El horror nuestro de cada día (280)

EL MANIQUÍ DE LA OCAMPO Y VICTORIA


El horror nuestro de cada día (280)

La Crónica de Chihuahua
14 de junio, 19:51 pm

Por Froilán Meza Rivera

Ramona tomó con toda delicadeza el maniquí de tamaño natural y de aspecto asombrosamente humano, para llevarlo desde el aparador donde se le exhibe, al vestidor en donde tenía ya preparada la nueva indumentaria. Tenía que vestirla con la más reciente y cara creación de las modistas de vestidos de novia.

Manipular al “monigote” –como secretamente y en voz baja llaman las empleadas al maniquí—, siempre les provoca un cierto estremecimiento involuntario a ellas, algo parecido al miedo. Sienten como si cometieran un sacrilegio, porque si bien saben que se trata de una muñeca, algo tiene ésta, como si de su presencia emanara una cosa siniestra que ellas no saben definir.

Al desnudarla, a Ramona le llamó la atención que la ropa interior estuviera manchada de sangre en la baja espalda, como si le hubieran infligido una herida. Nada dijo, pues temió que la encargada pudiera tomar represalias en su contra, ya que ella había sido designada como cuidadora en turno del maniquí más famoso del Norte de México.

Los cuidados de la llamada “hija de Pascualita” consisten en lavarle el cabello, que es natural y que fue injertado uno por uno en donde quiera que la hayan fabricado, así como en darle un baño de esponja al resto del cuerpo, además de cambiarle la vestimenta. Por lo general, el cambio se hace cuando alguna dama casadera pide precisamente para ella el vestido que se exhibe sobre el cuerpo del maniquí.

Nada dijo Ramona entonces, pero como fue despedida de todas maneras la encargada por otro motivo diferente, la nueva cuidadora se dio cuenta de la presencia de aquel líquido rojo oscuro como sangre que, lejos de secarse, manaba constantemente y se desbordaba y chorreaba por la pierna izquierda del maniquí.
Reportó ella de inmediato la anormalidad, y ya no supo qué pasó finalmente con aquel lío, porque ella fue corrida también, sin que mediara explicación.

¿Qué misterio se cierne sobre esta esquina del Centro de la capital?

¿Se trata de un cuerpo humano embalsamado realmente, o es sólo una estrategia publicitaria?

La leyenda cuenta que el día 25 de marzo de 1930, día de la Encarnación, arribó a la ciudad de Chihuahua, a la tienda de vestidos de boda “La Popular”, el maniquí que se hizo famoso porque se esparció el rumor de que era en sus facciones, en todo parecida a su propietaria, Pascuala Esparza Perales de Pérez, y a su hermana Refugio.
“Chonita”, le puso el pueblo como nombre a la recién llegada, por la santa de la fecha en que entró a Chihuahua. La dueña y su hermana, quienes vivían en la trastienda, dejaron que se difundieran murmuraciones acerca de que el maniquí no era otra cosa que el cuerpo embalsamado de la hija muerta de Pascualita.

El hecho es que la ciudad ya se apoderó de la historia, que no está ya más en manos de los dueños de la tienda, y si inicialmente funcionó como un truco publicitario, eso ya se desbordó al haberse apropiado la gente de esta leyenda.

Cuentan la historia de un taxista que estuvo enamorado de la hija de Pascualita y que ésta trató de impedir a toda costa que ese joven humilde se casara con su retoño, porque la madre tenía la mira puesta en jóvenes de familias más pudientes para conseguirse un yerno “más digno”. Dicen que Pascuala Esparza mandó matar al taxista y que la niña se suicidó dejándose caer en una barranca. De esta versión da cuenta un corrido del grupo Los Archies, de Tamaulipas.

Dicen también que una señora –quien ha de tener ahorita como 46 años— en su juventud estuvo comprometida con un novio que era muy celoso. Aquí afuera de la tienda, la mujer estaba viendo los vestidos de novia, y al estar frente a “Chonita”, llegó el muchacho hecho una furia. Algo le reclamó convertido en un energúmeno y en su furia le disparó a la novia.

“Lo último que vi antes de caer sin sentido, fue la cara de ‘Pascualita’, y cuando desperté, estaba encamada en el hospital, pero yo le estoy muy agradecida a ella porque me hizo el milagro”. La señora, aún hoy, pasados ya más de 25 años, le reza a “Pascualita”, que para ella es la representación de una santa.

Grupos de jovencitas llegan aquí a la esquina de Victoria y Ocampo, los jueves, viernes y sábados en la madrugada, después de salir de los antros. Y es para ellas un ritual y toda una experiencia del más allá, permanecer quietas delante del maniquí, esperando que se mueva... como dicen que se mueve, y no falta quienes hasta aseguran que “ella” se va a los bailes.

Tampoco falta quien diga y asegure que, en efecto, la muñeca de tamaño natural y de aspecto asombrosamente humano, le ha guiñado un ojo.


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