Acero y aluminio, proteccionismo reforzado en Estados Unidos

Por Abel Pérez Zamorano


Acero y aluminio, proteccionismo reforzado en Estados Unidos

La Crónica de Chihuahua
18 de marzo, 16:00 pm

(El autor es un chihuahuense nacido en Guazapares, es Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics, miembro del Sistema Nacional de Investigadores y profesor-investigador en la División de Ciencias Económico-administrativas de la Universidad Autónoma Chapingo, de la que es director.)

El 1 de marzo, Donald Trump anunció la aplicación de aranceles a las importaciones de acero y aluminio, 25% y 10%, respectivamente. México y Canadá quedan temporalmente exentos de dicha medida, pero esta penderá como espada de Damocles para que ambos países se dobleguen en las negociaciones del TLCAN. El 16 de febrero el Departamento de Comercio presentó un reporte donde resalta que Estados Unidos es el primer importador de acero, pero cada vez produce menos: hoy opera al 73% de su capacidad instalada. Desde el año 2000, diez fundidoras han cerrado, y el empleo en el sector ha caído en 35%; la producción mundial aumentó en 127%, pero la demanda lo hizo en menor medida, generando un exceso mundial (700 millones de toneladas), siete veces superior al consumo norteamericano. China es el principal productor y exportador: en promedio produce mensualmente tanto acero como EE. UU. en un año. Sobre esta base, el Secretario de Comercio, Wilbur Ross, ofreció opciones: un arancel de 24% a todas las importaciones de acero; un arancel mínimo de 53% a 12 países; por último, cuotas de importación. Los principales países de donde importa son: Canadá, Unión Europea, República de Corea, México, Brasil, Japón, Taiwán, China, Rusia y Turquía (Department of Commerce, United States of America, 16 de febrero de 2018).

Sobre el aluminio, el reporte destaca que el crecimiento en las importaciones representa ya ¡el 90% de la demanda!, contra solo 66% en 2012; entre 2013 y 2016 el empleo en este sector industrial cayó en 58%; han cerrado seis fundidoras y solo dos de las cinco restantes operan a toda su capacidad; en contraparte, la demanda nacional ha crecido [o sea, EE. UU. no puede cubrir sus propias necesidades aunque tiene fundidoras para hacerlo; el problema es que su industria no es competitiva ante otros países]. Cuestiona el informe los bajos costos del aluminio chino, que invade el mercado norteamericano. Esta industria está produciendo, en promedio, al 48% de su capacidad y se pretende con aranceles recuperarla al 80%. Para ello se propuso una tarifa mínima de 7.7% al total de importaciones del metal, o un arancel de 23.6 a todos los productos de China, Hong Kong, Rusia, Venezuela y Vietnam; para los demás, cuotas de importación 86.7% inferiores a sus exportaciones de aluminio a EE. UU. del año pasado.

Al respecto, Sputnik (7 de marzo) publica que: “En 2016 China produjo el 51% del acero del mundo, pero en 2000 no llegaba a un tercio. Mientras todos los grandes países redujeron su producción de acero, China la duplicó desde comienzos de siglo. Algo similar sucede con el aluminio: EE. UU. fue un importante productor hasta 2005, siendo rebasado con creces por China que ya produce la mitad del aluminio del mundo”. Y lo anterior ha contribuido en parte al gigantesco déficit comercial total de Estados Unidos: 566 mil millones de dólares, el más alto en 7 años. Pero las acciones sobre acero y aluminio no son hechos aislados: en enero pasado Trump impuso altos aranceles a la importación de lavadoras y paneles solares.

Hay consenso entre analistas económicos en que tales acciones podrían desatar una guerra comercial que ocupe el lugar del precario libre comercio existente. Tales guerras ocurren cuando un gobierno restringe el ingreso de productos de importación provenientes de otros países, sea mediante aranceles (impuestos a las importaciones), cuotas (fijar cantidades tope a las importaciones), o llanamente impidiendo la entrada de ciertos productos de determinadas naciones. Obviamente, esto provoca represalias de la parte afectada, que toma sus propias medidas de protección (acciones compensatorias, les llaman), generándose así un escalamiento que provocará acciones adicionales del país que empezó, y así sucesivamente; alguien ha comparado esto con la Ley del Talión. Precisamente así dio inicio el proteccionismo a resultas de la Gran Depresión, en junio de 1930, cuando Estados Unidos, mediante la Ley de Aranceles (Ley Hawley-Smoot) elevó desmesuradamente los aranceles, provocando una reacción mundial en igual sentido. Pero en estas guerras todo mundo sabe dónde inician mas no dónde terminan. Para empezar, Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, ya declaró que: “No nos quedaremos de brazos cruzados mientras nuestra industria sea golpeada por unas medidas injustas que ponen a miles de empleos europeos en riesgo […] La UE dará una respuesta firme y proporcional para defender nuestros intereses”.

En la economía norteamericana habrá ganadores: el gobierno, que percibe un ingreso adicional por los aranceles, y también las empresas ineficientes, que buscan hacerse competitivas protegiéndose con la fuerza del Estado. Pero hay afectados: los consumidores industriales, pero principalmente los finales, a quienes en última instancia se trasladan siempre los aumentos de precios. Ellos pagarán más caros los productos elaborados con acero y aluminio. Además, se ven dañadas las cadenas de suministro. ¿No dice, pues, el canon neoliberal que el libre comercio permitiría a cada país producir aquello que puede hacer mejor, e importar lo que le es más difícil o costoso? ¿No postula, acaso, que el consumidor gana si se importan productos más baratos? ¿Dónde quedó entonces aquella teoría tenida como incuestionable por la corriente económica dominante?

En lo que hace a la causa, las medidas dejan ver en el fondo serios rezagos en productividad y competitividad de las industrias señaladas, pues incluso el golpe mismo afecta a los propios aliados estratégicos de EE. UU., como lo indica el reporte de Sputnik arriba citado: “La primera cuestión a tener en cuenta es que China no será la principal afectada por esas medidas, sino los aliados más cercanos de Washington. Estados Unidos es el mayor importador de acero del mundo, con 20 millones de toneladas anuales, por 24,000 millones de dólares. El principal abastecedor es Canadá, con el 17% del total, seguido de cerca por Corea del Sur y Brasil. Por el contrario, China es apenas el undécimo exportador de acero a EE. UU. Aliados importantes como Japón, Alemania y Taiwán, serán también perjudicados por las medidas anunciadas”. Pero la evidencia más fuerte de que los aranceles expresan debilidad productiva e incapacidad para competir en buena lid, es la diferencia de costos: EE. UU. produce acero más caro que otros países, y sus industriales prefieran importarlo. El precio en este año, en dólares por tonelada, es como sigue: Estados Unidos 690, Europa 615, Japón 600, China 590 y Rusia 572 (Fuente: FMI).

Así se explica, en el fondo, el empleo de medidas de fuerza, acciones extraeconómicas para impedir la competencia, y queda claro también que la capacidad global alcanzada por las fuerzas productivas rebasa ya con mucho la demanda, lo cual encona enfrentamientos entre países productores, pero a la vez exige el establecimiento de un orden y también de equilibrio en la producción global. Deja ver también cómo la competencia no se resuelve, en este y otros casos, por la eficiencia productiva como criterio económico. La guerra económica se traslada a otros campos de batalla, y el abierto ejercicio de la fuerza atropella incluso principios teóricos como el libre comercio, tenidos hasta hoy como pilares de la economía de mercado.

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