El horror nuestro de cada día (111)

SE LO TRAGÓ LA TIERRA


El horror nuestro de cada día (111)

La Crónica de Chihuahua
11 de septiembre, 08:09 am

Por Froilán Meza Rivera

Sólo la cabeza de aquel desgraciado sobresalía del suelo en el patio de la terrosa vecindad, con sus ojos hinchados y llenos de roja sangre y sus cabellos eternamente erizados.

Los ciudadanos del poblado de Abasolo, Guanajuato, eran llevados por la fuerza a mirar la cabeza aquella cuyos ojos se movían de un lado para otro. La boca del infeliz tragado por la tierra se abría y cerraba en muecas espantosas, pero era incapaz de emitir cualquier sonido.

Por lo demás, la cabeza estaba tan inmóvil como el resto de su cuerpo enterrado.
Contaba doña Cata, madre de mi amigo Jesús, que cuando ella era pequeña, sucedió este hecho que fue rememorado por toda la población «por añales».

  • Pero, mamá ¿está usted segura de que es cierto? -la interrogaba Chuy Valles, incrédulo con la incredulidad de sus 16 años rebeldes y contestatarios.

«Pues claro que sí, m’hijo, no lo pongas en duda, que yo lo vi con estos ojos que te ven ahora», le respondía Catalina Avilés a su hijo menor.

En vida, doña Cata recordaba que el día en que se abrió la tierra, ella, jovencita de 15 años, estaba trabajando en la tortillería del pueblo. En aquel entonces -sería acaso a fines de la década de los treinta o a principios del decenio siguiente-, en Abasolo había una sola tortillería. «Pero no creas, hijo, que era como las que hay ahora en Delicias, que cuecen las tortillas y las cortan con máquina, no: había tres pilas de cemento, una para reposar el nixtamal, y otras dos menos hondas, para la masa... pero ya tenían el molino de banda y piedra de moler, que era de donde salía la masa. Eramos varios empleados, y estábamos cuatro mujeres alrededor de un comal muy grande con leña, donde unas cocíamos las tortillas y otras las hacíamos con las manos».

A tres cuadras de la vecindad donde pasó el milagro, trabajaba Cata, y ahí le llegó a ella la noticia que había cundido a toda velocidad por todo Abasolo.

Era aquél un pueblito con calles con burros y caballos entonces.

Pero fue hasta el día siguiente cuando Catita y otras dos tortilleras pidieron permiso al patrón para ir a ver al «endiablado» de los ojos rojos y los pelos parados.

El «endiablado», como pronto nombró la gente al hombre tragado por la tierra, era un individuo del que todos olvidaron el nombre, pero aseguraban que era un vicioso que le pegaba a su propia madre, a quien le exigía que le diera dinero para seguir emborrachándose. La vida de aquella anciana viuda era un infierno, dijeron en el pueblo, porque en lugar de que el hijo sostuviera la casa y los gastos de los dos, él exprimía a la señora, quien se ganaba unos centavos lavando y planchando ajeno.

Después de una de aquellas horribles palizas que endilgaba el desobligado sujeto a su mamá, salió éste al patio rumbo a la salida de la vecindad. Y en medio de un gran estruendo semejante al ruido de las nubes de tormenta, ahí mismo se abrió una enorme grieta en la que cayó el hombre sin remedio.

Hay que decir que era aquélla una de esas clásicas vecindades que tienen un portón al frente y dos hileras de cuartos a los lados, con un patio al centro y a todo lo largo, y una pila de agua y los lavaderos empotrados en la pared del fondo.

El golpeador, decía doña Cata, había recibido un castigo del cielo, y la tierra que lo engulló le dejó la cabeza por fuera, «para escarmiento».

Para ver al hombre, los gendarmes estaban haciendo redada entre la gente de Abasolo -que poco necesitaba que la movieran- para formar largas filas que pasaban por enfrente del «endiablado».

Las personas se santiguaban, porque el presidente municipal y el señor cura decretaron que el castigo de ese hombre era un escarmiento para que los cristianos no se dejaran caer en manos del vicio. Lo cierto es que el espectáculo, si fue cierto todo, debió de haber perturbado la mente y los ánimos de aquellos sencillos campesinos, que tuvieron a partir de entonces al «endiablado» para poblar sus pesadillas.

«¿Y ahí se quedó el hombre con su cabeza de fuera?»

«No. Cuando ya había pasado a verlo toda la gente, hasta los niños de brazos, volvió a escucharse en todo Abasolo un trueno como el primero, y la tierra se abrió otra vez y se acabó de tragar a aquel infeliz».

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