El horror nuestro de cada día (313)

LA ESPIRAL DE TERROR


El horror nuestro de cada día (313)

La Crónica de Chihuahua
6 de octubre, 16:00 pm

Por Froilán Meza Rivera

Pues yo no te creía nada de las historias que contabas, ni todo lo que decías que podías hacer para hablar con los muertos, pero me llamó la atención que pudiéramos hacer algo para divertirnos ese verano que, si no hubiera sido por las idas al cine y las papitas con salsa roja de ajo y limón, pues quién sabe si nos hubiéramos muerto de puro aburridas.

Sin embargo, aquel día se me quedó grabado como una cicatriz en mi salud mental y en mi ánimo, para siempre.

No me lo vas a creer, pero a mí, ese día no se me va a olvidar por el resto de mi vida, y menos porque a partir de ese año (creo que fue 1993), le perdí toda la afición a comer papitas, a la salsa colorada y a todos los juegos de mesa.

Con decirte que ya ni a la lotería ni al monopolio, ni a las serpientes y escaleras juego, ni ahora que tengo hijos, porque me quedó el trauma de aquel día.

¿Te acuerdas, Geo, del día que nos fabricamos una ouija para jugar?

Te has de acordar, Geíto, que estábamos nosotras con Felipa «La Pipa» Bustillos, la Hillary, tú, y yo, y bueno, nos estábamos hartando de papas fritas con salsa roja con ajo y limón. ¿Te acuerdas que dejábamos remojar las papitas como diez minutos en ese jugo y que luego las saboreábamos como si fuera maná caído del cielo?

Teníamos 13 años tú y yo, y la Hillary y «La Pipa» creo que eran de catorce o catorce y medio, porque ellas iban un año adelantadas y estaban en segundo de secundaria.

¿A quién se le ocurrió la idea de fabricarnos una tabla ouija? ¿Tú te acuerdas?

Has de haber sido tú, Georgina Barrio Lares, porque eras muy dada a contactar espíritus, como aquella vez que organizaste una sesión espiritista con los chavos del barrio, y que uno de ellos, creo que el Yorch, ya se andaba cagando del susto cuando te salió una voz ronca como a la niña del exorcista. ¿De veras no estabas fingiendo?

Pues tu casa, Geo, estaba disponible porque tus padres —creo— habían salido a Sacramento a visitar a quién sabe quién, pero teníamos el cuarto grande que en esos días lo estaban pintando y estaba desocupado.

El caso es que ni yo ni las otras dos pusimos objeción, pero te pedimos que nos dejaras ver la tabla maravillosa con la que íbamos a jugar, y fue cuando nos dijiste aquello de que «si quieres algo con mucha fuerza, los resultados te van a perseguir».
Y tus palabras fueron proféticas, por lo menos en lo que a mí toca.

Ahí estábamos nosotras cuatro a las cinco de la tarde en una habitación perfectamente iluminada por luz natural y vacía de muebles, sólo con la pintura todavía reciente.

Geo, construiste una ouija de papel con letras hechas con crayón, y utilizamos un vaso de puntero. Nos sentamos alrededor del papel en círculo, en el suelo y comenzaste a hablar “¿Hay alguien ahí?”

Nada, no pasó nada, y a la segunda o tercera vez que preguntaste, cuando ya estábamos a punto de irnos a seguir haciendo nada a otra parte o a comprar más papitas, el vaso se empezó a mover...

Y este puntero se fue posicionando en todas y cada una de las letras de la palabra S-A-T-A-N.

Ahí me puse histérica y les dije a ustedes que, sea quien fuera que se estuviera haciendo la graciosa, que no siguieran, que con los espíritus no se jugaba, pero Geo, tú insistías en seguir.

¿Dónde te encuentras ahora mismo? —preguntó la Hillary, envalentonada la méndiga pelirroja.

El vaso se movía letra a letra muy de prisa, y formó: «T-E-C-H-O».

Yo ya me zurraba de miedo, y de pronto sentí que me daban un empujón en la espalda y pegué un grito que se ha de haber escuchado hasta Aldama, y muerta de miedo te pedí, mi Geíto, que pararas, que ya era suficiente, que me daba miedo... Y tú le dijiste a quien fuera que nos estuviera haciendo eso, que se fuera, por favor, que nos dejara en paz.

Entonces, solo, sin que nadie lo estuviera tocando, el vaso se movió en círculos y de pronto paró.

Me preparaba yo para salir corriendo sin parar hasta mi casa, y cuando me di la vuelta, que me dice Felipa:

Bertha Alicia, no tengas miedo, pero mírate la espalda en el espejo.

Sabiendo que no bromeaba «La Pipa», ahí mismo me quité la blusa y me fui —nos fuimos las cuatro— a tu recámara, Georgina, a verme la espalda en tu espejo.
Y ahí, justo en el medio de la espalda, centraditas, estaban dos manchas de moretones, igualitos que si fueran las pezuñas de algún animal como una chiva.

Ahí me diste tú una camiseta de las tuyas, tiré mi blusa a la basura, y muerta de miedo me fui a mi casa, donde en la noche soñé pesadillas espantosas en las que machos cabríos me perseguían para clavarme los cuernos y patearme la espalda con unas pezuñas gigantescas.

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