El horror nuestro de cada día (298)

FRIO DE MUERTE


El horror nuestro de cada día (298)

La Crónica de Chihuahua
26 de mayo, 18:22 pm

Por Froilán Meza Rivera

"Tengo frío en el corazón y tiemblo
desde las profundidades del dolor te llamo
con un grito inhumano
como si pariera".

(«Tengo frío». Georges Bataille)

Desde lo profundo de las brumas de alcohol que envolvían su cabeza y su entendimiento, Jennifer «La Güera» abrió los ojos, y un relámpago que latigueó sus sentidos embotados, le hizo recordar que, por sobre todas las cosas, debía buscar y encontrar de inmediato al «Premezclado», su pareja, a quien sabía en peligro de muerte.

Su teporochito del alma, quien estaría en ese momento tirado semiinconsciente en alguna de las banquetas del Barrio de San Pedro, traía puesta encima una camisa sola y delgadita que no le iba a cubrir del frío glacial que estaba cayendo desde las alturas esa madrugada...

Como pudo, Jennifer se incorporó y se sacudió el brazo peludo que había echado sobre ella el borracho asqueroso, su último cliente quien no dejaba de roncar y de babear en aquel cuartucho de a 30 pesos la hora.

Corrió escaleras abajo en la vieja vecindad abandonada que ahora servía como casa de citas, se fue poniendo los tacones sobre la marcha, y no paró hasta llegar al rectángulo tenebroso de la Plaza del Voceador. Aquí, como nunca, las horas de la noche avanzada eran propicias para concentrar a todo tipo de seres infrahumanos, vampiros inocentes sedientos de calidez, tiernos hombrezuelos ganándose la vida jugándose el pellejo en contactos sospechosos, y por supuesto, los «wainitos», los teporochos, los «chemos», las prostitutas indígenas y sus acompañantes... la fauna variopinta de ese submundo urbano.

El cielo despejado anunció desde temprano, para todo aquél que sepa y quiera leer los anuncios del cielo, que la noche caería gélida, y así se presentó el clima, que empezó en la tarde con temperaturas entre los 7 y los 5 grados centígrados, y que continuó temprano hasta las 10 con un cero grados que debió poner en alerta a todos los descobijados que en la urbe son.

En la noche avanzada, el frío ya se metía en la nariz y te congelaba los mocos, «señal de que ya estaba bien cabrón», como bien lo dijo más tarde uno de los policías que empezaron a recoger borrachines de las calles heladas, en esa emergencia.
La «Jenny» tropezó en la banqueta de la plaza, y al parecer se rompió un tacón, pero no se fijó, concentrada como iba en la búsqueda de su hombre.

La asaltaban unos pensamientos tiernos acerca de su «Premezclado», empezando con la evocación del rarísimo sobrenombre que el teporochín se ganó cuando trabajó como chofer de un trompo en una empresa de concretos. ¡Cuánto llegó a amar a este ser humano tan extraordinario («sólo yo lo conozco en todo lo que vale», pensó), tan humano él, tan solidario hasta en las miserias que arrastraba! Y evocó las veces cuando ella se dio cuenta de que Humberto se quitó —literalmente se arrancó—, la camisa para dársela a algún valedor que no traía o que la había perdido en alguna de esas cotidianas batallas con el prójimo. Jennifer presenció innúmeras veces la incalculable generosidad de su hombre en acciones tan heroicas como partirse la madre por un compañero. O la vez en que acudió al hospital Central a donar una pinta de sangre para el «Carcamán», un viejo pobrecito que sufría convulsiones y se había caído del camión y se partió la cabeza y se desangró. Claro, en el Central no apreciaron el gesto solidario del hombre y vieron nomás a un paria hediondo ensuciándoles el piso relumbroso del hospital con sus zapatos agujerados, digno sólo de echarlo por la fuerza.

«Conmigo, el ’Premezclado’ era puras ternezas, yo les juro, por ésta, que nunca hubo nadie en mi vida tan importante y a quien haya yo querido como a él, ni a mi propia madre, de veras».

Había recorrido la «Jenny» ya la plaza de un extremo a otro, y habíase asomado a las jardineras roñosas, y levantó cada cobija que en toda la plancha de cemento cubría a cada vagabundo, y su hombre no daba trazas de estar cerca.

Bajó la güera la calle que lleva al gimnasio San Pedro, y entró a cada callejón y fisgoneó en cada uno de los rincones del rumbo, y nada encontraba...

Al borde de la desesperación —puesto que más caía la madrugada, y más aumentaba el riesgo de que se le quedara su bomboncito hecho una paleta de hielo—, la mujer de inverosímil faldita corta y abrigo de pieles sintéticas hasta el tobillo, comenzó a llamar a gritos al perdido.

«¡Humberto!»

«¡Humberto!»

«¡Humbertoooooooo!» —Se desgañitaba, taconeando ruidosamente sobre las baldosas en la acera, la prostituta.

Un bultito había, allá al final, casi por la calle del Canal del Chuvíscar, al verlo ella sintió un golpe en el corazón, que le empezó a bombear con fuerza, poco, mucho, mucho ¡pum- pum- pum! hasta que la bomba amenazó con salírsele del pecho. El presentimiento que la había hecho levantarse de las garras del último cliente de la noche, el mismo presentimiento, la golpeaba ahora, a la vista del bulto que se distinguió clarito como un ser humano...

Dos horas después, cuando Jennifer «La Güera» se cansó de llorar sobre el rostro helado de su hombre muerto de frío, algunas amigas la llevaron a que se calentara un poco en una fondita clandestina que seguía abierta a las tres de la mañana, y fue ahí cuando, al calor de un café tremendo de fuerte, pudo decir, ella, que en otra vida siendo hija de familia fue en un tiempo aficionada a la poesía:

"Tu me ahogas como la muerte
lo sé desgraciadamente
sólo te encuentro agonizando
eres bella como la muerte".

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