El horror nuestro de cada día (297)

«SEÑO» VALERIA, LA HORROROSA BRUJA DE LA PERLA, CHIHUAHUA


El horror nuestro de cada día (297)

La Crónica de Chihuahua
24 de mayo, 16:30 pm

Por Froilán Meza Rivera

El claro graznido de un cuervo en el alero del tejado de la casa, a media noche, inquietó a mi tía Guadalupe, quien tenía muchos días sin dormir. Insistente, el graznido se repitió durante varios minutos, y mi tía sintió cuando las garras del avechucho rasgaron la lámina de zinc, al emprender el vuelo.

Casi en seguida, Guadalupe escuchó el golpe seco de algo contra la ventana del cuarto de su hijo, mi primo Pepe, quien yacía víctima de rara enfermedad desde hacía como un año. Con un segundo impacto contra el cristal, éste se rompió con el estrépito de los fragmentos cayendo al piso.

Mi tía corrió de inmediato en pos del enfermo, porque tuvo un presentimiento funesto. Algo de esto, intuyó la mujer, tenía que ver con «la méndiga bruja»...

Mi familia, que es de antigua raigambre minera, está desperdigada en todos los pueblos que se dedican a la actividad de la extracción de minerales y metales, entre Sierra Mojada y Química del Rey, en Coahuila, hasta La Perla, Naica y Aquiles Serdán, de Chihuahua. Una rama del clan familiar, no se sabe por qué avatares de la vida, se fue a residir a la fronteriza y polvorosa Ojinaga, donde mi tía Guadalupe y mi tío Carmelo dejaron prolífica descendencia. Allá en Ojinaga crecieron mis primos, seis hombres y una mujercita, la menor. Y cuando llegó a la edad de 20 años, a mi primo Pepe se le enfermó su padre, ahora sabemos que del mal de Parkinson, pero en aquellos años, en aquellas soledades del rincón más olvidado, pues esas cosas pasaban por «enfermedades misteriosas».

Murió mi tío Carmelo, y todavía no terminaban de llorarle cuando Pepito cayó con los mismos síntomas.

Al primo lo trajeron a Chihuahua, al Seguro Social, con médicos particulares, con sanadores, una vez incluso con un doctor gringo de ésos, eminencias que recorren el mundo en misión de ayudar a los necesitados. Pero igual, nadie acertaba a diagnosticarle su mal.

Fuertes dolores de cabeza, temblores incontrolables, resistencia al movimiento muscular, mareos, atrofia de los músculos motores... el cuadro llegó a verse en el seno familiar como una maldición o, en el peor de los casos, como un embrujo.

Pepito llegó a inmovilizarse casi por completo.

Cansada mi tía Lupita, hizo caso de la sabiduría popular y decidió a llevar a su hijo con una curandera, dizque muy buena y muy sanadora, que residía entonces en el mineral de La Perla, del municipio de Camargo.

«La seño Valeria», como conocían en La Perla a la mujer que curaba, vivía en una chocita de lo más siniestra, compuesta de retazos de tela, cubierta con cueros de chivo y con láminas de hoja de lata requemadas, en la más dispareja y caótica combinación imaginable. El resultado de haber acumulado tanta basura era una impresión deprimente que ofrecía la vivienda.

La suciedad y un fuerte hedor como de carne descompuesta recibían al desprevenido visitante. Nadie se reponía fácilmente del golpe. Se cuenta que hubo una señora rica de Delicias quien se enfermó para toda su vida con la pura impresión y con el olor de muerto, ella, que nomás fue a que le curaran un empacho.

Pero si el ambiente que rodeaba a la curandera era de asco, «la seño Valeria» era todo un espectáculo de terror.

Las ropas de «la bruja», como la nombraban también en el pueblo, eran inconcebibles, y ni el conocedor más profesional de la industria del vestido hubiera podido siquiera describir aquéllo que cubría a ser tan espantoso.

El cabello era una medusa de retorcidas serpientes, hedionda cabeza sobre un rostro de espanto, y los miembros hacían juego con el cabello, de retorcidos... un ser humano así hubiera sembrado el terror en cualquier sitio del mundo, en cualquier época histórica en que se hubiera presentado.

Como pudieron, venciendo el asco, mi tía y su hijo -éste en silla de ruedas- entraron a la morada de la curandera, y aquélla le recetó al paciente unos tes de hierbas que le entregó a mi tía, así como algunas recomendaciones y unos procedimientos parecidos a rituales. En ayunas, se debía colocar al enfermo boca arriba y darle durante diez días la yema de dos huevos de gallina clueca. «Aunque tengan sangre o le salga pollito, se los tiene que comer bocarriba», sentenció la sanadora. A Pepito se le debía ofrecer agua helada cuando tuviera fiebre, pero se le quitaría de la boca antes de que la ingiriera, «hágalo veinte veces en una noche que tenga fiebre», instruyó la curandera. Pegarle con una cuchara de plata, cien veces en cada una de las sienes, antes de acostarlo, fue el colmo de lo absurdo, y hasta a una mujer tan crédula e ignorante -con todo respeto- como lo era mi tía, las recetas le chocaron por inconcebibles, por decir lo menos.

Ya con la desconfianza metida en el ánimo, le preguntó Lupita a «la seño Valeria» que «cómo le va a hacer usté para saber si mejora mi hijo, si nosotros nos vamos a ir a Ojinaga».

La mujer no dijo nada, pero se le quedó viendo a mi tía con una mirada demoniaca que provocó la pronta huida de mis parientes. En el camino de salida de aquella cueva de los horrores, alcanzó a escuchar doña Guadalupe que Valeria musitaba, con voz apenas audible pero muy clara: «Yo lo visitaré cada noche».

«¡Ah, méndiga bruja! Si me lo quieres hechizar, hija de la chingada...» Y se fueron.

Aquella noche en que se quebró el vidrio de la ventana de Pepe, mi tía tuvo que echar a escobazos a una lechuza parda que se agarró a picotear al hombre encamado, hasta que la ahuyentó. Y aunque clausuraron la ventana con unas tablas, y a pesar de que rociaron la recámara con agua bendita, mi primo no tardó en morir.

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