y delgada la encontraron al pie de la escalera, donde aparentemente hubo resbalado y caído en un descuido para partirse el cráneo y quedar ahí sola, como sola vivía, y como solos han de permanecer los tristes cadáveres de las personas que no tienen familia ni, como se dice, perro que les ladre.

De inmediato, corrió el rumor terrible de que la habían asesinado...

Asimismo, la imaginación popular convirtió aquel deceso en el producto de una asalto violento durante el cual a la gringa la habrían también violado y estrangulado.

No tardó en convertirse la singular mujer en un fantasma, al que varios vecinos habrían visto pasear por enfrente de la casa de alto, o que, según muchos, se asomaba por alguna de aquellas diminutas ventanas de la recámara que daba al frente.

Años después, el chamaco que la había descubierto muerta aprovechó que tenía llave de la puerta, y se introdujo él con sus amigos para tener fiestas en la casa, pero varias veces tuvieron que salir algunos de ellos huyendo de la francachela, perseguidos por el fantasma disgustado de una mujer muy delgada, rubia y vestida de blanco. Era la gringa, dijeron. El fantasma de la gringa.

Don Manuel Manríquez Arroyo, el actual propietario, no ha visto al fantasma nunca, pero sí su esposa y sus hijos, quienes en numerosas ocasiones han percibido la figura de una mujer de blanco que se desliza a lo largo de las paredes. “Y ruidos, también, dicen que los han escuchado, ruidos como rumores que no llegan a ser voces claras”.

Una de las nueras de don Manuel le aseguró un día al hombre que ella fue testigo de la aparición de una mujer que “flotaba” por la escalera de cemento. Con coraje y curiosidad mezcladas, fue la muchacha a perseguir a quien creyó que era una intrusa que había irrumpido en medio de la noche, tal vez para robar. “Pero al llegar a la escalera y mirar para arriba, vi que la mujer vestida de blanco iba volando en el aire, y cuando me quedé ahí paralizada, ella me volteó a ver y, como asustada también, no hizo más que desaparecer”.

Cosas como ésta se cuentan en el Barrio de Londres.


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