El horror nuestro de cada día (296)

LA ENFERMERA FANTASMA DEL HOSPITAL CENTRAL


El horror nuestro de cada día (296)

La Crónica de Chihuahua
17 de mayo, 12:59 pm

De momento, el raro aspecto de aquella hermosa mujer, ataviada con una larguísima bata blanca y una cofia de tela blanda, no les llamó la atención. Ellos sólo se fijaron en sus finos modales y en la forma amable en que los abordó.

La aparición de una enfermera en el pabellón de enfermos, a media noche, con una curiosa pañoleta que le cubre la frente y el cabello y que usa una especie de gran delantal sobre un vestido negro, parece ser una cosa frecuente en el Hospital Central.

A Leonor y a Lencho les volvió el alma al cuerpo gracias a la intervención providencial de la amabilísima enfermera que les proporcionó un lugar donde dormir. Ellos habían venido de Namiquipa, acompañando a un hijo a quien pateó una yegua y lo dejó con heridas internas. Una vez que los doctores reconocieron y estabilizaron al enfermo y lo programaron para una intervención quirúrgica al día siguiente, los padres permanecieron en el cuarto. Sin embargo, la última enfermera de esa noche, quien pasó con ellos a las nueve, les avisó que deberían retirarse del hospital.

“¿Y ahora, qué hacemos?”

“Híjole, y yo no traigo más que los 100 pesos que le quité a mi compadre antes de venirnos, y lo poco que me quedaba en la cartera ni nos alcanza para rentar un cuarto”.

“Tenemos que escoger entre comer algo o dormir en hotel”.

La noche les cayó encima con aquel problema a cuestas, y ya se retiraban caminando por el anchuroso pasillo principal rumbo a la salida, cuando la mujer les habló. “¿A dónde van? ¿Por qué no se quedan en el hospital?”

—Es que nos acaban de sacar, dicen que no podemos quedarnos en el cuarto del enfermito, que tenemos que irnos, pero pues no tenemos dónde pasar la noche, y tampoco traemos dinero.

“No se preocupen, vengan conmigo”.

Y la extraña y hermosa enfermera, con su uniforme de principios del siglo pasado encima del vestido negro, amplio y con olanes, los condujo hacia un pasillo lateral. “Miren, aquí pueden dormir, hay varias camas y están limpias, no desconfíen, lo que pasa es que es un pabellón que está en reparaciones y nadie viene, sólo les pido que cierren bien la puerta por dentro”.

—Gracias, señorita, es usted muy amable, en verdad que nos sacó de un gran apuro.
“Buenas noches, hasta mañana”.

En la mañana, Leonor Mireles y Lorenzo Escárcega pudieron incluso asearse en un anexo que contaba con sanitario, dentro del mismo pabellón en que durmieron. El día para la pareja transcurrió bien, y el final de la jornada los encontró gozosos por los buenos resultados de la operación de su pequeño.

Al médico que les dejó instrucciones para el cuidado del paciente, Leonor y Lencho le preguntaron por la amable enfermera de la noche anterior. Querían agradecerle sus atenciones.

“No puede ser, después de las once ya no hay enfermeras, sólo la que se queda en el módulo, y a ella sí la conocen ustedes, y saben que sólo se mueve para emergencias”. El doctor les pidió una descripción de la enfermera misteriosa. Supo entonces que la pareja de Namiquipa había sido beneficiada por el fantasma amable. Les pidió que lo condujeran al pabellón donde se habían hospedado, pero se toparon los tres con un muro sólido donde debió estar la puerta del pasillo, y de donde ellos, esa misma mañana, salieron de su albergue. El pabellón “D” había sido clausurado desde hacía como 70 años, y en su lugar quedó sólo la puerta tapiada y, al fondo, un jardín al que se accede por el patio.

“No puede ser, doctor, nosotros aquí nos quedamos anoche, reconozco el lugar porque enfrente está aquel cuadro”.

Los tres se acercaron entonces a la vieja fotografía en la que aparecía, en color sepia deslavado, el personal que trabajaba en el Hospital Central en el año de 1917. “Mire, así es el uniforme de la enfermera de anoche, igualito”, apuntó Lorenzo.

El fantasma de la enfermera amable, de aquella hermosa joven que auxilia a los necesitados, es una aparición bienvenida para quienes no la conocen. Pero entre el personal del viejo nosocomio se cuentan historias rayanas en el terror, en las que enfermeras muertas de principios del siglo pasado se pasean por los pasillos arrastrando los pies de huesos descarnados y despidiendo un penetrante olor a cadáver.

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