El horror nuestro de cada día (318)

GATOS Y DUENDES EN LAS QUINTAS CAROLINAS


El horror nuestro de cada día (318)

La Crónica de Chihuahua
19 de enero, 19:49 pm

Por Froilán Meza Rivera

Una serie de sucesos misteriosos e intrigantes había atrapado a las amas de casa de la Segunda Etapa del fraccionamiento Quintas Carolinas, quienes se empezaron a mover en un círculo de dudas y especulaciones. ¿Cómo explicar que de las habitaciones de casi todas las casas, y de los tendederos, se estuvieran desapareciendo ropa y otras prendas nuevas de niños pequeños?

¿Y cepillitos de dientes?

Y zapatitos de estambre y de piel, y almohaditas, todo nuevo...

Ya se hablaba de duendes, que el dueño de la tienda de videos decía que eran “una banda de seres maléficos que ya estaban aquí en sus madrigueras antes de que se construyera la colonia”. Era, según él, una justa venganza de los duendes por la invasión de su territorio.

Ya se hablaba también de la existencia de un viejo maniático sexual que se excitaría con las miniprendas. Y no faltó un episodio vergonzoso, en la tienda Oxxo, un día en que una señora acusó a gritos y echó a bolsazos a un pobre viejito vagabundo que había entrado a comprar un refresco de naranja.

Así mismo, se especuló con la posibilidad de que operara aquí una red de traficantes de menores y pederastas.

Pero empezaron a aparecer pistas, y las mujeres no tardaron mucho en hilar sus razonamientos...

En el patio, por enfrente de la puerta, pasó raudo y sigiloso el animal, y Hortensia apenas lo notó como una sombra, pero algo la llevó afuera a seguirlo. No fue capaz la mujer de saber a dónde se fue el gato, y una espinita quedó clavada en su sentido de la curiosidad. Hacía varios días que Tenchita traía pendiente resolver una inquietud, y es que nada le podía sacar de la cabeza que la sombra de un gato y la desaparición de prendas de su tendedero, tenían algo en común.

Yrenia, también. La madre de dos niños pequeños sufría la pérdida de unos calzoncitos nuevos que trajo la semana pasada para su niña. Anteriormente, haciendo cuentas, ya había echado de menos un calcetincito de su bebé, un primoroso babero azulito con figurines de Winnie The Pooh, un pañal de tela con bordados, y de hacer más memoria, más prendas estarían faltando.

Pero ella, desconfiada, había espiado los movimientos que se pudieran dar en su tendedero, y varias noches, acuciada por la curiosidad, durmió pegada a la ventana. En dos diferentes ocasiones creyó escuchar unos casi imperceptibles pasos con uñitas sobre el cemento, y una especie de rasguño antes de que desaparecieran una blusita y un babero.

Yrenia convocó a dos de sus vecinas de la calle Monte San Elías, y les expuso sus sospechas. La explicación a los misterios tendría que ser menos fantástica que lo que habían pensado.

Estaban ahí Tenchita, la propia Yrenia y Azalia, ésta última, que estaba casualmente presente, tenía fama de que no se juntaba con nadie.

Azalia Yadeth escuchó callada la sarta de especulaciones de aquella reunión que se fue haciendo más grande conforme llegaban más y más comadres del barrio, pero no se aguantó más. Literalmente, la mujer se llevó a sus vecinas a la calle, en una curiosa procesión que llamó la atención de la gente, hasta un rincón de una casa abandonada, donde en un hueco había hecho su nido una gata.

Esta gata, un bello y robusto animal de suave pelaje marrón, había tenido a lo largo de varios años, algunas camadas de gatitos, y en ese momento había varios recién nacidos.

Los gatitos, que apenas habían abierto los ojos, descansaban sobre una gruesa cama formada por capas de diversas prendas de bebé, y se entretenían con chupones y con juguetitos de niños pequeños.

Asombrada como las otras amas de casa por la resolución del misterio, sólo alcanzó a decir Yrenia: “Pero, yo me pregunto: ¿por qué chingados no se robó este animal los calzones agujerados de mi esposo, o sus calcetines apestosos, en vez de la ropa nueva de mis niños?”

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