El horror nuestro de cada día (291)

LA SILUETA EN EL VENTANAL


El horror nuestro de cada día (291)

La Crónica de Chihuahua
21 de abril, 15:44 pm

Por Froilán Meza Rivera

Se mueve y se dobla como si fuera un ser vivo, siendo que es sólo una silueta, una sombra, algo que semeja un hombre sin serlo.

“Yo me deprimo hondamente cada vez que lo veo. Has de saber que yo tengo necesidad de pasar por ahí a la media noche, y a veces mucho después, y ya me ha tocado su aparición más de diez veces.

La primera noche caminaba por la esquina del Parque Lerdo, exactamente en Sexta y Paseo Bolívar. En el hermoso edificio que alberga hoy a la empresa Lexcorp (creo que es un despacho de abogados o algo relacionado con la abogacía), hay unos ventanales en el segundo piso. Hay uno, el de la derecha, si vas por el Paseo, que sin estar encendida la luz, se llena de un resplandor entre azuloso y plomizo, y fue ahí donde se movió la silueta que yo vi por vez primera.

No es inusual que haya gente a la medianoche y aun después en estos despachos, porque entiendo que surgen trabajos que han de ser preparados en cosa de pocas horas. Así que al ver la luz arriba en la ventana, y que pasaba alguien, yo creí que era algo normal.

Algo muy triste, sin embargo, me invadió nada más de ver la silueta en la ventana aquella. Yo lo atribuí al cansancio por la jornada que estaba a punto de acabar para mí. Pero en cada ocasión que me sucedía pasar ahí y ver la silueta, de la misma manera me entristecía. Sucedió que después de ver durante tres noches seguidas al hombre aquel recortado contra la luz que salía por la ventana de Lexcorp, caí en cama víctima de una depresión feroz que me tumbó.

Ya me estaba yo preocupando, y nada más en cuanto me repuse tantito, me propuse investigar el fondo de aquel suceso misterioso. No quise llegar directamente con el dueño ni con el gerente, porque me iban a mandar sin resolverme nada, y decidí mejor acudir con el vigilante de la noche.

“No, joven, yo soy nuevo aquí, pero a lo mejor tiene más suerte con mi compañero de la mañana, yo sé que él acaba de pedir cambio de turno, así que lo puede encontrar en el horario de la mañana”.

El velador era sincero: llevaba en el puesto tres días escasos. Al día siguiente, su compañero de la mañana me recibió bien, como a un hermano, era muy amable y platicador, pero le cambió la cara en cuanto le dije a qué iba. Se quedó mudo, y entre él y yo se interpuso de repente un silencio muy incómodo.

Silencio...

Me vi forzado a hablar yo. “Sabe, no quiero molestarlo, pero a mí me está afectando pasar por el edificio en las noches, y quiero saber qué es lo que hay ahí, conocer a qué me enfrento...”

Se quedó mirando a mis zapatos un rato, hasta que levantó la cabeza y me miró a los ojos con una mirada diferente a la que normalmente dispensa a quien habla con él. “Yo no sé exactamente qué pasa en estos despachos, pero usted no es el único que ve la silueta en lo alto, ya van muchos los que vienen a preguntar. Lo único que le puedo decir es que a mí me han atormentado las sombras y los ruidos, y varios gritos que se escuchan cada noche, como si estuvieran degollando a alguien... Por eso pedí mi cambio al día...”

Según el guardia, dicen que aquí adentro un hombre mató a su esposa hace muchos años, más de treinta, y desde entonces cada noche es un movedero de sillas, de mesas, y salen las sombras que se entrelazan como si se enzarzaran en una lucha mortal, para terminar con los gritos.

Yo no sé si sea cierta la historia del asesinato, pero lo que yo veo es la pura silueta de un hombre. Está triste, y no me pregunten por qué lo sé, pero es lo que transmite nomás de ver la sombra... pura tristeza. El señor que tiene cada noche un carrito donde vende elotes en la esquina, dice que desde ahí también él y sus clientes ven la silueta que se mueve en el mismo ventanal del segundo piso.


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