El horror nuestro de cada día (315)

LAS CATACUMBAS DEL TEMPLO DE SAN FRANCISCO


El horror nuestro de cada día (315)

La Crónica de Chihuahua
Noviembre de 2017, 09:49 am

Por Froilán Meza Rivera

Para explicar el asesinato de «la niña bien», de «la virgen del Paseo Bolívar», se decía que una banda de asaltantes de caminos que traía asolado el Camino Real, acudió esa tarde a la Catedral a rogar al Altísimo para que nunca les faltara a quién atracar. Se decía que, como parte de sus costumbres pías, uno de sus rituales dictaba el sacrificio de una víctima propiciatoria, de preferencia una mujer.

Y que, en aquellos principios del siglo XX, la mejor manera de deshacerse de un cuerpo, era arrojándolo dentro de los túneles que conectaban a diferentes templos de la Chihuahua de entonces y que habían quedado ya en desuso.

Los túneles eran referidos con cierta frecuencia como «las catacumbas».

La historia la cuenta Juan Refugio Portillo: Corría el año de 1936, y a Juanito, quien estrenaba su primer par de zapatos choclos, su padre le mostró el lugar exacto en donde estaba la entrada del túnel de San Francisco. «Mire, m’ijo, ahí donde está esa fragua, en el patio está el túnel, que aquí sale y viene desde el templo».

Era la placita Perea, donde todavía en la actualidad se juntan en un triángulo las calles 19 y 21, y las atraviesa la Angel Trías.

Tenía Juanito unos diez años, pero recuerda muy bien cómo le entró un gran temor con la sola evocación de aquellos túneles que tenían tan mala fama.

Fue en ese momento cuando asaltó la memoria de Juan Refugio Portillo Ruiz, la historia de aquella señorita de la sociedad, tan bonita como la pintaban, con el largo vestido ancho como la pintaban en los periódicos, su blusa negra sin escote y un amplio moño que la ceñía al frente. Blanca, delicada, la «niña», «la virgen», había sido degollada y su cuerpo arrojado a uno de aquellos túneles, en una de cuyas entradas de la avenida Juárez se encontró a los tres días de que se perdiera ella de camino de la Catedral a su casa del paseo Bolívar.

De aquellos sucesos habían pasado ya muchas décadas, pero a su alrededor se tejieron versiones fantásticas que perduraban todavía en los años treinta: Entre otras cosas, se decía también que de los túneles emergían al anochecer, unos seres nocturnos que aprovechaban las penumbras para raptar y llevarse hacia las profundidades, a víctimas a las que robaban la sangre para bebérsela, y a quienes comían las carnes en espantosas hecatombres para congraciarse con el señor del mal.

Nunca se comprobó que el pozo donde estuvo el cadáver fuera parte de la fabulosa red de túneles que, según la imaginación popular, atravesaba como en telaraña, toda la ciudad de Chihuahua de fines del XIX y principios del siglo XX.

En aquel año de 1936, la entrada de este túnel ya estaba tapado, pero el padre le pidió al hijo que se fijara en el nivel del río, para que tuviera siempre esta referencia.

El río Chuvíscar llegaba hasta la calle del Arbol, que es hoy la Niños Héroes, y aquí estaba el barranco que marcaba las crecientes de tiempo de aguas. Hasta aquí llegaba el Chuvíscar, aquí donde a lo largo de la Calle del Árbol, se levantaba una hilera de álamos a cada lado de la rúa polvorienta.

Hoy en día, hay un garage y un patio en el sitio exacto donde don Juan Refugio sitúa la entrada del túnel que, hace menos de 150 años, era usada como vía de escape de los franciscanos para salir de su templo hacia la libertad del río.

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