Cómo libró su ejecución Lily Jane Gates, la no-bruja de Salem

** —La han acusado de brujería. —Ah… —¿No la sorprende? —No mucho; soy una mujer de ciencia. —Las mujeres no hacen ciencia, solo hijos… —¿Qué clase de ciencia? —De todo un poco, pero prefiero la biología y la... —¡Sacrilegio! —interrumpió Thomas Baxter...


Cómo libró su ejecución Lily Jane Gates, la no-bruja de Salem

La Crónica de Chihuahua
23 de octubre, 16:45 pm

#JDAbrego2022

Salem, Massachusetts, noviembre de 1692.- John Bates suspiró lleno de pesar. Una nueva acusación de brujería había llegado al tribunal y francamente ya comenzaba a hartarse de ellas.

Sobre todo cuando estas iban impulsadas por Ann y Mercy, las dos inquisidoras locales de la comunidad; ambas jovencitas, claramente desequilibradas, hacían de todo por llamar la atención.

Para su mala suerte, las dos eran sirvientas en hogares acomodados y su palabra —respaldada por el dinero— pocas veces solía ser puesta en duda.

—Acusación 113, Lily Jane Gates, 20 años, inglesa, soltera por alguna razón… ¿Cómo se declara?

—¿De qué? —respondió la muchacha, visiblemente sorprendida. John miró a sus compañeros del tribunal y los tres se encogieron de hombros. Resultaba obvio que ninguno sabía que la chica desconocía la razón por la que estaba ahí.

Abrumado, Bates ordenó que los pocos testigos de la audiencia fueran expulsados del edificio. Los curiosos hicieron amago de oponer resistencia, pero desistieron tras oír un murmullo que comparó su actitud con la de las "detestables brujas".

Una vez solos, los cuatro miembros del tribunal miraron a la muchacha por algún rato sin decir palabra. Contrario a lo que esperaban, Lily Jane les sostuvo la mirada.

—¿De verdad no sabe qué hace aquí?
—No tengo la más remota idea…
—La han acusado de brujería.
—Ah…
—¿No la sorprende?
—No mucho; soy una mujer de ciencia.
—Las mujeres no hacen ciencia, solo hijos…

La ocurrencia de John Bates fue celebrada por sus compañeros. Rieron algunos segundos, esperando avergonzar a la supuesta bruja. La chica se mantuvo firme, con las manos en la espalda. Al final fueron ellos los que terminaron sintiéndose incómodos.

—¿Qué clase de ciencia?
—De todo un poco, pero prefiero la biología y la...
—¡Sacrilegio! —interrumpió Thomas Baxter, con un alarido digno de una mano cercenada.

Bates sonrió y prosiguió su interrogatorio:

—Y dígame, "mujer de ciencia" ¿Cuál fue su último avance?

Las risas no se hicieron esperar.

—No es la gran cosa, pero si es útil: es un cataplasma de árnica, coco y pimienta. La mezcla, debidamente reposada, adquiere una consistencia viscosa que puede ser usada para aliviar contusiones, dolores e inflamación. Solo puede aplicarse en la piel; no debe ingerirse por ningún motivo.

Thomas miró a sus compañeros con creciente asombro; hacía años que lo aquejaba una serie de insoportables dolores en las articulaciones y nada había podido brindarle un poco de alivio.

—¿Y de casualidad traerá consigo algo de esa "medicina"?
—¡Siempre! Jamás salgo de casa sin un poco.

La joven extrajo un pequeño contenedor de madera de un bolsillo oculto de su mandil. John Bates abandonó el estrado y se acercó a recibirlo. Lo abrió con cierto recelo pero no tuvo reparo en oler el contenido. Una sonrisa se dibujó en su rostro.

—Plantas. Su brujería son plantas…
—Ciencia —replicó Lily.
—Sí, lo que sea… —dijo mientras le tendía el ungüento al ansioso Thomas—. También nos dijeron que afirma ver cosas invisibles.
—Incorrecto: cosas que no se ven a simple vista.
—Explíquese…
—Tengo un microscopio. Aprendí a fabricar uno con las instrucciones de Anton Van Leeuwenhoek. He logrado detectar algunas bacterias en el agua que tomamos y por eso siempre la hiervo antes de consumirla. Son seres diminutos que solo pueden verse con un lente especial…

Jacob Bridge, quien hasta ese momento se había mantenido en silencio, pidió a John Bates que le cediera la palabra.

—¿En el agua? ¿Como veneno?
—No, no de esa forma. Nadie las puso; ellas viven ahí. A veces nos enferman, y es mejor estar prevenidos. Hervir agua no enoja a Dios.

La mención al Altísimo crispó los nervios de los magistrados. Si bien la mujer no parecía nociva, sí resultaba peligrosamente rebelde.

—¿Y qué me dice de su extraña producción de velas? Dicen que mientras las otras chicas hacen tres, usted hace quince… ¿Cómo puede ser eso posible sin la ayuda de Satán?
—¿Quién?
—¡El acusador! ¡El tentador! ¡El príncipe de las Tinieblas!

Lily torció la boca, confundida.

—Le voy a ser sincera: no creo que el Diablo exista. Prefiero pensar que solo Dios se cruza en nuestro camino… Pero en fin, las velas las hago con moldes: tengo cinco piezas de hierro que engraso cada vez que las uso. Son contenedores que prensan cualquier líquido a la perfección. En ellos vierto la cera caliente y los dejo secar por dos horas. Luego los abro y la vela está hecha. La verdad es muy sencillo.

Los cada vez más sorprendidos miembros del tribunal se miraron los unos a los otros, perplejos. Luego se acercaron hasta que sus cabezas quedaron muy juntas y cuchichearon durante largo rato. Lily Jane los contemplaba absorta.

—¿Y qué hace en Salem? ¿Por qué sigue soltera? ¿Qué pretende provocar en esta comunidad con su extraña ciencia?
—Vine a ver a mi abuela. Este no era el destino final de mi viaje. Lamentablemente murió antes de que yo llegara de Inglaterra, y solo planeaba estar un rato aquí mientras ponía en orden sus asuntos… Nunca pensé que bastaran unos días aquí para ser acusada de bruja…
—¿Y su soltería? ¿Cómo lo explica?
—No soy soltera.
—¡Lo sabía, es consorte de Satán! —exclamó Paul Manton, que estaba ansioso por intervenir aunque fuera una sola vez.

Lily puso los ojos en blanco y John Bates no pudo evitar sonreír. Luego prosiguió:

—¿Dónde está el referido marido?
—Es un explorador. Se supone que debo encontrarlo en Boston en un par de días. Aunque me temo que será él quien termine encontrándome aquí, presa, o en el peor de los casos, muerta.

Sin saber por qué, los cuatro miembros del tribunal agacharon las cabezas, visiblemente avergonzados. En el fondo de su corazón sabían que la muchacha era inocente —y hasta talentosa—, pero no podían simplemente dejarla ir así como así, no con la presión de la gente de afuera. Una condena satisfactoria debía de salir del edificio a como diera lugar: era su única opción.

Thomas Owen, quién había pasado el último cuarto de hora frotándose los brazos con el ungüento de árnica, alzó la mano para pedir la palabra. John Bates lo dejó hacer:

—Señora ¿Su esposo le enseñó a nadar?
—Yo le enseñé a él…
—¡Admirable!
—¿Por qué?
—¡Así será como la "ejecutaremos"!

Lily Jane frunció el ceño. Estaba claro que no tenía idea de lo que hablaba aquel hombre. Sus compañeros estaban igual. Deleitado con la sensación de saber más que todos por primera vez en su vida, Thomas Owen se tomó un breve momento para explicar su no tan descabellado plan:

—Condenaremos a la señora Gates a ser lanzada del Risco del Ángel. Caerá directo al agua y como todos bien saben, ninguna mujer sabe nadar, así que perecerá ahogada sin remedio. Si lo que nos cuenta es cierto, podrá avanzar bajo el agua algunos metros para despistar a los curiosos. Una barca solitaria puede aguardar por ella no muy lejos de la costa.
—Apoyo la moción —agregó Jacob Bridge.
—Y yo— confirmó John Bates
—¡Sea!—exclamó Paul Manton—. Pero móntenla en una escoba, para que parezca que se lanza a volar por los cielos. Y que sea de noche. Su silueta se perderá con más facilidad en el agua oscura.

Satisfechos con el plan, los hombres aguardaron en silencio por la aprobación de Lily Jane. Más que sorprendida, la joven asintió con la cabeza sin decir palabra.

La ejecución quedó fijada para esa noche.

***

Ann y Mercy, las acusadoras, se encargaron de difundir la noticia de que la bruja extranjera sería ejecutada en el Risco del Ángel. Una pequeña multitud se reunió para ser testigo del acontecimiento.

Tras algunas sentidas palabras del siempre estruendoso Paul Manton, la bruja fue lanzada —con todo y escoba— desde lo alto del precipicio hasta las negras y salvajes aguas del Atlántico.

Su cuerpo cayó como roca contra el agua. Jamás emergió, así que los puritanos de Salem coincidieron en qué las corrientes habían arrastrado el cadáver hasta el mismísimo infierno.

Tan vistosa resultó aquella ejecución, que más de uno de los terratenientes locales propusieron que en lugar del vulgar "aplastamiento" hubiera más "purificaciones" por agua. John Bates prometió considerarlo.

No muy lejos de ahí, una joven solitaria remaba con ahínco en dirección a Boston. A pesar de que la noche era oscura, se orientaba a la perfección gracias a su pequeña pero útil brújula.

Satisfecha, se permitió felicitarse por dedicar gran parte de su vida a la búsqueda del conocimiento. No cabía duda; la ciencia era, por mucho, la mejor clase de brujería.