Crónica de la lucha contra el hambre en Chihuahua

**Las nuevas formas de la denuncia ciudadana en tiempos de la pandemia por el Covid-19.


Crónica de la lucha contra el hambre en Chihuahua

La Crónica de Chihuahua
14 de julio, 12:27 pm

Por Froilán Meza Rivera

Chihuahua.- Acuciados por la crisis tremenda que les cayó encima sin casi ningún aviso, y víctimas preferentes de todos los males que trajo la crisis provocada por el coronavirus, los pobres de Chihuahua se vieron de repente encerrados en sus casas, sin empleo o, en el mejor de los casos, con sus salarios reducidos a la mitad, y tuvieron que enfrentar el tsunami que los inundó, con los pocos recursos que pudieron haber tenido.

Estiraron el gasto hasta lo imposible, redujeron al mínimo el consumo de carnes y quesos, que ya era de por sí insuficiente, y al principio trajeron las caderitas de pollo en oferta a 46 pesos el kilo, ahorita ya ni eso, sólo tortillas y frijoles. El principal problema fue que la gente dejó de percibir ingresos. Echaron mano de todo lo que pudieron llevar a la casa de empeños o a malbaratar en los tianguis que permanecieron abiertos. Mucha gente empezó a participar en el movimiento de los trapos blancos, en exigencia de que el gobierno (en sus tres niveles: municipal, estatal y federal) echaran a andar programas emergentes para surtir despensas y apoyos especiales para las familias más perjudicadas por la pandemia del Covid-19.

El 23 de marzo ya surgía la pregunta: Sin agua, sin drenaje, sin sanidad y sin trabajo, ¿cómo enfrentan los pobres al Covid-19? En Vistas Cerro Grande, en la capital de Chihuahua, hay sectores sin agua, hay muchos hogares en donde el líquido tan apreciado en estos momentos para poder seguir fielmente las recomendaciones de salud, de lavarse constantemente las manos, de desinfectar la ropa, las superficies, la casa, llega en ratos, cuando llega. En La Soledad están peor: ellos tienen el tendido de la red de suministro, pero por dicha red no circula ni una gota de agua partida por la mitad, y el abasto les llega en pipas y la almacenan en tambos y en tinacos. ¿Drenaje? En ambas colonias carecen de drenaje, y la insalubridad contra la que han estado luchando desde hace una década, no tiene para cuando terminar.

El 14 de abril, el hambre ya estaba haciendo estragos. Al respecto, Esther Parra Navarro, comerciante informal de la ciudad de Jiménez, decidió dar su testimonio: “Aprovecho para hacer un llamado al gobierno a que nos brinde ayuda a las personas que vivimos del empleo informal, temporal.”, dijo. En su caso, agregó, “mi trabajo era vender comida afuera de mi casa, en un puesto, y por la contingencia que hay, pues no se puede estar afuera ¿verdad? Entonces, no estamos recibiendo lo que nosotros ganábamos al día”.

El enclaustramiento, con todos sus beneficios, simplemente no funciona si por protegerse de la infección por el Coronavirus, se deja de trabajar para comer; la ecuación es simple: si no trabajas, tu familia no come, y esto se impone como una verdad sin rodeos en la Sierra Tarahumara. Mayra Pérez, habitante del pueblo de San Juanito, el más grande del municipio de Bocoyna, vive esto todos los días. Para esta ama de casa y empleada, lo primero es conseguir y traer el sustento de su hogar. El 16 de abril, Mayra dio su testimonio: “Se ha dicho mucho que se quede uno en su casa, pero tiene una que salir a trabajar”. Es que ella tiene dependientes: una hija de 12 años de edad, también le ayuda a su mamá, que vive con ella, y tiene a un hermano enfermo en cama, quien no puede trabajar. “Y ahora también vive mi abuelito con nosotras, más mi papá y mi mamá”.

Por esas mismas fechas, en Ciudad Delicias se conoció otro testimonio: “Yo estoy a cargo de ellos”, remachó la matrona, en tanto que su mirada brilló de repente, y se le descompuso la expresión, y la voz le temblaba ligeramente. Mi yerno falleció, por desgracia, y desde entonces a mis nietos los tengo yo”. “Solicitamos que el presidente, el gobernador, nos ayuden, por favor, porque ya no tenemos qué comer”. Rodeada de niños, María Isela Núñez Nevárez se atrevió a pedir, ella, quien toda su vida ha sido autosuficiente y nunca pensó que podría llegar a una encrucijada como en la que se ve ahora, el apoyo de las autoridades.

En Jiménez, Chihuahua, con pancartas, alineados frente a la Presidencia Municipal, antorchistas de este municipio, deliberadamente pocos, se mostraron ante los ciudadanos y ante las autoridades, levantando sus voces para que se escucharan en todo México, en demanda de atención a la más elemental de las necesidades del ser humano: “Queremos comida”, dijeron. El 19 de abril, en el marco de la campaña nacional que emprendió el Movimiento Antorchista para que principalmente el Gobierno Federal lleve a la práctica un programa nacional de distribución de alimentos entre las capas más desprotegidas del país, los jimenenses se sumaron con su movilización.

Ya para la tercera semana de abril, las cosas se estaban poniendo color de hormiga, y así igual el ánimo de la gente. “¡Que lo entienda el gobierno, no tenemos con qué pasar la cuarentena!”. El de Estela Jiménez es el testimonio de una madre trabajadora y ama de casa de Ciudad Juárez, donde la clase obrera ha sido azotada desde varios frentes: el enclaustramiento obligatorio, la falta de trabajo, la disminución de los salarios industriales, y el contagio por la pandemia, más el hambre. Ella vendía “segundas” afuera de su domicilio, ropa usada, chacharitas, y no ganaba mucho, “pero estábamos al día”, dice, y se queja porque ahora, con todas las restricciones y las reglas que impusieron las autoridades por la pandemia, “ya no tenemos de dónde agarrar recursos”.

¡Y llegaron los trapos blancos a Chihuahua! En la semana del Día del Trabajo, innumerables familias de todo el estado salieron al frente de sus casas para colocar trapos blancos que fueran visibles, muchos de ellos con leyendas que decían “En casa y con hambre”, “Tenemos hambre”, “Queremos despensas”, “Gobierno, estamos encerrados y tenemos hambre”. Usaron camisetas viejas, manteles y hasta cartulinas blancas, de todo se valieron.

Cientos de videos tomados por los mismos ciudadanos recogieron testimonios de primera mano de las principales víctimas de la tremenda crisis provocada por la pandemia, y la gente de a pie, el ama de casa, el albañil, el obrero, las mujeres indígenas, los campesinos, colonos, hicieron desde entonces suyas las redes sociales y propalaron su verdad y sus condiciones miserables, a la vez que exigían un apoyo alimentario de parte de los gobiernos.

Hoy, a cuatro meses de que la gente se vio obligada a encerrarse, hemos sido ya testigos de sus luchas, de sus denuncias, y celebramos que hayan sido escuchados por el país y por el mundo. Enhorabuena, la clase obrera, los campesinos pobres, supieron adaptarse a las formas modernas de comunicación para hacerse escuchar. Y eso marcó en la historia de México un antes y un después. No es un cambio de fondo en la sociedad todavía, pero indudablemente que es la prueba de que si cambian las circunstancias en 24 horas, un pueblo organizado puede cambiar sus formas de lucha también en 24 horas.

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