19 de septiembre de 2017

Por Brasil Acosta Peña


19 de septiembre de 2017

La Crónica de Chihuahua
25 de septiembre, 17:35 pm

(El autor es Doctor en economía por el Colegio de México (COOLMEX) con estancia en investigación en la Universidad de Princeton, fue catedrático en el Centro de Investigación y Docencia económica y articulista en la revista económica Trimestre Económico.)

El 19 de septiembre, 15 minutos antes de terminar de dar mi clase de estadística en Chapingo, se empezó a mover el antiguo edificio de Economía. Advertimos el temblor y dimos la alarma para salir del edificio. En un principio el movimiento no fue tan fuerte, pero segundos después comenzó a sentirse con mayor intensidad; la estructura de hierro de las ventanas comenzó a tronar y a sentirse el crujir de los vidrios.

Los alumnos salieron de forma ordenada a la zona segura y ya en ella seguía el temblor y se notaba el vaivén de las cortinas de los salones y el movimiento de los árboles aferrados a la tierra con sus poderosas raíces. Al calmarse la tierra no se podía calmar el alma. Algunos de los alumnos sufrieron leves ataques de pánico y manifestaban la presencia de la adrenalina en sus manos temblorosas.

Comenzaron a correr los datos de la información del Sistema Sismológico Nacional; el sismo, con una magnitud de 7.1 grados en la escala de Richter, equivalente a la bomba atómica lanzada en Hiroshima con una fuerza de 15 kilotones, había iniciado en un punto entre Puebla y Morelos, a 120 kilómetros de la Ciudad de México (CDMX); eso explica la fuerza con que se sintió en Chapingo, zona de Texcoco donde en general no se sienten tan fuerte los sismos; fue menester buscar de inmediato a los compañeros de la CDMX, Puebla y Morelos para revisar su situación, que sería más compleja y con un riesgo mayor. Por fortuna, entre nuestros compañeros no hubo víctimas mortales; sin embargo, en la medida en que han fluido las noticias, los estragos resultan estremecedores, particularmente pueden apreciarse mediante las capturas hechas en el momento por los teléfonos celulares; gracias a esto pudimos hacernos una idea clara de la fuerza con que el sismo azotó y de sus consecuencias; información que en otro tiempo no hubiera llegado tan rápido y que hoy permitió el uso de esta tecnología.

Se cayeron objetos de las oficinas, edificios enteros se derrumbaron súbitamente, una escuela cayó sobre algunos niños y el número de muertos asciende ya a 21 muertos entre ellos; entre otras construcciones, el Tecnológico de Monterrey, Campus CDMX sufrió severos daños.

Después del siniestro, lo más difícil ha sido el proceso de asimilación de lo ocurrido y la valoración de los daños, la preocupación por los familiares con los que no se podía tener contacto, etc. Esta angustia se vio reflejada inmediatamente en el rostro de la gente: semblantes de desesperación, llanto, escenas de pánico; pero, al mismo tiempo, comenzaron a salir de su silenciosa y oscura forma de vida las manos del pueblo trabajador a contribuir con su granito de arena en las tareas voluntarias de rescate.

La solidaridad del pueblo mexicano se hizo visible. Transcribo un breve pasaje escrito por el ingeniero Omar Carreón Abud que refleja la forma de ser y el sentimiento del pueblo mexicano: “¿De qué se admiran? ¿Cuál es la novedad? El pueblo siempre ha sido el héroe, siempre el que produce, construye, lleva el agua y da de comer. Solo que en los días ordinarios está oculto, silencioso, anónimo, desdeñado, en las fábricas, en los talleres, en las parcelas, en las bodegas, en las cocinas, en las cabinas de los transportes o vendiendo arrinconado en las banquetas. Nada cambia que ahora su labor colosal irrumpa, salga a la calle y haga presencia en multitudes abarcándolo todo, en nuevas y duras circunstancias, torne a ocuparse del consuelo, del cobijo, del agua, del alimento, de la vida, de todo. Eso lo ha hecho siempre”.

Es hora de hacer una reflexión sobre la necesidad de cambiar el modelo económico, pues el sistema neoliberal puesto en práctica en México solo se preocupa por las clases poderosas, no así por los grupos vulnerables. Recordemos que en 1985 la cifra oficial fue de seis mil personas muertas, aunque estimaciones más realistas hablaran de 10 mil.

También debemos recordar que el entonces Departamento del Distrito Federal acotó las ambiciones de aquellos que cobraban rentas exorbitantes en los departamentos de la CDMX y el resultado del decreto fue el descuido y desatención de la infraestructura de esos edificios.

Es cierto que desde el terremoto de 1985 han cambiado las reglas de construcción en la CDMX; se nota en los edificios modernos que quedaron intactos; ¿qué edificios sucumbieron esta vez al embate del sismo?, los más endebles, los que no han recibido inversión desde entonces, los que siguen construidos sobre viejas bases se colapsaron irremediablemente. Hubo dinero para invertir, pero en lugar de emplearlo en la reconstrucción de los viejos edificios de la CDMX, durante años se prefirió gastar en los grandes rascacielos de la Avenida Reforma.

En el año 2014, después de regresar de un viaje a China, puse por escrito mis impresiones de aquel país socialista. El programa de reconstrucción de vivienda allá es impresionante; a la gente le construyen vivienda provisional en determinados lugares mientras el Estado destruye las viejas y obsoletas construcciones y levanta nuevos edificios, modernos, con calentadores solares y con una arquitectura oriental excepcional y con la capacidad de resistir sismos de gran intensidad. Se trata de un programa de reconstrucción de las ciudades antiguas.

Desde ese año señalé que era necesario en la CDMX un proceso de reconstrucción desde la base de la misma, es decir, un proceso de reinicio para ir garantizando, gradualmente, la seguridad de los habitantes de la capital de la República; tomar cuadrantes enteros, reubicar temporalmente a la gente, demoler todo lo mal construido y volver a edificar viviendas capaces de resistir cualquier temblor.

¿Cuál es la diferencia con China? Que el gobierno mexicano, sin importar el partido del que emane, está orientado al sector privado, a la iniciativa privada, al mercado, a las clases poderosas; de manera que la población ha de vivir como y donde pueda; y si sus recursos económicos no le alcanzan para tener una vivienda segura, el sistema se desentiende del problema, argumentando que cada individuo tiene la “oportunidad” de adquirir una vivienda millonaria, y que si no tiene el dinero para adquirirla “eso no es culpa del sistema”; desde luego, no reconocen que el sistema está diseñado para que la gente que percibe un salario miserable no pueda nunca formar un patrimonio: debe generar riqueza, pero no disfrutarla.

El pueblo trabajador está condenado a vivir en la miseria y a sufrir sus calamidades, que siempre están presentes pero que hoy se ponen de relieve de forma contundente ante la emergencia provocada por el sismo.

Esta tragedia debe servir al pueblo como una lección adicional para que comprenda que la ciencia nos ayuda a minimizar los riesgos, siempre y cuando se ponga al servicio de las grandes mayorías y no como ahora sucede, a favor de unos cuantos.

Por lo tanto, es necesaria la reconstrucción física, política y moral de México, creando una nación más justa y equitativa con las grandes mayorías, a favor de ellas.
Nuestra solidaridad con las familias afectadas por sismo ocurrido justo en el 32 aniversario de aquel funesto 19 de septiembre de 1985.

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