Cuarentena en hogares pobres, tan grave como el coronavirus

**En ese contexto, la respuesta del gobierno de México a la pandemia ha sido lenta, equivocada e insuficiente, no sólo comparada con la de China sino con la de países más pobres.


Cuarentena en hogares pobres, tan grave como el coronavirus

La Crónica de Chihuahua
12 de abril, 15:06 pm

Por: Homero Aguirre Enríquez/
Vocero Nacional del Movimiento Antorchista

Todo el mundo elogia el exitoso programa de China para contener el brote de coronavirus, lo que implicó mantener en sus casas y garantizar ingresos y alimentos a por lo menos 50 millones de habitantes en varias ciudades que fueron totalmente aisladas del resto del país y cientos de millones más a los que se restringió la movilidad, pero nadie se preocupa por seguir su ejemplo lo más que pueda.

Los gobernantes y el pueblo chinos no sólo garantizaron atención médica, construyeron de inmediato grandes hospitales bien equipados, con médicos y enfermeras expertos, y enviaron miles de toneladas de desinfectantes a las ciudades, sino que el Estado garantizó que la gente que había quedado desempleada recibiera un seguro de desempleo y muchos otros obtuvieron subsidios de vida temporales; enviaron a miles de trabajadores comunitarios a verificar casa por casa las condiciones de vida de personas en necesidad por su edad o afectados de enfermedad y perfeccionaron el mecanismo para suministrar víveres mediante pedidos en línea.

A las empresas no sólo les fueron otorgados créditos blandos, sino que hubo exenciones fiscales, recortes en sus aportaciones a la seguridad social y subsidios a muchas más. Los resultados están a la vista: contuvieron la enfermedad, evitaron el desempleo masivo y no hubo escenas de gente clamando por alimento en las calles, como se ha vuelto cotidiano en nuestra patria y en todo el mundo. Son los resultados de una sociedad organizada de tal manera que la propiedad privada existe y da buenos frutos a los propietarios del capital, pero con un Estado fuerte que pone en primer plano el bienestar de la mayoría y por lo tanto es capaz de impedir que el interés privado ahogue el de esa mayoría. La pandemia puso a prueba el sistema chino y éste demostró que es superior a otros países en donde hay grandes fortunas conviviendo con millones en la miseria y son incapaces hasta de garantizar tapabocas en número suficiente.

En ese contexto, la respuesta del gobierno de México a la pandemia ha sido lenta, equivocada e insuficiente, no sólo comparada con la de China sino con la de países más pobres. Durante semanas el Presidente minimizó el peligro, anunció milagrosos remedios místicos, ocultó los datos reales del número de enfermos e indebidamente alentó a los mexicanos a continuar su vida normal; otros, como el morenista Miguel Barbosa, trivializaron la inminente tragedia (“sólo ataca a los ricos”, dijo el ricacho gobernador) o hicieron mofa de los remedios para curarlo (“se cura con mole de guajolote”, dijo). En resumen, en vez de una acción eficaz y urgente presenciamos un vergonzoso chacoteo de quienes debieran encabezar las medidas para atajar la pandemia que ya ha costado vidas de mucha gente. En contraste, abundan las denuncias de ausencia de pruebas suficientes para detectar el COVID-19, de ocultamiento de los datos reales de enfermos y fallecidos por coronavirus y de imperdonables omisiones en la protección a los médicos y enfermeras que arriesgan su vida por nosotros sin ninguna protección.

El problema es muy grave si nos fijamos en los mexicanos en cuarentena. Expertos muy calificados calculan que en nuestro país hay 91 millones de personas en pobreza, de las cuales hay 46 millones en pobreza extrema, todos ellos viven de lo poco que ganan cotidianamente algunos miembros de la familia. Con la restricción casi absoluta para salir de casa, muchas de esas personas han perdido el empleo en las fábricas y comercios establecidos y otros muchos no pueden desempeñarse como vendedores ambulantes, taqueros, boleros, ferieros, estibadores, albañiles, trabajadoras domésticas, y otras muchas actividades similares en la denominada economía informal; millones de esas personas la están pasando muy mal, requieren ayuda urgente, entregada en forma de despensas o cualquier otra que sea inmediata y resuelva la hambruna que se avecina.

Evidentemente, este planteamiento no abarca todas las aristas del problema que enfrentará el país como consecuencia de la pandemia; sabemos que hay muchas otras acciones qué tomar para levantar a un país que tendrá más problemas que nunca, pero no insistiré en dar recomendaciones a un gobernante como el presidente, que se ha mostrado absolutamente hostil a cualquier idea que no sea la suya. Lo que sí advierto es la inminencia de una hambruna, un problema que amenaza con desbordarse y generar otros dramas terribles.

Estamos de acuerdo con quienes solicitan prórrogas en el pago del servicio de electricidad y agua y que no se suspendan esos servicios por falta de pago, así como con las peticiones de los pequeños y medianos empresarios, que solicitan prórrogas en el pago de sus contribuciones al gobierno, pues evidentemente es imposible para muchos de ellos mantener los empleos que aun se mantienen en pie si al mismo tiempo deben pagar los impuestos. Empecinarse en negarles ese apoyo, como ha hecho el Presidente, provocará más desempleo y más hambre, que no se podrán contener con diatribas desde el podio presidencial ni con medidas antidemocráticas, como ya se asoma en varias partes del país.

Sumemos la voz de millones para que sea escuchado y atendido este grito que lanzan millones de personas empobrecidas y desempleadas, para las cuales la falta de alimentos puede resultar tan mortal como el coronavirus.

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