El horror nuestro de cada día (330)

CIUDAD DELICIAS: LA LEYENDA DE LA CASA EMBRUJADA


El horror nuestro de cada día (330)

La Crónica de Chihuahua
5 de julio, 19:09 pm

Por Froilán Meza Rivera

Ciudad Delicias.- Con todo y la sábana, Manolito Carrasco (“El Chino”) amaneció esa mañana en la banqueta, con la cabeza encima de su almohada, por segunda vez esa semana, ante el asombro de transeúntes y vecinos.

“Esto ya no me está gustando nadita, pero ¿qué chingaos es lo que pasa?”, preguntábase el muchacho mientras recogía su tendido y se cubría al entrarse a la casa.

Al “Chino” Carrasco, estudiante del segundo semestre de Agronomía, “algo” o “alguien” lo sacaba en la madrugada de la cama donde dormía, como si lo llevaran flotando suavemente y sin sobresaltos. Debía ser alguien muy hábil, pensó el estudiante.

“O si no, cómo es que no me despiertan...”

“El Chino”, ya en la escuela, compartía sus inquietudes con su condiscípulo y amigo Raúl Esperón, quien desde el principio se mostró muy escéptico.

“¿Sabes qué? Así, de entrada, se me hace muy cabrón creerte... te creo porque me lo dices, pero pos hay que ver...”

Para los muchachos fue un desafío del uno para con el otro, y acordaron que Raúl se iría a quedar la siguiente noche a la cama del “Chino” en la casa del Sector Sur que le acababan de prestar.

Manolito Carrasco se había arreglado con un vecino, de que ocuparía la casa sin pagar nada, sólo con la condición de que la cuidara, porque los dueños se habían desperdigado entre Monterrey, el De Efe y los Estados Unidos.

La casa de Calle Segunda y Avenida Novena Sur quedó intestada cuando se murió el dueño, don Santiago González Espino, quien fue hermano de Manuel González Espino, el segundo presidente municipal que tuvo Delicias. Los hijos de don Santiago y su viuda se desentendieron de la casa, que quedó completamente amueblada, con cocineta, refrigerador, comedor completo, sala, juegos de recámara, y la señora se fue a vivir a Camargo, donde murió, dicen, hace ya poco más de 15 años.

Esa noche, Raúl (“El Rulo”) se preparó a no dormir, acostado leyendo en la cama del “Chino”. De hecho, ambos estudiaron hasta tarde y prolongaron la vigilia hasta muy entrada la madrugada, hasta que los venció el agotamiento de varios días de exámenes finales.

El sueño los abatió como a las 4 y media de la mañana, pero a las 6 y alguito los despertó el ladrido del perro del vecino, que les reclamaba tal vez lo incorrecto de dormir en la acera. “El Rulo” estaba sobre la banqueta, tendido con toda la corrección con que duermen todos en su familia: piyama de dos piezas, una almohada alta que se trajo de su departamento, y las sábanas propiamente extendidas. Pareciera que todo lo que había estado encima de la cama se hubiera materializado, así sin más, sobre la banqueta.

¿Y qué decir del “Chino”?

Manolito Carrasco amaneció a un lado de su incrédulo amigo, pero ahora él quedó debajo de la banqueta, en pleno arroyo vehicular. Y el inquilino de “la casa maldita” se enteró apenas esa mañana de que de esta forma nombraban los vecinos a la casa.

“Oiga, joven, ¿qué? ¿Nadie le dijo antes que la casa está maldita y que por eso la prestan, porque nadie se quiere venir a vivir aquí?”, le preguntó a Manolito Carrasco su vecina de al lado.

“Nadie me dijo nada, y ahora que me fijo, también se oyen unos ruidos bien cabrones en las noches, que yo pensé que había algún taller a la vuelta”.

“No, joven, son las ánimas que andan en pena y que esperan que alguien les ayude a arreglar lo que dejaron pendiente en esta vida”.

Pensó esto el estudiante de Agronomía con especialidad en Bosques. Y no lo pensó mucho, porque la respuesta le salió pronta y concisa:

“Pues compermisito, yo me voy ahora mismo a la chingada de aquí”.

Al menos una decena de inquilinos pasaron por “la casa maldita” del Sector Sur, y nadie permaneció mucho ahí.

Hará unos siete u ocho años que la casa quedó completamente en calidad de tapias ruinosas, y fue entonces cuando los vecinos lograron que el Municipio la derrumbara para que dejara de ser nido y refugio de malvivientes.

Hoy en día, en esa esquina de la Calle Segunda y Avenida Novena Sur, hay unos departamentos nuevos, y en los pocos que están ocupados, los moradores siguen viendo sombras espectrales, siguen escuchando ruidos inquietantes por las noches.

Y a un señor de estos departamentos nuevos ya lo sacaron a la calle en plena madrugada, y él siguió durmiendo ahí en la banqueta como si nada, hasta que su mujer lo echó de menos, lo buscó y lo encontró extrañamente afuera de la vivienda, con todo y las sábanas.


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