El horror nuestro de cada día (300)

SINIESTROS COLECCIONISTAS DE MATERIAL GENÉTICO


El horror nuestro de cada día (300)

La Crónica de Chihuahua
2 de junio, 18:12 pm

Por Froilán Meza Rivera

Ciudad Delicias, Chih.- Clara, exacta y luminosa como una proyección cinematográfica, recordé la escena absurda de aquella anciana desprendiéndome una tirita de piel de la pierna y sacándome un chisguete de sangre del cuello.

¿Qué significaba aquello? ¿Por qué fui yo tan pasivo ante la amenaza? La señora bajita y rechoncha de pelo cano, con toda la apariencia de una abuelita ama de casa y bonachona, colocó las reliquias de mi persona en una especie de estante metálico. No tuvo empacho en que yo fisgoneara al interior del archivero en el que colgaban cientos de sobres con el mismo bultito de un frasco de sangre en cada uno, el estuchito con las tiras de piel, y una foto en blanco y negro de cada dueño de las muestras.

¿Para qué se iba a molestar en ocultarme aquel muestrario del horror, si ese recuerdo iba a ser borrado de inmediato de mi mente?

El caso es que un vestigio de esa memoria oculta y recóndita afloró en mi caso bajo la forma de un recuerdo exacto y meticulosamente detallado. Como un sueño, vino a mi memoria el día preciso de mi entrada en aquella casa, siendo yo un niño de primero de primaria en la primavera de 1967. ¿Entré drogado? ¿Estaba soñando?

Lo cierto es que en el recuerdo aparecieron detalles del interior de aquel inmueble que pude comparar con idénticos recuerdos de los miembros de una asociación fraternal de víctimas a la que de pronto me sumé en automático.

No había una razón lógica para que yo hubiese entrado por mi voluntad en la casa de ladrillos, a ninguna edad, porque nunca tuve ningún conocido en esa cuadra, ni en varias cuadras a la redonda, y el recuerdo de esa mi visita quedó escondido en un oscuro rincón del subconsciente.

Ahora la veo bien: en la calle Cuarta Poniente, en el mero costado Norte del enorme baldío que es ahora la Plaza del Santuario, exactamente donde está ahora el edificio de la estación de Radio 6-60, estaba la casa de ladrillos.

La dicha casa llamaba la atención porque en su fachada no tenía enjarre, ni pintura, sino los rojos ladrillos pelones, lo que 30 años después fue una moda pero que en 1967 era una verdadera excentricidad. Ladrillo rojo aparente. Grandes ventanas. Una reja metálica al frente y un jardincito con las matas y las flores usuales para esta región del mundo.

Todo comenzó, o mejor dicho, recomenzó, con una llamada, 38 años después de aquellos sucesos.

La primera reacción que tuve al recibir aquella comunicación, fue colgarle al bromista que estaba del otro lado de la línea. Con la llamada misteriosa que llegó a mi celular, una voz ronca y apagada me aseguró que no me arrepentiría de acudir a una cita en el vado de Rosales.

Yo me propuse seguirle la corriente... ¿qué podía perder?

Las instrucciones eran simples: nos veríamos el lunes a la entrada de la pista de carreras de caballos, a las 11.

Esto fue apenas en octubre del 2005. Yo ya había sufrido el renacimiento del recuerdo de la casa de ladrillos, que desde hacía cuatro días acudía a mi mente cada mañana con nuevos detalles, pero que nunca asocié con ningún suceso real de mi pasado.

Yo nunca creí, como ahora tampoco creo en absoluto, en el mito de los extraterrestres a bordo de los platillos voladores que andan de visita en la Tierra. Considero los cuentos de extraterrestres y las historias de charlatanes como Jaime Maussán, como una forma de engaño que tiene el lucro como único fin. Pero el hecho que desencadenó la ola de recuerdos fue precisamente un artículo en Internet que hablaba de las llamadas «abducciones» o secuestros realizados por los supuestos «aliens».

Ese texto decía:

«Virtualmente, cada cosa que hacen los extraterrestres, la hacen al servicio de su programa de abducciones. Cada actividad, aparentemente incomprensible o absurda, tiene, una vez que se la examina, una base lógica. Una por una, estas acciones han empezado a perder su misterio y revelan sus propósitos verdaderos. Cuando los investigadores supieron por primera vez acerca del fenómeno de la abducción, asumieron por lo general que, si era real, el objetivo de esas abducciones era investigar a la raza humana. Pero debido a que ese patrón se repetía tanto, concluyeron que los»aliens«estaban realizando un estudio de largo alcance y colectando información de manera benigna y muy amplia».

Hasta aquí el texto que desencadenó la afloración de mis recuerdos. A la madrugada siguiente, estaba yo despierto en la cama con el recuerdo de la casa de ladrillos. El individuo ronco y de voz apagada resultó ser Luis Sáenz, un antiguo condiscípulo mío en segundo de primaria que cursó ese grado conmigo en la «escuela del pozo», como llamábamos a esa prima máter, la escuela Constitución número 205.

Luis, obsesionado con el tema de la afloración de recuerdos desde por lo menos un año antes que yo, ya había formado una extensa red con individuos como nosotros que, a la misma edad de seis años y medio, habían sido «estudiados» en la casa de ladrillo.

Cuando me incorporé a la llamada «Fraternidad de los Recuerdos», ya éramos 65 hombres y mujeres, comprobados uno por uno, que compartíamos los mismos detalles de nuestra entrada individual a esa casa.

La misma ancianita bonachona, el mismo juego de sala, la mesita de madera en el comedor, la pintura verde pálido en los muros, el enorme archivero disfrazado de alacena, la aguja extrayéndonos la sangre, las mismas pincitas curiosamente pequeñas con que nos arrancaban tiras de piel, y la misma colección de «expedientes» que, según pudimos concluir, podría llegar a los 500 individuos.

¿Cuál fue el error de aquellos coleccionistas de material genético y de identidades? ¿Por qué recuperamos de repente y casi al mismo tiempo todos, la memoria de ese episodio sepultado en nuestras mentes?

No lo sabemos, pero algo que sí puedo asegurar es que nuestras investigaciones han sido sumamente fructíferas, y que en poco tiempo daremos a conocer los resultados, que serán una verdadera bomba que habrá de explotarle en la cara a la humanidad.
Por el momento, me reservo cualquier detalle sobre la identidad de los misteriosos seres que, entre 1955 y 1968, coleccionaron vestigios y material genético de los habitantes de Ciudad Delicias.

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