El horror nuestro de cada día (334)

CHIHUAHUA: LA VIEJITA EN EL ELEVADOR DEL PALACIO DE GOBIERNO


El horror nuestro de cada día (334)

La Crónica de Chihuahua
15 de julio, 14:45 pm

Por Froilán Meza Rivera

¿Se ha preguntado alguien por qué esas apariciones de supuestos espíritus de gente muerta, suceden casi siempre de noche, en lugares solitarios o aislados, y casi sin excepción cuando uno está solo?

Yo no creo (no creía) en fantasmas, pero al parecer, a ellos les vale gorro si crees en ellos o no. Ellos simplemente se te aparecen en el lugar menos pensado, y ya.

Debido a mi trabajo de publicista, tengo que ir muy seguido al Palacio de Gobierno, y ahí es común que vaya yo de oficina en oficina. Yo a veces usaba el elevador, pero ya no lo hago, escarmentado como quedé después de que haber sufrido la experiencia terrible de ver un fantasma.

Uno de esos días en que fui al Palacio a dejar un proyecto de campaña publicitaria, me vi en la necesidad de ir al baño, pero el único disponible en ese momento era el del primer piso, y me fui por el elevador. Era invierno, y aunque era temprano, ya estaba oscuro, tal vez eran las cinco y media de la tarde.

A un lado del ascensor estaba, de espaldas a mí que apenas llegaba pero de frente a la puerta, una mujer. Era una mujer de bastante edad, casi anciana a mi parecer, a la que yo le dije “Buenas tardes”.

No recibí respuesta sonora, pero sí me echó la vieja una mirada profunda que me pareció de tristeza combinada con odio. Cohibido, bajé la mirada, y me fijé en sus zapatos, yo, que nunca sé que es lo que calza la gente. Traía puestos unos choclos color café muy parecidos a los zapatos que les piden a las niñas en las escuelas.

Ella había presionado el botón para atraer el carro del elevador para abajo, y en un parpadeo que di, ya no estaba, simplemente se desvaneció, ¡desapareció delante de mis ojos!

“Ay, güey”, me dije, “¿pues qué es esto?” Ahí me quedé yo un rato medio congelado, inmóvil sin saber qué pensar, pues era ésa mi única y primera experiencia en el mundo de lo sobrenatural. Al poco rato llegó el elevador, y vacío, como para confirmarme que el botón para llamarlo había sido presionado aquí abajo.

Subí pues, hice mis necesidades y me regresé a las oficinas donde estaba yo tramitando negocios, y me callé, esperando sólo que me dieran una respuesta para irme a mi casa. Ahí donde esperaba, llegó un señor de limpieza con un trapeador de esos bien anchos e impregnado de aceite con el que barren al mismo tiempo que trapean.

“Oiga, ¿ya se le apareció la viejita del elevador?” -Me preguntó de sopetón y con una leve expresión que tomé por burla.

“¿Mande usted?” -Respondí, sin creer que preguntaba eso.

“¿Ya se le apareció a usted? Hace rato lo ví cómo se quedó en el elevador, y la verdad es que esa viejita tiene aquí más de veinte años, pero no todos la ven”.

Pregunté yo, como para tantear al tipo: “¿Y usted qué? ¿Ya la vio también?”

“No, a mí nunca me ha tocado, pero aquí casi todos los de intendencia la han visto”.

En mis incursiones al Palacio me he dado a la tarea de preguntar a los empleados de limpieza acerca de la aparición de esa vieja. En efecto, muchos dicen que la han visto subir al elevador, otros, los menos, se la han topado como me la topé yo y le han hablado. Pero un señor de edad avanzada, creo que se llama don Carlos, dice que una vez platicó con ella pensando que era una visitante.

La “viejita del elevador”, como la llaman todos, sigue una ruta desde el patiecito de atrás (dicen que aparece en la fuente), se viene caminando lentamente con un cansino arrastrar de pies por el pasillo del ala Oriente, y da vuelta a la derecha para tomar el elevador que se encuentra a un lado de las escalinatas. Nadie nunca la ha seguido hasta arriba, y allá no se le ha visto.

Se pierde ella al entrar al elevador, porque el aparato llega siempre vacío a los pisos de arriba. “¡Ting!” -Suena la campanita al abrirse las puertas, pero nadie sale.

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