Al asalto del cielo: la Comuna de París

** ¡Qué flexibilidad, qué iniciativa histórica, qué capacidad de sacrificio tienen estos parisienses! Se alzan entre las bayonetas prusianas como si (...) el enemigo no estuviese todavía a las puertas de París. La historia no conoce otro ejemplo de semejante heroísmo.


Al asalto del cielo: la Comuna de París

La Crónica de Chihuahua
23 de marzo, 22:14 pm

Christian Castillo/
laizquierdadiario.cl

A 150 años de la proclamación de la Comuna de París presentamos este artículo que, levemente modificado, forma parte de un texto más extenso, el prólogo de Christian Castillo a la compilación de textos de Marx y Engels, Revolución, publicada por Ediciones IPS-CEIP en 2018 con motivo del bicentenario del nacimiento de Karl Marx. En dicha compilación, entre otros textos, se encuentra precisamente La guerra civil en Francia, el trabajo que Marx dedicó a analizar los eventos de la Comuna de París de 1871 y a sacar lecciones programáticas de ellos.

Antecedentes de la Comuna de París

La primera crisis dentro del ciclo de crecimiento capitalista abierto tras la derrota de las revoluciones europeas de 1848 tuvo lugar en 1857, repercutiendo sobre industrias muy importantes de Francia como la textil y la de objetos de lujo. También fue afectada la industria de la construcción. Recordemos que esta industria había tenido un gran auge en Francia a partir de 1850, motorizada por la reconstrucción de París comandada por el barón Hausmann a pedido de Napoleón III entre otras cuestiones para dificultar el levantamiento de barricadas y permitir el desplazamiento de las tropas y los cañones para la represión. Paradójicamente, sería de la construcción de donde surgirían los principales cuadros del nuevo movimiento.

A su vez, Napoleón III, amenazado por la creciente oposición de la burguesía a su régimen a partir del acuerdo de libre comercio con Inglaterra y por su oposición al Papado a partir de 1860, se ve obligado a otorgar ciertas concesiones en relación a las libertades sindicales y de asociación para no quedar aislado.

Fue a partir de estos años que junto con el resurgimiento de este nuevo movimiento obrero volvieron a ganar peso los viejos grupos socialistas en Francia. Entre estos grupos se destacaban en primer lugar los seguidores de Proudhon, que para ese entonces había inmunizado sus viejas tesis de cualquier atisbo de revolución, adaptándose al coqueteo, que obligado por las circunstancias, Napoleón III hacía con sectores del movimiento obrero.

Por otro lado, estaban los sectores influenciados por Blanqui, que para aquel entonces, y como en gran parte de su vida, se encontraba encarcelado por el régimen. Estos sectores eran enemigos encarnizados del imperio napoleónico y desarrollaban su trabajo en la clandestinidad. Dos de los futuros yernos de Marx (Lafargue y Longuet) pertenecían a este grupo.

Este resurgimiento del movimiento obrero no solo tendrá lugar en Francia, sino que se extenderá a los principales países capitalistas. Producto del mismo tendrá lugar en 1864 la fundación de la Asociación Internacional de Trabajadores. Ese mismo año se publicará en Francia el Manifiesto de los Sesenta, que sostendrá: “El sufragio universal nos hizo mayores de edad políticamente, pero nos hace falta todavía emanciparnos socialmente. La libertad que el Tercer Estado supo conquistar con tanto vigor y perseverancia debe extenderse a Francia, país democrático, a todos los ciudadanos. Derecho político igual supone necesariamente un derecho social igual”.

La guerra franco-prusiana y la revolución del 4 de septiembre

Pese a distintas concesiones que marcaron el paso del “imperio autoritario” al “imperio liberal”, el emperador no logró contener el crecimiento de la oposición, tanto burguesa, que desde 1863 se agrupaba en la Unión Liberal encabezada por Thiers [1], como obrera. Mientras crecía la adhesión de los trabajadores a las asociaciones obreras y a la sección francesa de la Internacional, el Gobierno va a perseguir a sus dirigentes: sus tres Consejos fueron sucesivamente encarcelados.

Napoleón III busca ganar prestigio internacional (perdido, entre otras causas, por el apoyo dado a la derrotada aventura militar de Maximiliano de Austria en México, fusilado por Benito Juárez en 1867) y fortalecer su autoridad interna lanzando la guerra contra Prusia, que venía fortaleciéndose bajo el liderazgo de Bismarck [2]. El 15 de julio de 1870, Francia declara la guerra y sus tropas cruzan el Rin buscando anexar Renania. Pero, al contrario de lo esperado por el emperador, Francia va a sufrir una derrota fulminante. Prusia opone 450.000 soldados a 240.000 franceses mal armados y mal organizados. La guerra defensiva inicial se transforma en una invasión de Francia por parte de los prusianos. Las tropas francesas, dirigidas por el general Bazaine, se refugian en Metz, donde a mediados de agosto son bloqueadas por los prusianos. Otro cuerpo de ejército, al mando de Mac Mahon, es derrotado en Sedan, donde se produce el 2 de septiembre la rendición del emperador, que entrega su espada al rey de Prusia.

Ante la derrota, la indignación popular no se hizo esperar. El 4 de septiembre, una multitud con varios reconocidos blanquistas a la cabeza ocupó la Cámara de Diputados obligando a la proclamación de la República. Inmediatamente se formó un Gobierno de Defensa Nacional, que encomendó la defensa de París al general Trochu. Pero, mientras republicanos como Léon Gambetta [3], así como Blanqui y sus seguidores, pretendían realmente hacer frente a los prusianos, la mayoría del nuevo Gobierno preparaba la capitulación que se concretaría pocos meses después.

Como vimos antes, Napoleón III había lanzado la guerra contra Prusia, que rápidamente se transformó en una catástrofe, frente a la cual el pueblo parisino se lanzó a la insurrección el 4 de septiembre de 1870.

El Gobierno de Defensa Nacional

Ese día, cuando la multitud –luego de conocerse la capitulación del Emperador en Sedán– invadió la Cámara de Diputados instando a la proclamación de la República, los veteranos de 1848 podían ver cómo el mismo tipo de hombres que había llegado a la cumbre del poder veintidós años antes con la revolución de febrero se montaban sobre la acción popular para evitar que esta fuese conducida hacia un cambio de régimen social. Durante los mismos acontecimientos, estos hombres lograron evitar que la proclamación de la República fuese atribuida a la acción de los blanquistas, muchos de los cuales se encontraban a la cabeza de los manifestantes. Por ello cuando Eugène Schneider, uno de los seguidores del veterano revolucionario, proclamó el derrocamiento del Imperio y el establecimiento de la República, vaciaron la Cámara con el argumento de que según la tradición, este evento debía realizarse en el Ayuntamiento de París, donde ya ondeaba la bandera roja. A pesar de la acción popular, el nuevo Gobierno, que se autodenominó como “de Defensa Nacional”, reunía tanto monárquicos como republicanos. Incluso cinco de sus miembros habían contribuido directamente a derribar la Segunda República. Entre los monárquicos se contaban orleanistas como el general Le Flô, el almirante Fourichon y el general Trochu, que fue puesto al frente del Gobierno. Había también quienes, si la República se inclinaba hacia posiciones socializantes, no vacilarían en sacrificarla por la monarquía, como Jules Favre –el redactor del decreto que ordenó la deportación sin juicio de los insurrectos de junio de 1848–, Jules Simon y Picard, mientras el ministerio de Obras Públicas quedó en manos del gran industrial Pierre Dorian. Entre los republicanos se contaban León Gambetta, Eugène Pelletan, Garnier-Pagés, Arago y Henri Rochefort. Este último, al igual que los blanquistas Eudes y Brideau, había sido liberado por el levantamiento popular. Es decir, salvo excepciones, un conjunto de aventureros políticos que apenas se diferenciaban del personal político que ocupó el poder durante la fase liberal del Segundo Imperio, ocupó posiciones, cuyo objetivo principal era evitar una revolución social. Como señaló Trotsky, el 4 de septiembre:

El poder cayó en manos de los charlatanes democráticos, los diputados de París. El proletariado parisino no tenía ni un partido ni jefes a los que hubiera estado estrechamente vinculado por anteriores luchas. Los patriotas pequeñoburgueses, que se creían socialistas y buscaban el apoyo de los obreros, carecían por completo de confianza en ellos. No hacían más que socavar la confianza del proletariado en sí mismo, buscando continuamente abogados célebres, periodistas, diputados, cuyo único bagaje consistía en una docena de frases vagamente revolucionarias, para confiarles la dirección del movimiento [4].

Los meses de doble poder

La mayoría del nuevo Gobierno estaba más preocupado por apaciguar al proletariado de París que por enfrentar a los prusianos. Desde un principio, comenzó a preparar la capitulación. Tiempo después, Trochu, quien estaba a cargo de la defensa de París, confesaría en una reunión con los alcaldes de París:

La primera cuestión que mis colegas me plantearon, la misma noche del 4 de septiembre, fue esta: ¿Puede París resistir con alguna probabilidad de éxito un asedio de las tropas prusianas? No vacilé en contestar negativamente. Algunos de ellos aquí presentes certificarán la verdad de mis palabras y la persistencia de mi opinión. Les dije –en estos mismos términos– que, con el actual estado de cosas, el intento de París de afrontar un asedio del Ejército prusiano sería una locura. Una locura heroica –añadía–, sin duda alguna, pero nada más… Los hechos no han desmentido a mis previsiones [5].

De ahí que mientras Jules Favre, ministro de Asuntos Exteriores, fue enviado a entrevistarse con Bismarck, Thiers se paseaba por las cortes europeas buscando forzar un armisticio.

Pero sitiada por los prusianos y traicionada por sus gobernantes, París igualmente resistía. Poco a poco, desde los batallones de la Guardia Nacional, se va ir constituyendo una suerte de poder alternativo al del Gobierno. El llamado Comité de los Veinte Distritos de la Guardia Nacional va a exigir una serie de medidas para enfrentar el sitio: la leva en masa, el envío de comisarios para promover el levantamiento en las provincias, el racionamiento, el armamento de todo el pueblo y el inmediato llamado a elecciones municipales. Ninguna de estas medidas va a ser implementada por el Gobierno.

Marx, por su parte, alertaba sobre los peligros de una insurrección prematura:

Como vemos, la clase obrera de Francia tiene que hacer frente a condiciones dificilísimas. Cualquier intento de derribar al nuevo Gobierno en el trance actual, con el enemigo llamando casi a las puertas de París, sería una locura desesperada. Los obreros franceses deben cumplir con su deber de ciudadanos; pero, al mismo tiempo, no deben dejarse llevar por las tradiciones nacionales de 1792, como los campesinos franceses se dejaron engañar por las tradiciones nacionales del Primer Imperio. Su misión no es repetir el pasado, sino construir el futuro. Que aprovechen serena y resueltamente las oportunidades que les brinda la libertad republicana para trabajar más a fondo en la organización de su propia clase [6].

Blanqui, que inicialmente vuelca junto a sus partidarios todas sus energías a la organización de la defensa, escribe en su periódico La Patria en peligro, el 19 de septiembre, que el Gobierno no era más que “una pálida falsificación del Imperio. También él teme más a la Revolución que a Prusia, y toma sus precauciones contra París, antes de tomarlas contra Guillermo [el rey prusiano, NdeR]”.

Frente a la confirmación de la rendición en Metz del general Bezaine, tiene lugar el 31 de octubre un levantamiento fracasado, que va culminar con una depuración de oficiales blanquistas de la Guardia Nacional y el nombramiento del reaccionario general Clément Thomas al frente de la misma. El Gobierno había reforzado sus posiciones, pero el descontento continuaba. El 16 de enero, una proclama del Comité de los Veinte Distritos afirmaba respecto al Gobierno:

Con su lentitud, su indecisión, los que nos gobiernan nos han conducido al borde del abismo. No han sabido ni administrar ni combatir (…) La gente se muere de frío, ya casi de hambre (…) La perpetuación de este régimen es la capitulación (…) La política, la estrategia, la administración del 4 de septiembre, continuación del Imperio, están juzgadas. ¡Paso al pueblo! ¡Paso a la Comuna!

El 22 de enero se produce un nuevo intento insurreccional, que también termina en una derrota, que permitió al Gobierno tomar una serie de medidas represivas (prohibición de periódicos, cierre de los clubes, detenciones de revolucionarios) e imponer la capitulación. París se rindió finalmente el 28 de enero de 1871. El armisticio establecía una tregua para que el Gobierno francés convocara a elecciones para una Asamblea Nacional que ratifique las condiciones de paz, las que incluían el desarme del Ejército francés, la rendición de varios fuertes, el pago de una indemnización de 200 millones de francos y la cesión a Prusia de Alsacia y Lorena.

Las elecciones se realizaron el 8 de febrero de 1871, consiguiendo un amplio triunfo los sectores monárquicos: entre orleanistas y legitimistas se quedaron con dos tercios del total de las 630 bancas. Aunque París había votado predominantemente candidatos republicanos, el mundo rural apoyaba a los representantes de la reacción, de ahí el mote de “asamblea de los rurales” que recibió este organismo.

La insurrección del 18 de marzo

Los prusianos entrarán en París el 1° de marzo, pero se ubicarán en un pequeño lugar de la ciudad, fundamentalmente en los fuertes del norte y del este, alejados de los distritos obreros. Poco antes, a mediados de febrero, se había conformado la Federación de los batallones de la Guardia Nacional, reemplazando al entonces debilitado Comité de los Veinte Distritos. El 15 de marzo los delegados de los diferentes batallones constituirán finalmente el Comité Central de la Guardia Nacional. El Comité, aunque decide no resistir a los prusianos, resuelve no entregar sus armas, especialmente los 227 cañones y ametralladoras que fueron comprados por el pueblo. Estas armas son trasladadas a los distritos populares de Montmartre y Belleville.

Mientras tanto, la Asamblea Nacional rechaza instalarse en la capital y se traslada a Versalles. Su real objetivo es lograr el desarme de París. Nombra como comandante de la Guardia Nacional, cuyos jefes eran tradicionalmente electos por la tropa, al bonapartista Aurelle de Paladines, y pone fin a la moratoria de todas las deudas comerciales vigente durante la guerra, con lo cual amenazaba con la ruina a la pequeñoburguesía comerciante y artesana. También se opone a dar un nuevo plazo para el pago de los alquileres atrasados debido al sitio y suprimir el sueldo de un franco y medio diario que recibían los miembros de la Guardia Nacional.

Finalmente, Thiers llega a París el 16 de marzo y pretende que el Ejército regular tome el control de los cañones de la Guardia Nacional. Un día después, Blanqui, que se encontraba en la clandestinidad, va a ser detenido y encerrado en la prisión de Figeac. Llegado este punto decía Marx:

Y París solo tenía ahora dos caminos: rendir las armas, siguiendo las órdenes humillantes de los esclavistas amotinados en Burdeos y reconociendo que su revolución del 4 de septiembre no significaba más que un simple traspaso de poderes de Luis Bonaparte a sus rivales monárquicos, o seguir luchando como el campeón abnegado de Francia, cuya salvación de la ruina y cuya regeneración eran imposibles si no se derribaban revolucionariamente las condiciones políticas y sociales que habían engendrado el Segundo Imperio […]. París, extenuado por cinco meses de hambre, no vaciló ni un instante. Heroicamente, decidió correr todos los riesgos de una resistencia contra los conspiradores franceses, aún con los cañones prusianos amenazándolo desde sus propios fuertes [7].

En la mañana del 18 de marzo, con las mujeres a la cabeza, el pueblo de París se insurrecciona, estableciendo desde entonces esta fecha en el calendario revolucionario del proletariado mundial. Los generales Lecomte y Clément Thomas, que habían ordenado tirar contra el pueblo, fueron fusilados por la multitud. La burguesía huye atemorizada frente al pueblo insurrecto, sin dar batalla. El Ejército estaba totalmente desmoralizado, miles de soldados se encontraban prisioneros de los alemanes. El Ejército prusiano, por su parte, no interviene en un primer momento, porque quiere mostrarse relativamente neutral frente a los acontecimientos que sacudían a la sociedad parisina.

Marx como señalamos, había desaconsejado inicialmente la insurrección, advirtiendo que París estaba muy aislado del resto de Francia. Pero una vez desatado el levantamiento es uno de los más ardientes defensores de la Comuna. En abril de 1871 escribe a otro miembro de la Internacional sobre los comuneros:

¡Qué flexibilidad, qué iniciativa histórica, qué capacidad de sacrificio tienen estos parisienses! Después de seis meses de hambre y de ruina, causados más bien por la traición de adentro que por el enemigo de afuera, se alzan entre las bayonetas prusianas como si entre Francia y Alemania nunca hubiera habido guerra y como si el enemigo no estuviese todavía a las puertas de París. La historia no conoce otro ejemplo de semejante heroísmo [8].

Surge el primer Gobierno obrero de la historia

De la insurrección de marzo va a surgir el primer Gobierno obrero de la historia. “La Comuna –decía Marx– era, esencialmente, un Gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo” [9].

Las distintas secciones de París elegían diputados a la Comuna a través del sufragio universal. La mayoría eran obreros; pero también participaba un sector demócrata de las clases medias parisinas, los “jacobinos”. Perspicazmente, una de las primeras medidas tomadas por la Comuna fue dejar sin efecto la medida tomada por la Asamblea de Versalles que anulaba la moratoria al pago de las deudas causadas por el sitio, que llevaba directamente a la ruina a una multitud de pequeños comerciantes y deudores. Las clases dominantes, por su parte, huyen de París a Versalles, a conspirar para aplastar lo que los obreros habían conquistado. Ante la huida de la burguesía, las fábricas quedan sin control, del mismo modo que la Guardia Nacional, y esto genera una amplia actividad de la clase obrera.

Es a partir de esta experiencia que podemos señalar que Marx avanza en dar términos concretos a la noción de dictadura del proletariado, uno de los elementos clave de su teoría política. Dictadura del proletariado significaba que la clase obrera, para lograr su emancipación y para construir la sociedad comunista, inevitablemente debía pasar por un periodo de transición en el que las clases oprimidas dominaran a la minoritaria clase opresora. Marx cree encontrar en la Comuna una primera experiencia de este nuevo tipo de Estado de los trabajadores. Este es el gran significado histórico que tiene la Comuna de París: es la primera experiencia en la que una insurrección obrera no lleva al poder a una u otra fracción de la burguesía, o a una coalición de clases con predominio de la burguesía –como el Gobierno provisional de febrero de 1848–, sino que son los mismos trabajadores los que se hacen del poder del Estado e inician su reconstrucción, al nivel de una ciudad.

No conquistan un Estado obrero, pero sí la forma de organización embrionaria de un Estado de trabajadores, organizado al nivel de una ciudad. La Comuna no logró extenderse nacionalmente, pese a que hay algunas revueltas obreras en otras ciudades simultáneamente, como en Lyon y Marsella. Lo que no quiere decir que los comuneros no tuviesen un proyecto de extensión nacional: tenían la intención de establecer un Gobierno de comunas en toda Francia y una Asamblea Nacional en la que todas tuvieran representación. Pero la burguesía atacaba a la Comuna diciendo que conspiraba contra la unidad del Estado francés, que se trataba de una forma precapitalista de Gobierno, que recordaba las viejas autonomías municipales.

Los rasgos distintivos de la Comuna

Luego de la insurrección del 18 de marzo, el poder quedó inicialmente en manos del Comité Central de la Guardia Nacional, quien va a convocar a elecciones de delegados a la Comuna para el 26 de marzo. Ese día se votaron noventa y dos consejeros, de los cuales veintiuno eran republicanos, ya sea moderados o radicales; dieciocho internacionalistas, principalmente proudhonianos; y cuarenta y cuatro neojacobinos y blanquistas, mientras que nueve escaños quedaron vacantes, ya sea por doble elección o porque los electos no podían ocupar sus cargos, como ocurría con Blanqui y Garibaldi. Entre los electos estaban Varlin, Vallés, Rigault, Jourde, Ferré, Frankel, Vaillant, Tridon, Delescluze, Eude, Vermorel y Flourens, quienes eran algunos de los principales exponentes de las distintas tendencias mencionadas. La Comuna fue proclamada el 28 de marzo. El 16 de abril una elección complementaria para sustituir a 36 consejeros aportó nuevos delegados blanquistas, internacionalistas y neojacobinos.

El primer pilar del nuevo régimen era el armamento de todo el pueblo: suspensión del Ejército profesional y de la policía y su reemplazo por el pueblo en armas organizado en la Guardia Nacional, donde muchos de sus jefes eran proletarios y también había extranjeros. Este era otro rasgo distintivo de la Comuna de París: el internacionalismo.

El segundo pilar de la Comuna era el principio de revocabilidad de los mandatos: quienes fueron electos como diputados eran revocables por sus electores. Un principio ausente de las constituciones burguesas o formulado de tal manera que su implementación se vuelve casi imposible. Este principio luego se repetirá en los soviets (consejos) de la Revolución rusa.

Otra cuestión altamente revolucionaria fue que los diputados cobraran un salario igual al promedio de los salarios obreros. Es importante porque con esto se enfrenta una forma de cooptación propia de los regímenes parlamentarios burgueses. En ellos quien llega a diputado, a senador, recibe un ingreso varias veces superior al de un trabajador, junto con todo tipo de prebendas, que apuntan a formar una casta de políticos profesionales que puedan ser puestos a su servicio por la burguesía. Esta medida de la Comuna apuntaba a evitar el “carrerismo” político. Este principio se extendió a todos los funcionarios públicos, incluidos los jueces, que también pasaron a ser electos por voto popular y revocables.

A su vez, se decreta la separación de la Iglesia del Estado y la expropiación de sus bienes.

Una vez suprimidos –decía Marx– el Ejército permanente y la policía, que eran los elementos del poder material del antiguo Gobierno, la Comuna tomó medidas inmediatas para destruir la fuerza espiritual de la represión, el “poder de los curas”, decretando la separación de la iglesia del Estado y la expropiación de todas las iglesias como corporaciones poseedoras [10].

El quinto elemento era que la Comuna se constituyó como una cámara única ejecutiva y legislativa a la vez. Por ello, cuando Marx se pregunta en qué superó la Comuna al parlamento burgués, responde en que dejó de ser una cámara donde se dan discursos y pasó a ser una “corporación de trabajo” donde las decisiones a tomar eran llevadas adelante por los mismos diputados electos a la Comuna. Con ello se atacaba el principio de la independencia de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial), propio de toda democracia capitalista, cuyo objetivo fundamental no es garantizar los derechos democráticos del pueblo, como arguye la burguesía, sino evitar –o limitar al ejercicio del sufragio– la intervención, presión e incidencia de los trabajadores y el pueblo pobre en la vida política.

Para realizar su tarea de Gobierno, la Comuna funcionó en base a diez comisiones: Ejecutiva, Militar, de Subsistencia, de Finanzas, de Justicia, Seguridad General, Trabajo, Industria y Cambios, Servicios Públicos y Enseñanza. Un mes después de su promulgación, ante el agravamiento del enfrentamiento con Versalles, esta organización descentralizada fue modificada. El 28 de abril, el bloque mayoritario compuesto por jacobinos y blanquistas, con la oposición de la minoría de internacionalistas, aprobó la formación de un Comité de Salvación Pública, que pasaba a tener autoridad sobre el resto de las comisiones. Pero este Comité no llegó realmente a concentrar el poder: sus disposiciones frecuentemente se contradecían con las tomadas por las distintas comisiones de la Comuna y por el Comité Central de la Guardia Nacional. Esta superposición dificultó la eficacia en la toma de decisiones, fundamentalmente en lo que hace a la organización de la acción militar, algo que sufrieron los sucesivos jefes militares de la Comuna (Flourens, Rossel, Cluseret y Dombrowsky).

Durante su existencia, la Comuna también se encargó de emprender una serie de medidas sociales y económicas, que expresaron su carácter de clase proletario. Entre otras, abolió el trabajo nocturno, las multas patronales a los obreros y se impuso que las fábricas abandonadas por sus propietarios y ocupadas por los trabajadores se pongan a producir inmediatamente para la Comuna. Según Marx:

La Comuna aspiraba a la expropiación de los expropiadores. Quería convertir la propiedad individual en una realidad, transformando los medios de producción, la tierra y el capital, que hoy son fundamentalmente medios de esclavización y de explotación del trabajo, en simples instrumentos de trabajo libre y asociado. ¡Pero eso es comunismo, el “irrealizable” comunismo! [11].

Y mostrando cómo la dinámica de los hechos empujaba a los responsables de las medidas económicas tomadas por la Comuna a ir más allá de sus planteos cooperativistas originales, señalaba a quienes querían disminuir el contenido revolucionario de la experiencia realizada:

Si la producción cooperativa ha de ser algo más que una impostura y un engaño; si ha de sustituir al sistema capitalista; si las sociedades cooperativas unidas han de regular la producción nacional con arreglo a un plan común, tomándola bajo su control y poniendo fin a la constante anarquía y a las convulsiones periódicas, consecuencias inevitables de la producción capitalista, ¿qué será eso entonces, caballeros, más que comunismo, comunismo “realizable”?

Guerra civil

La osadía de los comuneros no sería perdonada por la burguesía que se mantenía refugiada en Versalles, a pocos kilómetros de París. Durante el mes de marzo, el movimiento había amenazado con extenderse al interior de Francia. Se dieron levantamientos en diferentes ciudades de provincia como Lyon –donde se establece una Comuna– y Marsella. También hay enfrentamientos en Toulouse, Carbona, Saint Etienne, y Creusot. Pero las acciones locales aisladas sin perspectiva nacional son derrotadas una por una.

Para principios de abril, el movimiento en el interior había cesado. Así es que el 2 de abril, Thiers, en su carácter de jefe de Gobierno nombrado por la Asamblea de “los rurales”, rompe toda negociación con los comuneros, anuncia que el Ejército ha sido reconstituido y está listo para la represión. La burguesía había ganado tiempo, ahora estaba lista para el contraataque. Thiers había constituido un Ejército de 170.000 hombres a partir de las negociaciones con Bismarck que accedió a liberar a los soldados prisioneros de guerra para reprimir la Comuna. La solidaridad de clase de los Gobiernos contrarrevolucionarios supera las divisiones nacionales para masacrar a los obreros insurrectos.

Luego de seis meses de estar sitiada por las tropas prusianas, París sufrió una ofensiva sin cuartel por parte del Gobierno burgués. Thiers lanzó una verdadera guerra de exterminio. Finalmente, el 20 de mayo las fuerzas de Versalles entraron en París. Los comuneros resistieron heroicamente durante ocho días peleando calle por calle pero no pudieron revertir la situación.

En esa semana de enfrentamientos fueron asesinados entre 25 y 30.000 comuneros. Fusilan a niños, a mujeres obreras que resisten hasta el final, combatiendo como pueden. También los que se entregan son fusilados. Toda la burguesía francesa iba a mirar los cadáveres. Otros varios miles fueron deportados o encarcelados. Thiers afirmó: “Yo seré despiadado; la expiación será completa y la justicia inflexible… Hemos alcanzado el objetivo. El orden, la justicia, la civilización obtuvieron al fin la victoria… El suelo está cubierto de sus cadáveres: ese espectáculo horroroso servirá de lección”. Al General Gallifet, uno de los perpetradores de los asesinatos en masa se le atribuye la siguiente frase: “Acabamos con cualquier posibilidad de insurrección en Francia por muchos años”.

Marx y el balance de la Comuna

Muchos miembros de la Asociación Internacional de Trabajadores participan activamente de la Comuna y caen asesinados por la represión. La Internacional se propone aprender las lecciones de esta gran gesta y su significado para la clase obrera, que Marx definía como “la hazaña más gloriosa” del proletariado desde la Insurrección de Junio del ‘48.

Marx redactará el documento conocido como La Guerra Civil en Francia, un manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT). Lo escribe haciendo un muestrario de las lecciones de esta derrota. Es una gran expresión de cómo la clase obrera no aprende filosóficamente y en una escuela ni se educa políticamente en la universidad, sino en la lucha de clases, y también de cómo cada derrota debe ser aprovechada por el proletariado sacando conclusiones que fortalezcan la estrategia revolucionaria. La Comuna de París va a ser la gran insignia del proletariado hasta 1905, su principal fuente de aprendizaje.

Durante la Comuna, sus dirigentes cometerán una serie de vacilaciones políticas que tanto Marx en el Manifiesto de la AIT, como luego Lenin y Trotsky señalarán como fuente de los principales errores políticos que contribuirán a la derrota del movimiento.

El más importante fue no lanzar inmediatamente después de la insurrección del 18 de marzo la ofensiva sobre Versalles. Cuando se produce la insurrección, la Guardia Nacional queda dueña de la situación mientras los versalleses están desorientados y no tienen muchas tropas porque la mayoría está en los campos de prisioneros de los alemanes. Pero los comuneros vacilan en marchar sobre Versalles, disolver la Asamblea Nacional y dejar a la burguesía sin ningún punto de apoyo. Esto fue decisivo porque le dio tiempo a la burguesía francesa para negociar un acuerdo con Bismarck para liberar los prisioneros, reorganizar el Ejército y marchar sobre París. Los comuneros pagaron caro este error político militar. Según Marx:

En su repugnancia a aceptar la guerra civil iniciada por el asalto que Thiers realizó contra Montmartre, el Comité Central se hizo responsable esta vez de un error decisivo: no marchar inmediatamente sobre Versalles, entonces por completo indefenso, acabando así con los manejos conspirativos de Thiers y de sus “rurales”. En vez de hacer esto, volvió a permitirse que el Partido del orden probase sus fuerzas en las urnas el 26 de marzo, día en que se celebraron las elecciones a la Comuna. Aquel día, en las alcaidías de París, los “hombres del orden” cruzaron blandas palabras de conciliación con sus demasiado generosos vencedores, mientras en su interior hacían el voto solemne de exterminarlos en el momento oportuno [12].

Otro error grave fue no utilizar a discreción las reservas del Banco de Francia para los objetivos de defensa de la revolución. Decía Engels al respecto:

Lo más difícil de comprender es indudablemente el santo temor con que aquellos hombres se detuvieron respetuosamente en los umbrales del Banco de Francia. Fue este, además, un error político muy grave. El Banco de Francia en manos de la Comuna hubiera valido más que diez mil rehenes. Hubiera significado la presión de toda la burguesía francesa sobre el Gobierno de Versalles para que negociase la paz con la Comuna [13].

Estos errores no se dan en cualquier momento, sino en medio de una batalla de clases feroz. Entre el poder de Versalles y el poder de la Comuna había escaramuzas militares permanentes. Fusilamientos en masa de los primeros prisioneros tomados por Versalles. Fusilamientos antes de generales por parte de la Comuna. Finalmente, los fusilamientos en masa realizados por los versalleses, que empalidecieron completamente las medidas de represalia tomadas contra el Arzobispo de París y otros rehenes, las que a su vez eran inmediatamente magnificadas por la prensa burguesa para calumniar a la Comuna.

Estas lecciones fueron fundamentales para las próximas revoluciones. De hecho, el Estado obrero surgido de la revolución de octubre de 1917 tendrá como antecedentes, además de la revolución de 1905, la gesta de los comuneros de 1871 [14]. Marx no se equivocaba cuando decía que: “Con la Comuna de París la lucha de la clase obrera contra la clase capitalista y su Estado ha entrado en una nueva fase. Cualesquiera sean sus resultados inmediatos, se ha conquistado un nuevo punto de partida de importancia histórico universal” [15]. Los dirigentes y cuadros del Partido Bolchevique, un tipo de organización cuya carencia se hizo sentir durante los poco más de dos meses que duró la Comuna, fueron justamente forjados en base al aprendizaje de estas conclusiones.

NOTAS AL PIE

[1] Thiers, Louis Adolphe (1797-1877). Entró en la política activa participando en los preparativos de la Revolución de 1830 que derrocó al último Borbón y puso en el trono de Francia a Luis Felipe de Orléans. Fue uno de los inspiradores del régimen liberal moderado que entonces se implantó, contrariando las aspiraciones democráticas de los partidos republicanos. Sucesivamente diputado, consejero de Estado, ministro de Interior, ministro de Asuntos Exteriores y Primer ministro. Como ministro de Interior, hizo una importante contribución al mantenimiento de la monarquía reprimiendo las insurrecciones populares de París y Lyon en 1834. Fue un dirigente destacado del “Partido del orden” y colaboró con Luis Napoleón Bonaparte para hacer aprobar medidas conservadoras. Durante los últimos años del Imperio de Napoleón III fue diputado de la oposición orleanista (monárquico-liberal). Y cuando la derrota en la Guerra Franco-Prusiana provocó el hundimiento del régimen imperial, pasó de nuevo al primer plano de la política francesa como líder del régimen provisional republicano. En 1871 Thiers fue elegido diputado para la Asamblea Nacional que había de constituir el nuevo Estado: una Asamblea de mayoría conservadora, que le designó jefe del poder ejecutivo. Como presidente negoció la paz con Alemania, desató la represión del movimiento insurreccional de la Comuna de París, aplastándolo en un baño de sangre y estableció un consenso entre monárquicos y republicanos para diferir la decisión sobre la forma definitiva que tomaría el Estado.

[2] Bismarck, Otto von (1815-1898). Político prusiano. Como diputado desde 1847, se destacó como adversario de las ideas liberales que por entonces avanzaban en toda Europa; la experiencia revolucionaria de 1848-51 lo radicalizó en sus posturas reaccionarias, convirtiéndolo para siempre en paradigma del autoritarismo y del militarismo prusiano. En los años siguientes ocupó puestos diplomáticos. Desde que el rey Guillermo I lo nombró canciller en 1862, puso en marcha su plan para imponer la hegemonía de Prusia. Empezó por reorganizar y reforzar el ejército prusiano, al que lanzaría a continuación a tres enfrentamientos bélicos en los cuales resultó vencedor: la Guerra de los Ducados (1864); la Guerra Austro-Prusiana (1866) y la Guerra Franco-Prusiana (1870). La política interior de Bismarck se apoyó en un régimen de poder autoritario, a pesar de la apariencia constitucional y del sufragio universal. Inicialmente gobernó en coalición con los liberales, centrándose en contrarrestar la influencia de la Iglesia católica y en favorecer los intereses de los grandes terratenientes mediante una política económica librecambista; en 1879 rompió con los liberales y se alió al partido católico, adoptando posturas proteccionistas que favorecieran el crecimiento industrial. En esa segunda época centró sus esfuerzos en frenar el movimiento obrero alemán, al que ilegalizó aprobando las Leyes Antisocialistas.

[3] Gambetta, Léon (1838-1882). Abogado y político republicano francés, opositor a Napoleón III bajo el Segundo Imperio; a la caída de este régimen, luego de la derrota francesa en la guerra contra Prusia, es nombrado ministro del Interior del Gobierno de Defensa Nacional. Luego ocupará otros cargos políticos. Ya bajo la Tercera República ocupará la presidencia de la Cámara de los Diputados en 1881.

[4] León Trotsky, “Las lecciones de la Comuna”, 4 de febrero de 1921.

[5] Citado por Marx en "La guerra civil en Francia", en Marx / Engels, Revolución, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP, 2018, p. 421.

[6] Karl Marx, “Segundo manifiesto de la AIT sobre la guerra franco-prusiana”, en "La guerra civil en Francia", op. cit., p. 41.

[7] K., Marx, "La guerra civil en Francia", op. cit., p. 431.

[8] K. Marx y F. Engels, Correspondencia, Buenos Aires, Ed. Cartago, 1986, p. 255.

[9] K. Marx, “La guerra civil en Francia”, op. cit., p. 443.

[10] Ibídem, p. 440.

[11] Ibídem, p. 444.

[12] K. Marx, "La guerra civil en Francia", op. cit., p. 435.

[13] F. Engels, “Introducción”, en K. Marx, “La guerra civil en Francia”, op. cit., p. 403.

[14] León Trotsky, “Las lecciones de la Comuna” (extractos), 1921: “La cuestión de la electividad de los mandos fue uno de los motivos del conflicto entre la Guardia Nacional y Thiers. París rehusó aceptar el mando que había designado Thiers. Varlin formuló inmediatamente la reivindicación de que todos los mandos de la Guardia Nacional, sin excepción, fueran elegidos por los propios guardias nacionales. Ese fue el principal apoyo del Comité Central de la Guardia Nacional (…) Esta cuestión debe ser considerada desde dos perspectivas: la política y la militar. Ambas están relacionadas entre sí, pero es preciso distinguirlas. La tarea política consistía en depurar la Guardia Nacional de los mandos contrarrevolucionarios. El único medio para conseguirlo era la total electividad, ya que la mayoría de la Guardia Nacional estaba compuesta de obreros y pequeñoburgueses revolucionarios. Más aún, la divisa de electividad debía ampliarse también a la infantería. De un solo golpe Thiers se hubiera visto privado de su principal arma, la oficialidad contrarrevolucionaria. Pero para realizar este plan al proletariado le faltaba un partido, una organización que dispusiera de adeptos en todas las unidades militares. En una palabra, la electividad, en este caso, no tenía como objetivo inmediato dotar a los batallones de mandos adecuados, sino liberarlos de los mandos adictos a la burguesía. Hubiera sido como una cuña para dividir el Ejército en dos partes, a lo largo de una línea de clase (…). Pero cuando el Ejército se libera del antiguo aparato de mando inevitablemente se produce un debilitamiento de la cohesión en sus filas y la disminución de su espíritu de combate. El nuevo mando elegido es a menudo bastante débil en el terreno técnico-militar y en lo tocante al mantenimiento del orden y la disciplina. De manera que cuando el Ejército se libera del viejo mando contrarrevolucionario que lo oprimía, surge la cuestión de dotarle de un mando revolucionario capaz de cumplir su misión (...) Antes que la gran masa de soldados pudiera adquirir la suficiente experiencia para seleccionar a sus mandos la revolución sería aplastada por el enemigo, que ha aprendido a escoger sus mandos durante siglos. Los métodos de democracia informe (la simple electividad) deben ser completados, y en cierta medida reemplazados, por medidas de cooptación. La revolución debe crear una estructura compuesta de organizadores experimentados, seguros, merecedores de una confianza absoluta, dotada de plenos poderes para escoger, designar y educar a los mandos. Si el particularismo y el autonomismo democrático son extremadamente peligrosos para la revolución proletaria en general, son aún diez veces más peligrosos para el Ejército. Nos lo demostró el ejemplo trágico de la Comuna (…) El Comité Central de la Guardia Nacional basaba su autoridad en la electividad democrática. Pero cuando tuvo necesidad de desplegar al máximo su iniciativa en la ofensiva, sin la dirección de un partido proletario, perdió el rumbo y se apresuró a transmitir sus poderes a los representantes de la Comuna, que necesitaba una base democrática más amplia. Y jugar a las elecciones fue un gran error en ese momento. Pero una vez celebradas las elecciones y reunida la Comuna, hubiera sido preciso que ella misma creara un órgano que concentrara el poder real y reorganizara la Guardia Nacional. Y no fue así. Junto a la Comuna elegida estaba el Comité Central, cuyo carácter electivo le confería una autoridad política gracias a la cual podía enfrentarse a aquella (…) Podemos hojear página por página toda la historia de la Comuna y encontraremos una sola lección: es necesaria la enérgica dirección de un partido”.

[15] K. Marx y F. Engels, Correspondencia, Buenos. Aires., Ed. Cartago, 1987, p. 257.