El horror nuestro de cada día (329)

ORIGEN DE LA DAMA DE BLANCO DE LA AVENIDA DEL ÁRBOL, HOY NIÑOS HÉROES


El horror nuestro de cada día (329)

La Crónica de Chihuahua
2 de junio, 13:51 pm

Por Froilán Meza Rivera

En una cierta ocasión en que me trasladaba yo caminando por la Calle del Árbol, me pegó un sobresalto al enterarme de que la luna se había ido, supuestamente oculta en el poniente. A esa hora iba yo de lo más lento, cansado y harto de un día que me había sido especialmente adverso.

Mi trabajo de entonces era en el Ferrocarril, concretamente en la Casa Redonda, como engrasador de locomotoras. Nada me salió bien aquel día, y hasta salí regañado por el cabrón de mi jefe, uno que era más idiota que yo pero que le valía ser barbero con los que estaban más arriba que él.

Sumido en aquellos más que mezquinos pensamientos, a la altura de la calle que denominaban De San Felipe, vi que como a cincuenta pasos delante de mi, caminaba una mujer alta de cuerpo delgado y bien proporcionado. La dama se balanceaba ligeramente al andar, tal y como lo hacen las muchachas jóvenes para despertar la atención de los muchachos que las contemplan. Llevaba un vestido cortado a su medida y lucía un cuerpo de extraordinaria belleza.

Al atravesar una de las bocacalles, la luz del farol la iluminó, y casi se me cortó la respiración al darme cuenta de que su belleza no era para dejar a nadie indiferente.

Yo era ya un hombre cincuentón, y me precio de que las muchachas ya no me hacían mucho caso, pero como se dice, me alboroté y apresuré el paso para dar alcance a aquella diosa.

Es que ya mero llegaba a mi casa, y tenía la intención de por lo menos lanzarle un piropo para que supiera que no me había sido indiferente su contoneo. Y allá fui, acelerando mi paso y los latidos de mi corazón que ya no era para cocerse en un solo hervor.

La muchacha me pareció que andaba por los treinta.

No sé en qué cadenas de pensamiento discurrió mi mente, pero me imaginé que era una mujer liviana que andaba buscando un hombre con el que compartir su lecho por lo menos esa noche.

Pero, por más que me esforzaba, y por más que incluso llegué a correr en tramos, no podía alcanzarla, porque parecía volar por momentos. No sé cuántas cuadras me esforcé, pero cuando le di alcance, yo ya estaba enloquecido de lujuria, y antes de hablarle, quise tomarla de la cintura y estrecharla contra mi cuerpo.

Cuando ella sintió que le había puesto la mano en la cintura, volteó su cara, pero no tuve tiempo de mirarla porque caí en ese momento como fulminado por un rayo y así estuve en aquel sitio, tirado, por el resto de la noche.

“Se le han de haber pasado las copas”, dijo de mí en la fría mañana una de las devotas de la misa de siete en Catedral, al pasar y verme en aquella condición.

¿Y qué hacía yo ahí? ¿Cómo fue que me desmayé en la calle? Fue entonces que recordé, y recordé haber visto una calavera sin ojos, sin nariz, sin mejillas, que me causaba pavor y espanto nomás de volver a imaginarla.

Era la mujer misteriosa que se aparecía a los transeúntes, no a las doce de la noche, si no entre nueve y diez, y que hoy en día es la misma que refieren los taxistas como la hermosa mujer de blanco que les hace la parada en la Calle del Árbol, que hoy llaman Niños Héroes.

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