El horror nuestro de cada día (331)

LA MALDICIÓN DE SANTA CRUZ DE TAPACOLMES, HOY ROSALES


El horror nuestro de cada día (331)

La Crónica de Chihuahua
8 de junio, 17:04 pm

Rosales.- “¡Pueblo infeliz, yo te maldigo. Ni el polvo de tu suelo quiero que me acompañe más. El señor te condene a fuego eterno!”, dicen que expresó el padre José María Carrasco al salir de Rosales, humillado como iba.

Es que a Carrasco, el soldado que lo llevaba detenido hacia la capital del estado, lo había montado en un burro, y con la cabeza viendo a la cola del animal. Iba envuelto además en burlas e insultos que le enviaban algunos entre la multitud que salió a verlo en la calle.

Según el historiador don Eduardo Esparza, el cura lloraba “y se le veía realmente anonadado”.

Dicen que, desde que el padre Carrasco fue arrebatado de la villa de Santa Cruz de Tapacolmes, hoy Rosales, en este poblado se respiraba muerte. Cuentan las crónicas, que “se hablaba en voz muy baja, como si se temiera molestar a algún enfermo. Los jóvenes suspendieron sus rondallas, el carnaval no tuvo ningunos entusiastas, y el Miércoles de Ceniza, cuando el nuevo clérigo marcaba a los fieles con aquel “en polvo eres...”, las mujeres lloraban sin saber por qué, y los hombres se sentían conmovidos”.

Y llegó el día fatídico, en el que muchos habitantes de Santa Cruz vieron cumplida la maldición del padre Carrasco.

FUEGO Y MUERTE

Ese Viernes de Dolores, el templo se llenó de feligreses. Alguien había construido un ramaje de pinos y táscate sobre el altar para adornar la celebración, y a un lado la Virgen Dolorosa desclavaba las manos del Cristo crucificado con angustia suprema. Una turba de fariseos, con lanzas y tambores, se agitaba al pie del altar.

Vinieron de todos los ranchos. Los vecinos del pueblo estaban ahí todos, no cabía nadie más en el templo. No parecía sino que la gente hubiese asistido para cumplir la expiación de alguna culpa, decían.

Una de las velas se dobló y la llamita alcanzó un tronco resinoso, y el fuego se multiplicó hasta alcanzar el techo de madera, que ardió también. La gente apretujada no podía salir, y la lumbre hizo presa de la multitud. Gruesas gotas de resina caían sobre las personas, y se incendiaban sus ropas, en medio del terror más profundo. Todos adentro querían salir, y los de afuera pugnaban por entrar para salvar a sus seres queridos. Era literalmente un infierno. En medio del caos más atroz, a alguien se le ocurrió montar a caballo para arrebatar gente a la muerte en la puerta del templo.

¿POR QUÉ?

Cuentan que el padre José María Carrasco, quien andaba por los sesenta años, era muy querido por todas las buenas gentes del pueblo, pero que era un muy celoso guardián de las buenas costumbres que enseñaba la Iglesia por aquellos años de principios del siglo XIX. Don Eduardo Esparza relata que al padre lo rodeaban muchas envidias. Era don Chema el desfacedor de entuertos en el pueblo, y metía su eclesiástica nariz en todos los conflictos, lo que le acarreó la animadversión del alcalde.

Pero la gota que derramó el vaso fue la llegada al pueblo de un señor don Antonio Ampudia, quien vino con su señora esposa quien se daba aires de marquesa por lo presumida, además de cuatro hermosas chamacas que hicieron perder la cabeza a todos los mozos en edad de merecer en Santa Cruz. Y vino con ellos también el hijo de la familia, Tomás, calavera y parrandero a más no poder.

Fue todo un revuelo para las almas pías, el comportamiento de toda esa familia, pero el cura, quien se había mantenido al margen, se metió cuando Tomás se enredó en amoríos con Lucita Torres, la más querida ahijada del religioso. Se generó entonces una pugna que dividió al pueblo, y el escándalo estalló cuando el gobernador de la Nueva Vizcaya mandó a un visitador para que se informara acerca de los supuestos hechos relatados en una carta en la que se acusaba al padre Carrasco de “conspirador”.

El tal visitador, llamado don Francisco de la Serna, tuvo la mala suerte de haberse hospedado en la casa cural, donde murió después de la cena, al parecer de un ataque cardiaco.

Pero como no faltó quien dijera en voz alta que el visitador había sido envenenado por don Chema Carrasco, el Gobernador lo mandó prender.

Fue a su salida de Santa Cruz de Tapacolmes, hoy Rosales, cuando el clérigo soltó la famosa maldición de la leyenda, que desembocó, según la tradición oral de la región, en el incendio del templo parroquial y la muerte de más de treinta personas.

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