Celebran rarámuris organizados, el Festival Teporaca en Chihuahua

* “Ante la guerra de calumnias, el mejor antídoto son los actos en los que nos hermanamos y estrechamos lazos, como éste”, dijo Lenin Nelson Rosales Córdova, dirigente estatal de los antorchistas.


Celebran rarámuris organizados, el Festival Teporaca en Chihuahua

La Crónica de Chihuahua
24 de abril, 12:43 pm

Chihuahua, Chih.- Dedicado a Onorúame, Dios Padre, la comunidad rarámuri de la ciudad de Chihuahua ha realizado de manera ininterrumpida desde hace ya doce años, el Festival Teporaca de las Artes y las Costumbres, que gira en torno al Yúmare, la ofrenda que comparten los indígenas con sus hermanos chabochis (mestizos) en estrecha convivencia.

La ofrenda consiste en danzar seis, siete y más horas, para que no desaparezca su cultura ancestral en medio de la vorágine en que los envuelve y arrastra la ciudad con su ambiente de consumismo, egoísmo e individualismo a toda costa que carcome las bases de sus costumbres solidarias.

Asimismo, la ofrenda incluye una comida que, de acuerdo a la tradición, es carne de cordero cocida sin sal, pero a la que acá en la ciudad, condimentan y salan debidamente los celebrantes para agasajar a sus invitados, y que como una concesión también a los chabochis, suelen sustituirla por pollo o res: lo importante es mantener la festividad, convocar a las fuerzas divinas en favor de su pueblo, que haya buenas cosechas, y que no falten la tortilla, los frijoles y la sal.

Yúmare y Tutuburi, danza y ofrenda. La una, es una danza Pascola, llamada así por los mismos rarámuris, pero que se funde con la variedad de danza ritual conocida acá en los centros urbanos como matachines, éstos de origen claramente tlaxcalteca. Los “pascolas” se despliegan en el terreno que escogieron previamente los celebrantes, y se les incorpora la gente, todos prácticamente todos en la comunidad, niños y adultos, danzando en círculo ante la ofrenda de carne cocida sin sal y puesta a cubierto en un recipiente con una cruz orlada con un listón blanco. El festival, que incluye cánticos rituales y la ejecución de música de cuerdas (violines, guitarras) e instrumentos de percusión, ha sido adornada en diversas ediciones con bailes folklóricos y danzas rituales, con la presentación de afamados cantantes rarámuris, como Felícitas Durán “La Mariposa de la Sierra” y Martín Makawi, el poeta y cantor, músico excelso quien forma parte del grupo antorchista rarámuri de Vistas Cerro Grande. Las mujeres y niñas participan también en competencias de deportes tradicionales, como las carreras de ariweta, que es el juego de las mujeres tarahumaras. El funcionamiento es similar al juego de la bola, pero aquí se desplaza un aro con la ayuda de una vara. Hay también carreras de 400 metros planos, y el premio a la ganadora consiste en una colección de floridas faldas multicolores.

El nombre de Gabriel Teporaca, o Tepórame, no es casual, porque se trata de un héroe de la resistencia rarámuri, quien murió ahorcado en manos de los españoles.

Teporaca es un símbolo de rebeldía de su raza. En el año de 1652, encabezó una rebelión masiva de los tarahumaras, que se alzaron en armas para terminar con la esclavitud y el despojo de tierras de que los habían hecho víctimas los invasores europeos. Derrotado y aprehendido como fue por los capitanes españoles, Gabriel Tepórame fue colgado del pino más alto de Tomochi el 4 de marzo de 1653, y su cadáver fue dejado ahí, para escarmiento de los de su raza.

EL MEDIO Y SU HERENCIA

Las investigaciones sobre la historia del poblamiento de Chihuahua hacen referencia a que a principios del siglo XVII existían entre 20 mil y 60 mil rarámuris, y que se encontraban distribuidos en las regiones del Centro y Suroeste del actual estado, y no en la Sierra, donde en la actualidad se hallan arrinconados. Sobre dónde vivían, habla el estudio “Ecología, Economía y orden social de los tarahumaras en la época prehispánica y colonial”, de Thomas Hillerkuss: había, dice “… tierras de muy buena labranza y sin grandes necesidades en cuanto a irrigación se refiere. Sobre todo en el Valle del Papigochi, entre Yepómera al norte y Temeichi al sur, alrededor de Coyachi, San Bernabé (hoy Valle de Allende), Satevó, San Felipe y Huejotitán, así como en el valle septentrional de San Pablo (el actual Balleza) y en torno a Nonoava, (donde) los españoles encontraron altas concentraciones de población. Solamente en el valle del Papigochi, la sucesión de planicies cultivadas mostraban gran densidad; varios cronistas hablaron de un único poblado, grande y espacioso”.

Es decir, los rarámuris o tarahumaras no eran los habitantes remontados en las profundidades de la barrancas, como lo son ahora en gran medida, sino que poblaban la fértil región que se conoce como de transición, a la mitad entre los secos valles del centro de Chihuahua y la alta Sierra.

Y hoy en día, las condiciones de sometimiento de que están siendo objeto los tarahumaras en sus tierras, por parte de terratenientes, de las bandas del narcotráfico y por los talamontes que los desplazan de sus lugares, por el hambre y la sequía, por el abandono gubernamental y por la falta de desarrollo social y económico, son empujados a emigrar a las ciudades, donde viven en condiciones de hacinamiento. Acá, la pobreza extrema, las drogas, el desempleo, la falta de servicios en las colonias, los mantienen como parias, y además, existe una enorme presión a adoptar formas de vida ajenas.

Ellos son de suyo generosos, honrados, solidarios, compartidos, agradecidos, pero también bullen en su espíritu las ansias de libertad y de justicia de Gabriel Teporaca, y por eso han decidido organizarse y luchar en la filas del antorchismo, que les da la oportunidad de reivindicar su derecho a una vida digna, libre de explotación, mediante una lucha como la de su héroe histórico, pero organizada, pacífica y con base en la Ley.

“Ante la guerra de calumnias, el mejor antídoto son los actos en los que nos hermanamos y estrechamos lazos, como éste”, dijo Lenin Nelson Rosales Córdova, dirigente estatal de los antorchistas, en referencia a estas celebraciones que son, en muchos sentidos, ejemplares.

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