El horror nuestro de cada día (329)

EL PANTEÓN DE PLASTILINA Y SU PADRE MUERTO


El horror nuestro de cada día (329)

La Crónica de Chihuahua
4 de julio, 19:39 pm

Por Froilán Meza Rivera

Esta historia me la contaron ayer, y aunque yo ya la conocía, vale más así porque está relatada de primera mano.

Se trata de una tragedia sufrida por una familia muy cercana a mí, una familia como muchas, normal, pero muy unida. Eran cuatro miembros: los padres, una niña y un niño.

Los acontecimientos golpearon tan fuertemente y de manera tan distinta a cada uno, que sólo narraré una parte de la historia, lo sucedido al niño más pequeño, Ángel, quien apenas contaba con cuatro años entonces.

El padre trabajaba en una escuela, pero en otra ciudad. La madre, quien se dedicaba al hogar, se encargaba de atender a los hijos y llevarlos a la escuela. Eran niños normales y amados por sus padres, pero una voltereta del destino afectó a todos.

El pequeño Ángel, quien gozaba plenamente de sus juguetes con sus amiguitos, tenía dos pasatiempos: uno era cazar insectos y arañas y lagartos con toda la paciencia necesaria para atraparlos, así como coleccionarlos en frascos. El otro pasatiempo del pequeño, el que más disfrutaba y que más satisfacciones le proporcionaba, era la plastilina. Dedicaba horas enteras amasando las barras en la mesa de la cocina o en el piso de la sala, para luego empezar a modelar sus esculturas, como él las llamaba.

Ángel hacía dinosaurios, de todos los conocidos por la ciencia, y a todos los llamaba por su nombre. Era para él igual de conocido un apatosaurio, un horroroso estegosaurio con placas en la espalda, que un terrible tiranosaurio Rex, lo mismo que reptiles de otras clases, como los plesiosaurios que causaban estragos a las criaturas marinas, que los alados pterosaurios, de monstruosos picos y garras poderosas.

Estas esculturas bien podían pasar como hechas por un escultor profesional adulto, pues los hacía tan exactos... Pero había más: no escapaban a sus habilidades los leones, tigres, caballos, tortugas, caracoles, hienas, elefantes, jirafas, víboras, hipopótamos, changos, perros, pájaros... Y esculpía incluso a familias completas de animales, tal y como él las entendía, como veía a la propia: el papá, la mamá y el hijito sobre el lomo de la madre.

Así disfrutaba el pequeño Ángel su vida.

Hasta que llegó aquel día fatídico, un fin de semana cuando en casa esperaban ansiosamente la llegada del padre, después de que no lo habían visto durante toda la semana.

Aquel accidente automovilístico que segó la vida del papá de Angelito, transtornó la del niño de manera momentánea. El niño se desconectó de la realidad, como una forma inconsciente de resistir el golpe.

Transcurrieron los funerales, entre llantos y tristeza, como es común en las grandes pérdidas, y en el pequeño, incluso ahora, al cabo de tantos años transcurridos, la familia no se explica exactamente qué fue lo que pasó por su mente y su corazón. Tanto entristeció, que por las noches platicaba con su papá muerto, hablaba y hablaba, con pausas, como si en realidad estuviera conversando con él. Era en todo igual a cuando dos personas hablan, y se contestan, y esperan a que hable el otro, y hasta lo interrumpen, y reaccionan a lo que dice.

Al cabo de unos días, visitaron nuevamente el panteón, y el corazón se les desgarró a todos, porque el niño se puso a escarbar con sus manitas la tierra del sepulcro de su padre muerto, llorando, llamándolo, aunque lo más escalofriante sucedió al regreso.

En casa, retirado de los demás, Angelito buscó y dio con una hoja de triplay, y comenzó a trabajar en ella.

Como sucedía siempre que iniciaba una creación, los demás lo perdieron de vista por horas y sólo se dieron cuenta de lo que estuvo haciendo, hasta que lo encontraron con su maqueta terminada.

Había hecho el niño, en miniatura pero en proporciones perfectas, la nueva morada de su papá, el panteón... reprodujo de memoria las tumbas cercanas, los pasillos, los árboles, las flores, todo lo que había en ese lugar y que no escapó de su mirada.

Lo más escalofriante, pero a la vez lo más triste, y tierno, que impactó a los familiares, fue la realización que hizo Angelito de la tumba de su padre, en plastilina, tal y como la vieron por última vez sus infantiles ojos.

Era un ataúd con tapa movible, para poderlo abrir y para que el niño pudiera ver a su papá de plastilina, cuantas veces se le antojara y cada vez que la tristeza y la nostalgia acudieran a su alma.

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