Automatización de la producción agrícola (primera de dos partes)

Por Abel Pérez Zamorano


Automatización de la producción agrícola (primera de dos partes)

La Crónica de Chihuahua
29 de mayo, 11:00 am

(El autor es un chihuahuense nacido en Guazapares, Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics, miembro del Sistema Na cional de Investigadores y profesor-investigador en la División de Ciencias Económico- administrativas de la Universidad Autónoma Chapingo, de la que es director.)

Tres notas publicadas por la revista Tierra Fértil, todas ellas referidas al desarrollo tecnológico en el sector agrícola, han llamado mi atención en virtud de su trascendencia. Me permito ofrecer aquí algunos extractos relevantes. Dice la primera: “Pensilvania, Estados Unidos, octubre 14 de 2017.- La empresa estadounidense CNH global, que integra a la marca New Holland y a CMH industrial [...] ya puso a funcionar al tractor no tripulado de manera directa por la mano del hombre.

Entre las características más destacadas del monstruo que ya transita por las parcelas estadounidenses [...] destaca, la eliminación de cabina para el conductor [...] este tipo de maquinaria agrícola porta un completo sistema autónomo basado en cámaras, radares, GPS y sensores que detectan obstáculos y hacen cambios de rumbo [...] estas máquinas gigantes pueden ser controladas a través de tablet o PC, lo que permite programar tareas sobre proyectos definidos para realizarse de día o de noche.

Este tractor, cuenta con un motor de 419 Caballos de Fuerza (CV) y capacidad de alcanzar una velocidad de hasta 50 kilómetros por hora [...] una sola persona puede operar varios tractores y conocer su ubicación en todo momento hasta desde un Smartphone” (Tierra Fértil, 14 de octubre de 2017).

Segunda: “California, EE. UU., 30 de octubre de 2017 [...] los empresarios del campo que ya no tienen quién les coseche uva, lechuga, brócoli, apio y fresas, pues tienen un déficit de medio millón de trabajadores, ante lo cual optaron por crear robots cosechadores [...]

Las máquinas ya comenzaron a disputarle su espacio a los humanos en la pizca, pues las hay guiadas por computadora que cosechan lechugas y que sustituyen a 20 trabajadores; mientras que otros agricultores dejaron el cultivo de vegetales para sembrar almendras, que solo se cosechan agitando el árbol. Los agricultores del tomate [...] crearon nuevas variedades, como la Roma, cuya piel más gruesa resiste el fuerte trato de una cosechadora mecánica y están a punto de cambiar la disposición de las vides para cosechar uva-pasa al sacudir la planta [...] crearon máquinas para sembrar semillas y plántulas, además, otras para cosechar hortalizas y frutas, cada una de las cuales sustituye entre 20 y 30 trabajadores…” (Tierra Fértil, 30 de octubre de 2017).

Una última nota, sobre el uso de drones en México: “[...] el director general de Agrodrone Cristhian Engemann quien aseguró [...] el uso de drones para fumigar reduce el número de jornaleros hasta en un 50 por ciento y previene la pérdida de cultivos entre un 12 y 19 por ciento” [...] los drones en la fumigación gastan menos agua [...] fumigar mediante el uso de drones, puede reducir las pérdidas en la cosecha que en promedio es de 25 por ciento, para que esta cifra oscile entre 12 y 19 por ciento al final del ciclo” (Tierra Fértil, 12 de febrero de 2018).

Estos sorprendentes progresos constituyen un gran beneficio, en lo inmediato, para quienes controlan el poder económico. Aumentarán las ganancias de las empresas al reducir costos de mano de obra; optimizarán el uso de recursos e insumos, harán más competitiva la producción, permitiendo a los empresarios abrirse paso con más éxito en los mercados del mundo. La reducción del tiempo de trabajo requerido para producir una mercancía conlleva la correspondiente reducción en el valor de ésta, una mejora en la productividad.

Sin embargo, estos progresos, y muchos otros, son el lado luminoso de la Luna, pero existe el lado oscuro. Particularmente preocupante es qué ocurrirá con los trabajadores desplazados; se dice que la aplicación de pesticidas evitará riesgos a su salud, pero el desempleo ocasionará otros, como falta de ingreso y de alimentación.

Ante el entusiasmo que provocan la automatización de los procesos, no queda claro qué será de los braceros mexicanos en Estados Unidos, y qué suerte correrán también los jornaleros que laboran en los campos mexicanos y que obtienen de ahí el sustento de sus familias. Simplemente se les echa a la calle como “insumo” innecesario; así lo dicta el modelo económico; para ellos no hay alternativa, como no sea el despido. El modelo no considera a los trabajadores ni sus necesidades, solo a la empresa y la maximización de su ganancia.

Lo antes expuesto no debe interpretarse como un rechazo a ultranza del desarrollo tecnológico: éste es necesario y constituye por lo demás un rasgo inmanente del sistema capitalista. Pero algunas reflexiones son obligadas; en primer lugar, lo ya dicho: la suerte de los desplazados; segundo, no queda claro qué políticas públicas y programas efectivos está diseñando el gobierno para la protección de los trabajadores, o si solo se limita a aplaudir el desarrollo tecnológico, desentendiéndose de sus consecuencias sociales.

Porque hay algo cierto, en esta sociedad, donde prima la maximización de la ganancia individual como criterio en la toma de decisiones económicas y en el diseño de políticas públicas, el desarrollo de la tecnología provoca el despido de miles, a la postre de millones, de trabajadores.

Tercero, si éstos no encuentran una alternativa, habrá más pobreza, hambre, enfermedad y delincuencia, pues de algún lado habrán de obtener su sustento. Cuarto, como podemos ver, en Estados Unidos cobra particular fuerza la tendencia señalada, y ello implica que la ocupación de migrantes, fuente de vida de muchas familias pobres, caerá en el largo plazo, y esto hace aún más acuciante la necesidad de generar empleos de este lado de la frontera. ¿Cómo enfrentará el gobierno mexicano esta amenaza? Nada se sabe.

Mas éstas solo son las consecuencias más inmediatas del problema, como el desplazamiento de fuerza de trabajo y las medidas que el Estado debería adoptar para proteger a las víctimas. Pero existe otro nivel, digamos otra dimensión, más histórica, si se me permite la expresión: la estructura de la economía en México y el mundo.

Sus implicaciones son más trascendentes, pues cuestionan la viabilidad misma de la organización económica actual, demandando una forma superior, capaz de conciliar el necesario desarrollo tecnológico y el bienestar social, ¡menudo reto, sobre todo para quienes hoy aspiran a gobernar al país!

Reclama una reorganización donde un aspecto no se riña con el otro. ¿Cómo podrá el modelo económico dominante asimilar estas tendencias y seguir funcionando? ¿No será que lo que hoy vemos representa un reto imposible de superar para el actual diseño económico, cuyo éxito más grande parece ser a la vez su mayor peligro? Un acelerado desarrollo de las llamadas fuerzas productivas es triunfo, pero también amenaza para la economía de mercado. A este respecto comentaré en próxima colaboración.

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