El horror nuestro de cada día (334)

ÉPICO DUELO DE LA CURANDERA DE DELICIAS CON UNA BRUJA


El horror nuestro de cada día (334)

La Crónica de Chihuahua
17 de junio, 19:50 pm

Delicias, Chihuahua, 1942.- A Joaquina Castañeda, célebre curandera y sobadora calificada, el trabajo no le faltaba. Entre tobillos torcidos, nervios anudados, empachos y hasta quemados, se le iban todas las horas del día, y algunas de la noche.

La curandera de la Loma de Pérez, quien allá por los años cuarenta alcanzó la cumbre de su fama, nunca se había enfrentado a un reto como el que le llegó un día que le trajeron a un muchacho inmovilizado a quien, a falta de silla de ruedas, lo presentaron rodando en una carretilla.

¡Qué aspecto el del chamaco!

De inmediato, sin haber hecho ninguna pregunta, Joaquina rechazó la curación: “¡No puedo hacer nada, yo no le llevo la contra a la brujería, es muy peligroso, llévense a su muchacho!”

A Pablo Esquer, su familia lo había enviado no hacía mucho a la capital del estado a estudiar una carrera en el Instituto Científico y Literario, y le encargaron que se alojara en casa de su madrina Lupita, con quien arreglaron que le cobrara una cuota módica por el cuarto y la comida.

Nomás presentarse Pablito en casa de su madrina, la hija de ésta, Reina, quedó prendada del muchacho y se le aparecía en todo momento, sin desaprovechar la ocasión para hacerle algún servicio de planchado, de lavar su ropa, de tener todo tipo de atenciones con él. Empalagosa era la mujer, quien le sacaba como siete años de ventaja al muchacho, aunque era muy atractiva a sus 30.

Simplemente, a Pablo no le interesaba relacionarse con ella, y de manera muy cortés puso límites que la mujer no podía cruzar.

En Reina creció el interés por Pablo, y llegó un momento en que lo que sentía por el muchacho ya era ni más ni menos una pasión descontrolada que, por no ser correspondida, llegaba al grado de una rabia violenta.

Viendo que Pablo no le hacía caso, Reina concentró su voluntad y sus acciones en doblegar la voluntad del muchacho.

Los malestares que llevaron a Pablito a su ruina física, subieron de intensidad, y en una semana pasó de sentir ligeros mareos y dolor de cabeza, a la casi completa parálisis y a cuadros de fiebre que requirieron que se quedara en cama.

¿Quién lo atendió en el lecho de enfermo? Reina. La mujer lo tenía ahora a su disposición.

En dos semanas, Pablo dejó de hablar y no pudo ya reconocer a la gente, pero sucedió algo con lo que no contaba la enamorada y despechada, que su madre fuera por él y, con gran alarma, se lo llevara a Delicias. Lejos de su influencia.

Un mes después, la situación del enfermo empeoró cuando le enflaqueció la carne y los ojos se le apagaron hasta quedar reducido su cuerpo casi al esqueleto.

“¡SALVE A MI CHAMACO, POR FAVOR!”

“No, Joaquinita, no nos niegue el servicio, salve a mi chamaco”, rogaba la madre, angustiada y llorosa, y mostraba el estado del enfermo: “mire cómo está, ya lo llevamos con muchos doctores y lo único que han hecho ha sido sacarnos dinero, pero no lo han mejorado, al contrario...”

La familia estaba al borde de la quiebra, y la desconsolada mujer ya empezaba a temer que perdería a su hijo. Insistió: “Salve a mi chamaco, Joaquinita, yo sé que usted es buena”.

Pero Joaquina Castañeda se mostró inflexible. En ello le iba la vida, pensaba, no podía contrarrestar un “trabajo” como aquél, que evidentemente había sido “sembrado” al infeliz mortal con poderes sobrenaturales, más allá de los que pudiera tener una bruja común.

“Mire, esto se lo ‘pusieron’ a su muchacho, y yo no me meto con brujería”, permaneció en su dicho la curandera.

Pero el dolor de la madre fue más poderoso que los temores de la sanadora, y terminó por convencerla, aunque Joaquina puso sus condiciones: “No me hago responsable de que su muchacho termine vivo, esto es una pelea a muerte, y me puedo morir yo, se puede morir Pablito, pero de seguro sí se muere quien le plantó el mal”, advirtió, sombría.

Mire, le dijo a la madre, tráigamelo mañana en la noche, cuando ya se hayan ido los últimos clientes, y le encargo también dos ramos de cempasúchil, un frasquito de agua recién bendita, un rosario y este saquito lleno con tierra del cementerio.
Al día siguiente, empezó el duelo mortal.

LUCHA A MUERTE

Realmente, el procedimiento de Joaquina fue un funeral, y consistió en imitar, paso por paso, el trayecto de un difunto desde su lecho de muerte hasta el umbral de la fosa.

Joaquina ya sabía a qué se estaba enfrentando, y estaba muy consciente del riesgo y empeñó toda su energía en invocar, al revés, a las fuerzas demoniacas que utilizó la bruja que le hizo el trabajo a Pablito.

Colocada en medio de un cuarto en el que la figura tendida de Pablo era el muerto, Joaquina usó el agua bendita y la arrojó a los cuatro puntos cardinales, y dejó una poca para rociar los ojos del embrujado. Rezó el rosario, ayudada por la madre, y lo repitió tres veces, y vertió tierra de camposanto y ceniza en los párpados del enfermo, y levantó la voz convertida en un chillido espantoso, y profirió palabras terribles en lengua extranjera. Y luchó físicamente con sus brazos entrelazados con los brazos invisibles de su rival, en una contienda de fuerza de la que salió sudorosa, roja de la sangre en sus mejillas, y con los moretones de la pelea marcados en sus brazos y cuello.

Los gritos y gemidos de la curandera se prolongaron durante muchos minutos, interminables minutos de angustia y sobresalto, hasta la hora en que cayó rendida de agotamiento.

Joaquina no murió, y se guardó para ella en lo íntimo, la convicción de que su contraparte debió perecer en esa lucha a distancia.

Pablito revivió, prácticamente, y repuso sus fuerzas y floreció en sus 24 años macizos.

Y al cabo de un mes, un familiar que los visitó en Delicias les dio una noticia. Después del usual tema del clima insoportable y de las lluvias que se atrasaban ese año, y al cabo de tres tazas de café, como por casualidad, salió la plática de los familiares, y les preguntó la visita, casualmente: “¿No saben quién se murió en Chihuahua? Reina, la hija soltera de doña Rosita”.

Madre e hijo cruzaron una mirada de serena complicidad, por un segundo.


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