El horror nuestro de cada día (306)

«HERMANITO MELCHOR, ¿YA VIENEN?»


El horror nuestro de cada día (306)

La Crónica de Chihuahua
2 de agosto, 16:34 pm

Por Froilán Meza Rivera

Nunca supo el prisionero si la visita que había recibido durante la noche fue un sueño, o si un espíritu maligno acudió a darle falsas esperanzas, pero él quiso aferrarse a la convicción de que se trató del mismísimo Arcángel Miguel.

En esa celda fría y húmeda, confinada hasta el último rincón de la torre del antiguo Convento de las Capuchinas convertido en cuartel militar, Miguel Hidalgo fue despertado la víspera de su ejecución. Eran ruidos de pasos en la escalera, y era el inconfundible sonido de armaduras y pertrechos de armas sonando contra los cuerpos que los portaban.

No pudo el prisionero dar crédito a lo que sus ojos le mostraban: envuelto en peto de cuero, cota de malla, guanteletes, y calzado con greba, escarpe y rodillera, al estilo de los militares de la Conquista, un joven alto y moreno de dulce rostro se presentó a él, escoltado por otros dos en similares vestimentas pero velados sus rostros por el casco en bacinete.

«Señor bachiller don Miguel Hidalgo y Costilla, sabedor de que habréis de rendir cuentas en breve, tengo la misión de daros consuelo y de deciros que nada debéis de temer, porque a lo largo de vuestra vida habéis obrado conforme a los mejores dictados de vuestra conciencia. La ley de los hombres no es la ley de Dios, tenedlo en cuenta, y partid con orgullo, partid con honor y, para decirlo con vuestras palabras, con la satisfacción del deber cumplido. Así sea.»

Fue hasta después de que partió este cortejo dejándolo de nuevo a oscuras, cuando Miguel se dio cuenta de que sus cuerpos habían llegado envueltos en una luz potente, sin antorcha alguna, sin fuente visible de fuego o luminosidad.

El rendido Padre de la Patria no pudo responder media palabra al joven militar que tan sorpresivamente lo visitó, de tan aturdido como quedó con la aparición, pero no perdió tiempo para preguntar a su carcelero -en cuanto éste vino a verlo antes del amanecer- que quién era el personaje que dejaron pasar a la celda.

«¿De qué me habla, señor cura? Nadie vino a ninguna hora».

«Melchor, amigo querido, en esta hora de mi vida he recibido la visita celestial del mismísimo Arcángel Miguel, aunque no lo creas».

Al alba, se presentó el padre don Juan José Baca a impartir a Hidalgo los últimos auxilios de la religión. Dicen que estaba el condenado más sereno, además de penetrado de un gran espíritu de humildad. Se confesó, le fue dada la absolución y recibió la comunión.

Se le trajo el desayuno, consistente en chocolate, «que tomó con extraordinario apetito -según describe don Luis Castillo Ledón-, y como notara que se le había servido menor cantidad de leche en el vaso que de ordinario se le llevaba aparte, pidió más, expresando con aire de buen humor que no porque se le iba a quitar la vida, se le disminuyera la cantidad de leche».

Después del desayuno, mandó llamar al alcaide Melchor Guaspe y le ofreció como obsequio una linda cajita de rapé. El hombre se negaba a aceptarla, pero Hidalgo insistió: «Se la doy para que se acuerde de mí, y para que tome usted polvos».

Hubo un momento de miradas en silencio.

El bachiller en Teología, párroco de la Congregación de Los Dolores, «El Zorro» como le apodaron sus compañeros estudiantes en el Seminario por su sagacidad, el jefe insurgente de la guerra de independencia, el que fue conocido posteriormente como El Padre de la Patria, llegó resignado al final de sus días.

Un rumor de pasos y de botas militares se escuchó a lo lejos.

Lo iban a fusilar.

«Hermanito Melchor, ¿ya vienen?»

«Ya vienen, señor cura» -Respondió Guaspe, quien tan rápido como pudo, se enjugó con la palma las lágrimas que empezaron a brotar de sus ojos.

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