Educación y desarrollo

Por Omar Carreón Abud


Educación y desarrollo

La Crónica de Chihuahua
14 de abril, 15:20 pm

(El autor es ingeniero Agrónomo y luchador social en el estado de Michoacán. Articulista , conferencista y autor del libro: Reivindicar la verdad.)

Si escudriñamos el pasado, nos encontraremos con que existen evidencias de que, desde hace muchos años, al ser humano no solo le preocupaba asegurar la continuidad de su especie sino, más específicamente, que a los miembros de las clases sociales privilegiadas les interesaba preparar a las nuevas generaciones para conservar y acrecentar el poder económico y político que habían acumulado durante generaciones.

La importancia de la buena educación como base del progreso individual y de grupo nos conduce a los poemas homéricos, a las rimas que cantaban los aedos y que congregaban a jóvenes y viejos que, asombrados, no les perdían palabra durante horas.

Años, siglos después, habrían de ponerse por escrito para que pudieran llegar a nosotros como un pálido reflejo de lo que alguna vez fueron.

Y nosotros los leemos ahora, también asombrados; vemos cómo la Ilíada, la historia de los últimos 10 días del asedio de los aqueos a Troya, está llena de combates, actos heroicos, de fuerza, valentía, honor, distinción, deseo de resistir, sobresalir y ser recordado siempre como un guerrero diestro, firme y consecuente hasta el último momento.

Testimoniamos cómo el verdadero héroe de la Ilíada es Héctor, que no es hijo de un dios o una diosa como Aquiles el pélida, sino hijo de hombres, de mortales y, a las puertas de las murallas, se despide de su hijo y su mujer, ríe de buena gana cuando el crío se asusta con el penacho imponente de su casco y vemos cómo su madre y las mujeres lo lloran todavía vivo porque no habría de regresar con vida.

Los antiguos griegos, los de la época en que se recitaban los poemas, sabían perfectamente que tenían que educar a sus hijos en un espíritu guerrero indomable que, siendo ellos miembros de una clase minoritaria en la sociedad, los esclavistas, tenían que ser ellos y sus propios hijos quienes fueran a la guerra para mantener y expandir sus riquezas y dominios y tenían obligadamente que vencer; de ahí el engrandecimiento de la destreza, de la valentía, la fuerza, el honor y del deseo irrefrenable de victoria.

El mismo Héctor, mortal como queda dicho, corre ante la furia invencible de Aquiles, da cinco vueltas a las murallas de Troya y decide arrostrar su destino y morir ante la mirada atónita de sus conciudadanos y sus padres; se detiene, vence sus miedos, enfrenta al invencible, al homicida Aquiles y les deja a los griegos de su época, nos deja también a nosotros, a los hombres de ahora, una lección inmortal.

Ha pasado mucho tiempo desde la época heroica; nuestra realidad es muy diferente y no se trata de beneficiar a las clases explotadoras ya sobradamente beneficiadas, sino al pueblo. La referencia a la Ilíada vale porque encierra algunos valores que deberíamos rescatar y actualizar y porque nos enseña que aquellos hombres sabían lo que querían.

¿Qué es lo que quieren los padres de ahora, los de México, para sus hijos? Diré entre paréntesis, que no me pasa por alto que la propaganda para sembrar valores y costumbres que les sirven a los que nos explotan y oprimen para seguirnos explotando y oprimiendo y, aún más, para reforzar la moderna esclavitud, es poderosísima, casi imbatible e inculca la idea del enriquecimiento fácil y rápido abusando del prójimo.

Aun así, muchos padres de familia han visto que ése no es el camino, que en los últimos años la educación ha sido la vía para lograr en sus hijos una mejoría personal, un ambicionado y justo ascenso en la escala social; y eso prefieren buscar.

“Estudia para que seas alguien en la vida”, es consejo de madre y padre atribulados porque sus hijos lleguen a sufrir cuando mayores la dureza y la crueldad del trabajo asalariado del que solo tiene sus brazos para sobrevivir.

La educación como fuente de progreso personal está en la mente y en los afanes de muchos mexicanos. Tienen sobrada razón.

Pero no se debe señalar que este propósito de la educación –entendido y compartido en todo el mundo– es cada vez más difícil de alcanzar en nuestro país; las clases que nos gobiernan y el modelo económico que defienden, se han encargado de hacer que los profesionistas no trabajen en el área para la que estudian y, la mayoría de las veces, no tengan siquiera un empleo digno de su instrucción.

Y, aun cuando señalo la dificultad para alcanzar este objetivo por parte de padres de familia y estudiantes, afirmo y aseguro que lo entiendo y lo comparto.

Más allá de la justa aspiración a la mejoría personal, la educación debe servir también para la mejoría de los pueblos. En primer término, debe recordarse que cualquier progreso económico en la época actual está íntimamente relacionado con el aumento de la productividad, que consiste en la producción de más y mejores mercancías en el mismo tiempo de trabajo.

¿Y cómo se logra esto? Con mejores materias primas y mejores materias elaboradas, mejores máquinas y aparatos, mejores métodos de organización del trabajo y esto ¿cómo se consigue? Con una base social formada por altos científicos, sabios bien preparados con una educación de excelencia durante generaciones para que descubran, apliquen y, en su caso, vendan las innovaciones a todo el mundo.

Pero resulta que las famosas “innovaciones” en las que ponemos las esperanzas de nuestro futuro son los desechos de nuestros competidores, son lo que ellos ya no necesitan o no necesitan tan prioritariamente porque ya cuentan con avances muy superiores.

Pregunto: Si no estamos formando descubridores, innovadores ¿podemos llegar a ser algún día una de las naciones más desarrolladas del mundo? No, con toda seguridad.

Pero hay más. La ignorancia es la base de la opresión. Cuentan que Catalina La Grande, una mujer progresista, le dijo a su ministro de Educación: “Prepare todo lo necesario porque quiero que cuando yo muera todo el pueblo de Rusia sepa leer y escribir”; “Su majestad –dicen que le contestó el funcionario– eso es muy peligroso”.

Cierta o no la anécdota, su enseñanza no tiene discusión: un pueblo ignorante, que no sabe entender un periódico o un noticiero, que no puede discernir las maldades que se encierran en las frases de las campañas electorales o no conoce las leyes, o no puede ni siquiera encontrar las palabras para dirigirse y enfrentar a un sujeto con saco y corbata, es un pueblo oprimido y explotado. Un pueblo con cultura, con conocimientos, no solo es un pueblo muy difícil de engañar, es un pueblo que se defiende y exige.

Necesitamos entonces una educación adecuada a estos dos propósitos básicos. Para la mejora personal en la vida necesitamos niños y jóvenes trabajadores, conocedores, creativos, muy bien preparados en las ciencias sociales y en las ciencias naturales que puedan competir con los mejores del mundo; necesitamos profesionistas que puedan vender en el mercado laboral lo que saben y no egresados de las escuelas que se sumen a la corrupción que nos agobia porque no tienen capacidad para leer ni el título que les entregaron.

Y desde el punto de vista trascendente, para el progreso de todos los mexicanos sin distinción, necesitamos sabios que generen avances tecnológicos y científicos únicos en el mundo para aplicarlos y para, en su momento, ponerlos a la venta.

Y necesitamos, nos urge, un pueblo culto, conocedor, preparado, consciente de los trastupijes de los políticos venales, consciente de sus derechos y de la forma más eficaz de conquistarlos.

¿Va a lograrse todo esto si la educación de las futuras generaciones está en manos de líderes charros que practican y propugnan la máxima ganancia y el mínimo trabajo?

¿Va a lograrse con la educación en manos de una camarilla que ha renunciado (si alguna vez lo practicó) por completo a trabajar de la mano con el pueblo y ya mira a los padres de familia de los niños que supuestamente educa como sus enemigos a vencer?

¿Va a alcanzarse todo esto con unos altos funcionarios de la educación cuyo progreso personal y político depende de la protección que les brinden y de la complicidad que mantengan con los anteriormente descritos? La mejor respuesta a estas interrogantes la tiene el lector.

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