El horror nuestro de cada día (330)

EL APARENTEMENTE INÚTIL SACRIFICIO DE «LOAICITA»


El horror nuestro de cada día (330)

La Crónica de Chihuahua
4 de junio, 18:00 pm

Por Froilán Meza Rivera

A la vista de una simple jeringa, Loaiza se levantaba en la cama, hacía a un lado las sábanas y saltaba hacia un rincón del cuarto de hospital. Su mente perturbada convertía la aguja en un hacha tremenda con filo suficiente para rebanar su cabeza y desprenderla del tronco.

“¡Retírense, déjenme en paz, que tengo protección divina!”, bramaba el infeliz.

Esa fue su alucinación más frecuente en el hospital, antes de su horrible muerte. “¡Atrás, legiones sangrientas e inhumanas, regresen a su reino de sombras!”, exigía al pobre enfermero, a quien el desequilibrado veía con cara de asesino.

Pero esta vez, a la hora de su diaria inyección de calmantes, él no iba a dejarse vencer por el hombre del hacha afilada, era preferible quitarse la vida que darle gusto a los temidos y odiados “catalpas”. Armado sólo de su locura, en un esfuerzo supremo por no caer en las garras de sus enemigos, este hombre que toda su vida fue un ejemplo de trabajo tesonero, de disciplina y de aburrida mediocridad, se arrojó temerariamente con todo su peso sobre el cristal de la ventana del tercer piso.

Dicen que gritó como poseído, que gritó un alarido que heló la sangre a todos quienes lo escucharon.

Dicen que en el aire esparcía regueros de sangre, y que voló el demente sobre el patio del hospital hasta el techo de una ambulancia que en ese momento estaba descargando a un herido leve de accidente.

Dicen también que su cabeza se torció con el golpe y que se desprendió sobre la canastilla metálica del techo, mientras que el cuerpo quedó arqueado en un ángulo increíble, con los miembros desparramados hacia afuera y los intestinos colgando sobre la ventanilla del chofer de la ambulancia, quien se quedó petrificado de la impresión.

Sus temores y sus terrores habían conducido a Loaiza, desde su oficinita de burócrata ramplón y mediocre donde ejercía funciones de contabilidad y de registro, hasta las primeras planas de los periódicos.

Es que Loaiza (“Loaicita” para sus indiferentes compañeros de igual culiatornillado oficio) se atrincheró un buen día en el piso de la Secretaría de Finanzas y, con un fondo de música flamenca que puso él mismo en los altavoces de todo el edificio, anunció que iniciaba una cruzada contra los “catalpas”.

En la afiebrada imaginación del pobre alienado, los “catalpas” eran una especie de miembros de una sanguinaria secta secreta de asesinos despiadados que, detrás de la fachada de una inocente asociación de periodistas y de una rama de rescatistas paramilitares, pretendía apoderarse de la ciudad.

De manera inesperada, faltando 15 minutos para la salida del personal, apiló el bueno de Loaiza todos los escritorios y archiveros que pudo en los pasillos, y bloqueó todos los accesos al piso tercero.

Armado como estaba él, con un tubo con remaches que de lejos pareció a todos ser un rifle, “Loaicita” sembró el terror.

Con el flamenco a todo ruido, sólo interrumpido en las pausas hechas para su discurso, Loaiza difundía su mensaje liberador a todo el mundo: “Prepárense para combatir a la plaga que está tomando posiciones en el gobierno, en la universidad, a los nefastos ’catalpas’, prepárense para defender sus domicilios y sus propiedades, su Ayuntamiento, su Gobierno y sus plazas, únanse a la guerra de liberación”.

Un mundo de gente acudió al alboroto que se escuchaba hasta la Plaza Hidalgo por los altavoces, y la policía preventiva, y los cuerpos de contraterrorismo armaron un torpe “operativo” para “recuperar” el piso secuestrado por el orate. En su camino, los superefectivos agentes superentrenados por el FBI en supertácticas de antimotines, se llevaron por delante a una señora que vendía semillitas, y atropellaron y pisotearon a un viejito con reacciones retardadas.

El valiente luchador cayó prisionero del enemigo, y fue recluido, no en la honrosa prisión que le correspondía por su categoría de guerrero, sino en un miserable cuarto de hospital, tratado como un vulgar demente.

Por ello, este hombre que toda su vida fue un ejemplo de trabajo tesonero, de disciplina y de aburrida mediocridad, optó por buscarse un final honroso y heroico.
Y con su muerte, ante la ausencia de su único enemigo, los “catalpas”, finalmente, acabaron por apoderarse de la ciudad.

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