El horror nuestro de cada día (287)

EL PERFUMADO DEL VALLE DE ALLENDE


El horror nuestro de cada día (287)

La Crónica de Chihuahua
20 de marzo, 16:00 pm

Por Froilán Meza Rivera

Valle de Allende, Chih.- Un airecillo tibio y repentino me cruzó el rostro, y yo lo sentí como una caricia del viento, pero además el fenómeno me hizo mirar alrededor, porque presentí que estaba recibiendo otro de aquellos regalos personales que me daba la naturaleza. En efecto, en la plaza no soplaba ni la mínima brisa, y el aire estacionado era incapaz en ese momento de levantar la más leve brizna de hierba, ni la pluma más liviana.

Otra vez me sucedía a mí sola.

Lo más curioso era que el airecito se me presentaba perfumado, con perfume de hombre, y digo de una vez que soy mujer ya madura muy entrada en años y que ya hace mucho tiempo que pasaron para mí las ansias amorosas de la juventud. Digo, por lo que se pueda pensar.

El perfume que me envuelve es siempre el mismo: es básicamente floral, con acentos de lavanda y rosa, el toque masculino es de almizcle fuerte, con rastros de salitre, nueces y almendras... perfume de hombre, sin duda, y lo sé porque en mi juventud fui distribuidora por dos años de esos productos de tocador que se venden así precisamente, tocando puertas con catálogo en mano.

En broma, mis amigas dicen que me persigue un fantasma al que ellas llaman “el perfumado”.

Esto empezó a sucederme hace más de seis meses, y he tenido oportunidad de compartir esa “presencia” con otras personas que han estado a mi lado cuando llega el fenómeno. “Pero ¡qué suerte tienes!”, me dicen. “De tanto fantasma que hay en El Valle, de tanto espanto que te llena de miedo, que te hace correr o que te provoca infartos, tuviste la suerte de que se te apareciera el más amable de todos”.

Yo, por cierto, no estoy tan segura de que “el perfumado” sea el más amable de los fantasmas. Me explico:

La primera vez que experimenté la llegada de la ola de perfume, fue en sueños. Soñaba yo que era una matrona romana, que mi marido, un renombrado general, estaba en la Galia Transalpina al mando de un gran ejército, cumpliendo algún mandato del Senado. Me encontraba en los baños públicos, y estaba tendida de espaldas en la mesa de mármol en donde las esclavas nos aplicaban las esencias relajantes y perfumadas después del baño tibio y del vapor. Mara, la familiar esclava griega de los baños, era una especialista en todo tipo de masajes y de untos, y manipulaba tu cuerpo tanta maestría, que te dejaba convertida en una mujer nueva, lista para enfrentar los deberes múltiples de una aristócrata.

En el sueño, que tanto disfruté hasta ese momento, me encontraba yo recibiendo los óleos sobre la espalda y las caderas, cuando sentí de repente un cambio drástico con la llegada de un perfume diferente y de unas manos masculinas que sustituyeron a las de la griega Mara. Quise voltearme para saber qué estaba pasando, pero las manos terribles de un hombre que nunca pude mirar, me atenazaron el cuello al mismo tiempo que me hundieron sobre la espalda un cuchillo que me arrebató la consciencia y la vida.

Desperté sobresaltada, con el perfume saturando mi nariz.

Los siguientes encuentros con “el perfumado” fueron en la plaza, y siempre cuando yo caminaba.

Pero la más reciente de estas apariciones del airecillo perfumado de flores y almizcle fue todo, menos plácido ni mucho menos agradable. Estaba yo en la cocina de la casa de mi tía, que es un edificio del siglo Dieciocho, pleno de presencias no materiales, según se cuenta. Entonces fue que percibí un adelanto del perfume masculino, pero en vez de que llegara completo el aroma a donde yo estaba, en esta ocasión pude ver un trozo de ropas, tal vez un pantalón, flotando a dos metros del rincón en el que me recluí. Ropa grisácea redondeada por la carne supuesta que hay debajo. Fueron tal vez dos o tres segundos, pero suficientes para mí.

El fantasma del “perfumado” dejó de ser agradable en el momento en que se me apareció en su modalidad visual, y desde ese día temo que se me vuelva a mostrar, porque si llega de cuerpo completo, juro que el corazón me va a fallar.

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