Catherine, una bailarina de Chicago en La Habana

Por primera vez una bailarina norteamericana llega a La Habana para ser entrenada por la escuela cubana de ballet


Catherine, una bailarina de Chicago en La Habana

La Crónica de Chihuahua
11 de octubre, 22:47 pm

A las afueras de la casona de grandes ventanales arde el Paseo del Prado. En el interior, ligera, elegante y con zapatillas de color rosa, Catherine ensaya el Pas de Deux de Paquita. El majestuoso salón de la Escuela Nacional de Ballet (ENB) pareciera ser su reino.

Una noche, en el frío y moderno Chicago, al finalizar la gala del Ruth Page Center, la Maestra cometió la osadía de invitarla a su escuela. Al año siguiente, la joven de 18 años hace historia: por primera vez una bailarina norteamericana llega a La Habana para ser entrenada por la escuela cubana de ballet y la prensa exige conocerla. “Profe, ¿por qué quieren entrevistarme a mí?, si yo solo he venido a bailar”, inquiere curiosa Catherine Conley.

“Catherine tiene preciosas líneas y una gracia que yo noté inmediatamente. Ella también posee la alta y refinada técnica que distingue a la Ruth Page School. Esperaremos ansiosos por su arribo a La Habana y por la oportunidad de trabajar con ella”, dijo en 2015 la experimentada Ramona de Saá, directora de la Escuela Nacional de Ballet Fernando Alonso.

La muchacha de indeleble sonrisa, cuya familia es originaria de Michigan, no entiende nada. Desde niña anda haciendo piruetas por las calles, playas, parques y puentes de las múltiples ciudades que su familia ha visitado. Ha asistido a cursos de verano en el American Ballet Theater, The Royal Ballet de Londres y el Boston Ballet, pero nunca antes, periodistas insistieron tanto en interrumpir sus horas de ensayo.

¿Cuándo llegaste a La Habana?

—Hace poco más de un mes, el 26 de agosto.

¿Has tenido la oportunidad de andar sus calles?

—Sí, ha sido genial. Al principio fue un poco difícil salir, porque las personas aquí saben a dónde ir, saben cómo llegar, pero para mí tomar un “almendrón” o un autobús fue una experiencia muy fuerte. Estar este mes en Cuba ha sido muy emocionante. La Habana realmente me gusta mucho. Es un poco calurosa respecto a Chicago, pero está bien. Estoy tratando de acostumbrarme al calor, aunque creo que no lo voy a lograr… (Ríe).

¿Dónde estás viviendo?

—En la residencia estudiantil de la escuela, en Centro Habana.

Conley bailó y estudió por más de una década en el Ruth Page Center de las Artes de Chicago y en el Ruth Page Civic Ballet, instituciones que desde 2015 tienen un amplio programa de intercambio con la escuela cubana y llevan el nombre de una famosa bailarina y coreógrafa estadounidense, que visitó la Isla en 1932.

“Yo estuve aquí en octubre del año pasado como parte del intercambio que tiene la Ruth Page con la ENB, desde entonces comenzó mi preparación para venir a la especialización en Cuba. Luego regresé para la audición, en abril. Esta es una de las mejores escuelas mundo. La técnica del ballet aquí es diferente, diría que es mucho más acrobático, los giros, los saltos son mucho más vistosos y trabajados. Y es en eso en lo que realmente soy buena, una de las razones por las que estoy aquí es para mejorar los míos”, confiesa esta atrevida muchacha de cuerpo privilegiado, que por primera vez tiene compañeros de clase varones, en el nivel elemental de la ENB.

Catherine olvidó sus primeros pasos en punta: “Mis padres me dijeron que en la casa bailaba todo el tiempo y creo que a los tres años tuve mi primera clase de ballet, pero no recuerdo mucho. Eso sí, soy la primera bailarina de mi familia”, asegura esta joven que pudo escoger dónde prepararse, en una academia en Estados Unidos, en Europa o en Rusia y escogió la cubana.

¿Conocer a Ramona de Saá ha cambiado tu vida?

—Sí, mucho, creo que si yo no entraba a la escuela cubana este año, probablemente hubiera hablado con ella para entrar el próximo. La noticia vino de momento y para mí es una gran oportunidad, es increíble, especialmente con los nuevos cambios en las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, podría decir que ella creó el camino.

¿Sentiste miedo de venir a Cuba becada por un año?

—No, realmente no me sentí nerviosa por ello, conozco muchos chicos que estuvieron aquí anteriormente, provenientes de otras compañías. Extraño a mis padres, pero tengo dos familias aquí, la familia de mi maestra y la de mi amiga Amanda, ellos me han ayudado a adaptarme. Yo voy a sus casas a cenar, me mandan el almuerzo. Además, mi familia siempre está en contacto conmigo, así que realmente no me siento sola.

Y tus padres… ¿qué dijeron a cerca de tu decisión de estudiar un año en Cuba?

—Ellos están verdaderamente emocionados. Indagaron sobre el lugar dónde iba a vivir, pero no estaban preocupados por mí, porque sabían que era una experiencia única. Incluso compartían sus ideas espontáneamente con otros padres que le preguntaban si no les inquietaba que su hija pasara un año becada en Cuba.

La bailarina de Chicago en La Habana anda asombrada con los cubanos: “Te conocen por primera vez y ya te besan y te preguntan muchas cosas. Las personas en EE.UU. son amables pero acá son mucho más cálidas y amigables, por su cultura. Además hay una apreciación por las artes muy grande, la primera vez que vine a Cuba pude darme cuenta de ello, estaba viendo televisión con la familia de mi profesora y había un canal de ballet en la televisión. Es tan genial que exista un canal sólo dedicado al ballet y a impartir clases por televisión, eso no lo tenemos en EE.UU. Aquí el ballet es visto por todos, no solo por los artistas, es algo muy importante.

En la intersección del Paseo del Prado y la capitalina calle Trocadero, donde nace el elegante palacete, sede de la Escuela Nacional de Ballet, se puede bailar una emoción, una idea y hasta un sueño. La música calla ante la algarabía de los cuerpos. Allí la magia no está en el movimiento, sino en las emociones.

“En la escuela cubana se imparte ballet todo el tiempo, desde edades muy tempranas y la preparación que se recibe permite que puedas incorporarte a compañías de alta calidad en el mundo. Los profesores insisten en la interpretación, en los sentimientos que trasmites, en una ejecución depurada y virtuosa”, comenta Catherine, enamorada de un estilo que distingue a los bailarines cubanos y es patrimonio de la Isla.

Después de esta primera experiencia, ¿crees que otras bailarinas o bailarines americanos quieran venir a estudiar y entrenarse en Cuba? ¿Qué les recomendarías?

—Sí, definitivamente. En el futuro muchos estudiantes norteamericanos vendrán a Cuba. Es fácil la adaptación. Ellos saben que la escuela de ballet cubana es una de las mejores del mundo y ahora, creo que es más accesible para nosotros. Les recomendaría que estuvieran por más tiempo en Cuba, porque los entrenamientos son fuertes, se aprende muy rápido, pero es un poco difícil adaptarse al rigor, aunque con el tiempo se logra.

La cabeza se mantiene mirando un punto fijo y los brazos ayudan a la postura y al giro. Conley baila durante el ensayo como si lo hiciera en el teatro ante cientos de espectadores. Interpretar a Paquita le permite exhibir todas las posibilidades del virtuosismo, es una pieza destinada al total lucimiento de los artistas, de ahí que sus profesores la hayan escogido para ella. Le viene como la banda elástica a la zapatilla.

¿Qué personaje del ballet clásico te gustaría interpretar antes de irte de Cuba?

—Ahora mismo estamos trabajando en el Pas de Deux de Paquita, que me gusta mucho y desearía poder interpretarlo para el público cubano al menos una vez.

¿Admiras a alguna bailarina cubana en especial?

—Viengsay Valdés, ella es preciosa y ha estado bailando por tanto tiempo. Una de las estudiantes que estuvo en nuestra escuela de Chicago hace dos años fue su compañera.

¿Qué cosas te conectan con EE.UU. desde Cuba?

—El ballet, la escuela, encontrar amigos que compartan mi misma pasión, la familia.

El arte quebranta fronteras. Hace un mes que Catherine Conley baila en La Habana y ya promete regresar pronto, aunque todavía le resten 11 meses en Cuba. Antes de venir “sabía que el ballet era algo importante acá, que tenían grandes bailarines, que eran buenos en el béisbol, en la producción de vacunas, que habían muchos cubanos en Miami, conocía la guayabera, pero no mucho más que eso”.

Ahora adora la sazón cubana y le encanta el Vedado: “El vecindario con todas sus grandes y viejas casas, son preciosas, sus árboles, los bancos de los parques, sus restaurantes… y es tan fácil caminar por sus alrededores”.

Recientemente celebró su cumpleaños y lo hizo con la familia de Amanda, su amiga y compañera de clases, comió pastel, algo poco usual para ella, y disfrutó de la música cubana.

Un pas de deux (danza para dos) se ejecuta entre Chicago y La Habana. El majestuoso salón de la Escuela Nacional de Ballet es su reino. Ligera, elegante y con zapatillas de color rosa, Catherine ensaya. A las afueras de la casona de grandes ventanales todavía arde el Paseo del Prado. Ver bailar a Catherine te impide imaginarla fuera de ese estado. Lejos de sus rígidas zapatillas, esas que no le enjaulan los pies, los que llevarán por siempre el estilo cubano.

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