El horror nuestro de cada día (314)

NÁUSEA Y TRISTEZA EN EL TREN F


El horror nuestro de cada día (314)

La Crónica de Chihuahua
9 de octubre, 17:23 pm

Por Froilán Meza Rivera

Nueva York.- Ya era demasiado pesado viajar a esas horas, pero encima ahora tampoco se podía uno sentar. Es que los vagones del subterráneo estaban repletos esa noche, de gente que regresaba de recibir el Año Nuevo en la ceremonia multitudinaria en Times Square.

Yo ya me caía de cansancio, lo juro, después de lavar platos todo el méndigo día, ya no podía casi tenerme en pie. Recorrí el primer vagón y entré al de en seguida, que estaba igual de retacado de gente enfiestada. Decidí que no pararía hasta encontrar un asiento donde posar mis huesitos.

El último vagón del tren F con ruta hacia la calle 179 en el barrio de Jamaica, estaba milagrosa y extrañamente vacío.

Pero no, allá al fondo sólo se veía un vagabundo acostado sobre los asientos.

¡Qué raro!, pensé, este carro está lleno de gente, con personas de pie, y el de en seguida sólo tiene...

Pero no terminé de pensar, porque al abrir la puerta del vagón, me expliqué por qué todos le habían hecho el vacío al desharrapado que dormía solitario sin ser molestado.

Se trataba del olor de patas sucias más asqueroso y penetrante que narices humanas hubieran podido soportar. Nunca hubo en la historia de la humanidad, lo puedo jurar, alguien tan apestoso como el hombre que yacía al fondo del tren.

Ni siquiera tuve la mínima tentación de ir a hacerle compañía a aquel infeliz, y preferí irme de pie agarrado del tubo, acá en un vagón normal.

“Yo también hice el intento de entrar, pero me arrepentí de inmediato”, me dijo en inglés un puertorriqueño que iba colgando del mismo tubo que yo.

“¡Oh, man! ¡Qué peste infernal!”, añadió él, ahora en español.

“Pero debe sabé tú que ese man no siempre anduvo en ese estado en que tú lo ve ahora, noooo...”, me dijo, hilando una conversación difícil para mí de continuar, debido a mi agotamiento.

“Ah ¿tú lo conociste antes?” -Me esforcé.

“Oooh, sí, y era má guapo que tú y que yo, debiste haberlo visto, era todo un dandy, un señol de capa y bombín, como decimo nosotro”.

La conversación había iniciado en la primera estación en Queens, la de la calle 21-Queensbridge, y mi nuevo amigo el puertorriqueño parlanchín terminó a duras penas el relato de la vida y obra de Asdrúbal Quintana en la estación terminal de la calle 179-Jamaica, casi media hora después.

Según lo que supe, fue este Asdrúbal Quintana, en efecto, un joven lleno de vida que se ganaba el pan en una agencia de viajes. Pero como en esta “ciudad que nunca duerme”, cada quien se siente en libertad de arribar al “sueño americano” como puede, el guapo joven terminó por descarriarse.

Comenzó un día Asdrúbal a utilizar su clave de reservaciones para vuelos internacionales, fuera de las horas de trabajo y en una computadorcita que se agenció en el mercado de pulgas. Vendía él boletos aéreos a mexicanos, a centroamericanos, a chinos, sin reportar porcentaje de comisión a su patrón en la agencia de viajes.

Pero una noche fue sorprendido por una decena de policías federales sin uniforme al servicio del IRS (Internal Revenue Service), que es como el FBI de la cobranza de impuestos. A empujones fue llevado a una celda fría en un frío centro de detención con aspecto de mazmorra medieval en Roosevelt Island, un islote que está entre Queens y Manhattan.

Sin que le fincaran oficialmente cargos, Asdrúbal estuvo ahí tres semanas, y la humedad se le introdujo en los huesos y le trajo una terca y eterna tos y unos escalofríos que le degeneraron en espasmos, y ese clima horrendo más la falta de comida, le provocaron un serio cuadro de enfermedades pulmonares combinadas.

El patrón del muchacho lo perdonó por lástima, y el IRS lo soltó un día en las calles, pero iba ya roto por dentro. Algún mecanismo interno clave le han de haber quebrado sus captores, algo le faltó en adelante, que Asdrúbal Quintana ya no fue el mismo.

Vagó el pobre, vagó por la inmundicia, se alimentó de nieve y de lluvias, se cobijó entre la hojarasca y el excremento de pájaros en los parques, y se acompañó en todas las estaciones del año, de un par de cobijas que adquirieron el mismo color gris rata de sus cabellos pringosos llenos de plastas de mugre ancestral.

Entre quienes lo conocieron, cuando lo miraban pasar, tristeza es lo que les daba. Tristeza y náusea.

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